viernes, 30 de octubre de 2026

DERECHOS FUNDAMENTALES DE LA PERSONA HUMANA: EDUCACION

 LA DESIDEOLOGIZACIÓN DEL CURRÍCULO:

EL MITO DE LA NEUTRALIDAD

Por: Jorge Luis Choque

L

a propuesta de “desideologizar” el currículo nacional, formulada por el Ministro de Educación José Antonio Chang, se presenta como una medida de sentido común: retirar las ideologías de la escuela para enseñar únicamente “datos”, “estadísticas” e “información real”. Sin embargo, ese mensaje descansa sobre un error teórico fundamental: no existe educación sin valores. Todo currículo selecciona qué contenidos enseñar, qué actores históricos visibilizar, qué conflictos explicar y qué futuro nacional imaginar. Por ello, la discusión democrática no debería ser si la escuela tiene una orientación ideológica, sino cuáles valores —igualdad, derechos, pluralismo, justicia o autoridad— pretende formar en las nuevas generaciones.

La idea de que puede existir una investigación o una enseñanza neutral ha sido cuestionada con firmeza por Jason Stanley. En su libro, Cómo funciona el fascismo, el filósofo sostiene que toda investigación hace presuposiciones y que exigir neutralidad es filosóficamente incoherente, pues tales demandas suelen enmascarar agendas políticas bajo la apariencia de objetividad (Stanley, 2018). Aplicado al currículo, esto significa que presentar la desigualdad, el racismo, la violencia estatal o la desigualdad de género como temas “ideológicos”, mientras se presenta el orden vigente como realidad neutral, no elimina la política: la oculta. La supuesta neutralidad se convierte así en una forma sofisticada de ideología.

Antonio Gramsci ayuda a comprender por qué esta pretensión resulta tan eficaz. La hegemonía no se sostiene solamente mediante la coerción, sino mediante la construcción del consentimiento: los intereses de los grupos dominantes deben aparecer como sentido común, como verdades evidentes que la mayoría acepta sin discutirlas (Gramsci, 1971). “Desideologizar” el currículo puede cumplir precisamente esa función: convertir una concepción jerárquica y autoritaria del país en el lenguaje de la normalidad, mientras se estigmatizan como propaganda las perspectivas críticas, interculturales, feministas o de derechos humanos. No se expulsa la ideología del aula; se impone una ideología concreta, la que requiere el poder.

Noam Chomsky ofrece una advertencia complementaria. Para él, el sistema educativo puede funcionar como un filtro que expulsa a quienes piensan de manera independiente y no aprenden a ser sumisos, porque esa autonomía resulta disfuncional para las instituciones. Desde esta perspectiva, una escuela que prohíbe preguntar por el poder, la desigualdad o la memoria histórica no forma ciudadanos libres: adiestra conformidad. Chomsky también distingue entre educación y adoctrinación: la primera busca que las personas aprendan a pensar por sí mismas; la segunda, que acepten marcos de interpretación impuestos sin examinarlos críticamente.

Esta lógica se acerca a rasgos que Umberto Eco identificó en el fascismo y las posturas contemporáneas. El fascismo, escribió Eco, crece explotando el miedo a la diferencia y dirige su primer llamado contra los “intrusos”. En el Perú, el ataque al enfoque de género, a la educación intercultural y a la memoria crítica del conflicto armado interno ha sido acompañado por discursos que asocian la diversidad, el feminismo o la crítica social con el terrorismo y el totalitarismo. Una investigación de la PUCP documenta que, desde 2016, la oposición a la llamada “ideología de género” impulsó una cruzada para atacar y expulsar el enfoque género del Currículo Nacional y presionar a sus defensores.

Henry Giroux advierte que la exigencia de neutralidad funciona como un guion para despolitizar la educación y silenciar el debate académico. Lejos de provocar apatía, esa despolitización beneficia al poder: si la política se reduce a administración, seguridad y orden, se debilita la capacidad de preguntar quién decide, quién distribuye recursos y quién define qué significa ser peruano. Stanley señala que dicha postura fascista busca reemplazar la verdad por el mito y transformar la educación en un instrumento para glorificar el pasado y la herencia de la oligarquí. La complejidad aparece entonces como confusión, el análisis como ideología y la memoria incómoda como amenaza a la unidad nacional.


La alternativa democrática no es una escuela “sin ideología”, sino una escuela consciente de sus valores y comprometida con la evidencia, el contraste de fuentes y el pensamiento crítico. Un currículo plural debería permitir analizar el conflicto armado interno en toda su complejidad, reconocer la violencia de Sendero Luminoso y también la del Estado, discutir la desigualdad estructural y formar estudiantes capaces de distinguir entre información, opinión e ideología. Como planteaba Gramsci, el intelectual democrático debe ser un organizador y un persuasor permanente en la vida práctica (Gramsci, 1971). “Desideologizar” el currículo, entendido como expulsar del aula las preguntas sobre poder, derechos e injusticia, no protege la neutralidad: consolida una hegemonía autoritaria.

Perú: 30/10/2026

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 Referencias

1.     Chomsky, N. (2003). Comprender el poder: El Chomsky imprescindible. The New Press.

2.     Eco, U. (1995). Ur-Fascismo. The New York Reseña de Libros.

3.     Gramsci, A. (1971). Selección de los Cuadernos de la cárcel..

4.     Cultura Abierta. (2012, 8 de noviembre). Noam Chomsky expone el propósito de la educación

5.     Pontificia Universidad Católica del Perú. (2024). Investigación sobre el discurso contra la ideología de género y el Currículo Nacional.

6.     Stanley, J. (2018). Cómo funciona el fascismo: La política del «nosotros» y el «ellos». Random House.

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