jueves, 29 de octubre de 2026

A PROPÓSITO DEL DIA JUBILAR DE LA CIUDAD DE PUNO

LOS SUCESOS DE LAYCACOTA 

EN BREVÍSIMA SINTESIS

Extracto de la carta que el conde de Lemos dirige a la reina, fechada en Lima el 27 de diciembre de 1668, documento que -según sus difusores N. Domínguez y Loayza en “Historia Mínima de Puno”- obra en el Archivo General de Indias de Sevilla.

“El 7 de junio me embarqué en la Capitana rumbo al puerto de Islay, con 250 soldados del presidio del Callao, mis criados y asesores. Nombré como maestre de campo a don Blas Ramiro Maldonado. Tras 33 días llegamos a Islay, pasé por Arequipa y luego a Puno, llevando conmigo al asesor don Pedro García de Ovalle y al fiscal licenciado Diego de Baeza.

Apenas llegué, supe que se preparaba una emboscada para forzarme a conceder un indulto general. José de Salcedo había reforzado un fuerte, armado con artillería, en abierta desobediencia. Procedí a su arresto y al de otros implicados. Juzgados conforme a derecho, mandé ahorcar a José de Salcedo por traición a la Corona, y confisqué sus bienes y minas. De 64 sentenciados a muerte, 28 fueron ejecutados, y otros 23 remitidos al presidio de Valdivia, en Chile.

Con este castigo, se restableció el respeto a la justicia real. Ordené demoler Laycacota, ciudad ilegalmente construida sobre el cerro rico, y fundé una nueva población media legua más allá, repartiendo solares al modo de Potosí.

Me disponía a volver a Lima cuando recibí noticias de nuevas inquietudes en el Cusco. Fui allá, puse orden y regresé a Arequipa. Me embarqué en Islay, llevando preso a Gaspar de Salcedo y dejé a otros en el fuerte de Puno. Encargué a los corregidores que ejecutaran justicia contra los bandidos ausentes.

Nombré como corregidor de Puno a don Joseph Ordóñez del Aguila, hombre íntegro, y dejé al cuidado de las minas confiscadas a don Juan Ramírez de Arellano.

Tras desembarcar en el Callao el 2 de diciembre, me retiré satisfecho por haber restablecido el orden y asegurado el reino. Las confiscaciones rendirán gran fruto para la Real Hacienda y honra para la Corona.”

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NOTA: ¿El virrey conocía ya el tambo de Puñuy pampa con el nombre de Puno?


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 EL TEMPLO DE LOS INDIOS Y LA MEMORIA DE PUÑUYPAMPA

Rolando Waldo Gómez Poma.- Mucho antes de que existieran plazas, fronteras o trazas virreinales, el espacio que hoy conocemos como el Parque Pino ya latió como un verdadero punto neurálgico del Altiplano: la ancestral pampa de descanso de Puñuypampa. Un tambo o punto de descanso obligatorio que unía Paucarcolla con Chucuito. Lo que demuestra que la historia de Puno como ciudad no nació el 04 de noviembre, porque la historia de la ciudad de Puno es precolonial y concatena con el dominio del Inca.

Del antiguo Tambo Inca al Templo de los Indios en tiempos prehispánicos, esta explanada fue una parada fundamental en la red del Qhapaq Ñan. Era el espacio de pernocte (puñuy = descansar), intercambio (qatu) y veneración a las sagradas huacas locales.

Tras las reducciones indígenas organizadas en el siglo XVI, la administración colonial levantó la primitiva Iglesia de San Juan Bautista precisamente sobre este espacio sagrado y de flujo nativo. Al estar destinada al servicio espiritual de la población aymara, uro y mestiza, se consagró popular e históricamente como el «Templo de los Indios», diferenciándose más tarde de la iglesia matriz de las élites hispanas.  

Originalidad, cosmovisión y devoción viva se experimenta entre los puneños de hoy, porque el sincretismo es profundo: Las devociones nativas a la fertilidad y el agua no desaparecieron; se transformaron y fusionaron con la fe mariana.

De ser una huaca o un adoratorio de los Dioses de las poblaciones nativas, hoy se erige el Santuario de la Candelaria; con el tiempo, esta misma parroquia de naturales fue elevada a Santuario de la Santísima Virgen de la Candelaria, convirtiéndose en el epicentro espiritual de la festividad más grande del folclore altiplánico. Hoy indios, mestizos y los “otros” se agrupan bajo el manto de la madre de Cristo, aunque la memoria histórica lleva a los descendientes de las culturas ancestrales a reconocer las deidades de nuestros antepasados.

Visitar el atrio del Templo de San Juan no es solo contemplar su arquitectura; es pisar el viejo suelo de Puñuypampa, recordar la memoria viva del pueblo indígena y comprender cómo la fe y la cosmovisión andina siguen en pie tras siglos de historia. <> 

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