JULI: ARTE Y EVANGELIZACIÓN
Elena Amerio*
En
Boletin QUIPU Nº 322. Ed. Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de
RR.EE. https://www.ccíncagarcilaso.gob.pe/quipu-vírt
Se
cumplen 450 años del establecimiento de una de las misiones jesuitas de mayor
impacto en los dominios del antiguo Virreinato del Perú.
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Ya a comienzos del siglo XVII, apenas treinta años después de su llegada, la Compañía de Jesús había convertido Juli en un centro religioso de referencia para toda la región: un lugar donde tanto los habitantes locales como los viajeros de paso encontraban alivio para el alma y para el cuerpo, y donde los niños y niñas del pueblo aprendían a leer, a contar y, sobre todo, música, materia en la que Juli no tardaría en volverse un auténtico modelo a seguir. En la fase temprana de este proyecto -entre 1585 y 1600- resultaron decisivas las figuras de dos rectores de origen italiano: el ya mencionado Nicoló Mastrilli y Pier Vincenzo Pizzuti (Cosenza, 1559-Juli, 1631), quienes compartían una misma formación y sensibilidad cultural. Mastrilli, más tarde provincial del Paraguay y, en dos ocasiones, del Perú, tuvo un papel clave en la organización administrativa y económica de Juli. Pizzuti, en cambio, prácticamente desconocido para la historiografía, excelente predicador y gran conocedor de la lengua aimara, fue una presencia constante en la misión durante cuarenta años, ejerciendo el rectorado en 1595 y en 1619. Fue también gracias a ellos que se otorgó un lugar central al arte y a la arquitectura: convencidos de que la pintura y la escultura eran aliados esenciales para la evangelización, los padres destinaron importantes recursos a la construcción y decoración de las cuatro iglesias del pueblo -San Pedro, Nuestra Señora de la Asunción, San Juan de Letrán y Santa Cruz de Jerusalén-, esta última levantada por la orden ignaciana.
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| Bitti: La asunción de la virgen María |
Para la decoración de estos templos, la Compañía envió a uno de los mejores artistas con los que contaba entre sus filas: el hermano Bernardo Bitti (Camerino, 1548-Lima, 1610), llegado al virreinato peruano en 1575. Como recuerda el padre Anello Oliva, su llegada se debió al papel que su arte podía desempeñar en el plan evangelizador de la Compañía, «significándole lo mucho que pueden para con los indios las cosas exteriores, en especial las pinturas, de suerte que mediante ellas cobren estima y hagan concepto de las espirituales». Bitti llegó a Juli por primera vez en 1584, quedándose apenas un breve período antes de pasar al colegio de La Paz. Regresó probablemente en 1586, esta vez por otro año y medio, antes de partir de nuevo hacia Lima; volvería una tercera vez hacia 1591. Era, en efecto, una figura tan valiosa para la Compañía que su presencia en un mismo colegio o residencia casi nunca superó los dos o tres años consecutivos -una movilidad que ha sido posible reconstruir en detalle gracias a estudios recientes, siguiendo sus desplazamientos por toda la provincia, desde Lima hasta el Alto Perú y La Plata. Fue precisamente durante sus estancias en Juli cuando realizó los primeros retablos y pinturas de las iglesias del pueblo. Hoy en día se conserva solo una parte de aquellas obras: las máquinas arquitectónicas de estilo renacentista que las albergaban se perdieron, víctimas del paso de los años y del cambio de gusto. Aun así, en Juli sigue siendo posible admirar pinturas y relieves policromados y estofados que representan los instrumentos mismos de la evangelización jesuíta.
Entre ellos destacan el
Bautismo de Cristo, parte del primer retablo mayor de San Juan de
Letrán, y la Sagrada Familia de la Pera. Especialmente relevante resulta
el imponente relieve de la Asunción de la Virgen, cuyos ángeles músicos se
inspiran en aquellos que Federico Zuccari pintó hacia 1567 para el ábside de la
Annunziata, en el Colegio Romano -la importante institución educativa
de los jesuítas que, con toda probabilidad, Bitti conoció antes de partir hacia
América. Es probable que Bitti realizara más obras hoy perdidas, como un Juicio
Universal, del que tenemos testimonió gracias a una Carta Anua de la provincia
del Perú, donde se narra que algunas mujeres indígenas invocaban los tormentos
allí representados para disuadir a los hombres de cometer actos de violencia:
un ejemplo elocuente de cómo el arte y la predicación funcionaban como piezas
complementarias dentro del programa de evangelización jesuita.
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| Arco y al fondo, torre del tempo de La Asunciòn |
De aquellos años de
inmersión en la lengua aimara nacería su legado más perdurable: una serie de
obras gramaticales y lexicográficas que constituyen el primer intento
sistemático de codificación escrita del idioma, entre ellas el Arte de la
lengua aymara (Roma, 1603; reeditado en juli en 1612), el Vocabulario
de la lengua armara (1612) y el Libro de la vida y milagros de
Nuestro Señor Jesuchristo (1612), el texto más extenso jamás escrito en
aimara. Aquella labor no fue, sin embargo, un simple ejercicio técnico: antes
que limitarse a trasladar sobre el aimara las categorías gramaticales
aprendidas en el Colegio Romano, Bertonio contribuyó, junto con otros jesuitas
de su generación, a crear un espacio lingüístico Compartido en el que la
comunicación entre misioneros e indígenas pudiera estandarizarse y ampliarse un
proceso que implicó, necesariamente, transformar la propia lengua al fijarla
por primera vez en su forma escrita. Para esta labor, Bertonio no trabajó
solo: la colaboración de los propios indígenas, verdaderos hablantes nativos,
resultó decisiva. La historiografía recuerda, en tal sentido, a Martín de Santa
Cruz Hanansaya, juleño de familia aristocrática aimara y, probablemente,
formado en las escuelas jesuitas, cuyo aporte fue fundamental para la redacción
de los textos de Bertonio. Hoy en día, la Plaza de Armas de Juli lleva, por
cierto, el nombre de Bertonio, en homenaje a su legado.
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| Santa Cruz, antes de su destrucción |
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*Historiadora del arte por la Universidad Autónoma de Madrid con la monumental tesis Arre, misión trabajo colectivo: Bernardo Bitti y el modelo de artista jesuita entre Italia y el Virreinato del Perù (1568-1610).




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