lunes, 3 de agosto de 2026

PARA LA HISTORIA DE LOS PUEBLOS COLLAVINOS

JULI: ARTE Y EVANGELIZACIÓN

Elena Amerio*

En Boletin QUIPU Nº 322. Ed. Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de RR.EE.  https://www.ccíncagarcilaso.gob.pe/quipu-vírt

Se cumplen 450 años del establecimiento de una de las misiones jesuitas de mayor impacto en los dominios del antiguo Virreinato del Perú.

Es voz común llamarse este pueblo. Pueblo Santo, Roma del Perú; el adorno, música y culto de las iglesias es superior a todos» Con estas palabras, en 1635, el provincial de la Com­pañía de Jesús en el Perú, el italiano Nicoló Duran Mastrilli (Nápoles, 1569-Lima, 1653), describía -en una carta dirigida al rey de Es­paña, Felipe IV- una de las misiones más emblemáticas para la orden ignaciana: Juli, pueblo situado a orillas del lago Titicaca, al sureste de la ciudad de Puno. La historia de esta misión jesuita se remonta a 1576, cuan­do, tras un largo debate interno, la Compa­ñía asumió la cura de almas de las cuatro pa­rroquias de indios aimaras que componían el territorio, tras el fracaso de los misioneros dominicos que hasta entonces se habían encargado de evangelizar la zona. Su ubicación no era casual: se en­contraba en un punto estratégico de la Ruta de la Plata, el camino que unía las minas de Potosí con el Cuzco y Lima, y muy cerca de Desaguadero, donde se congrega­ban los mitayos -indígenas obligados, por el sistema de la mita, a trabajar en las minas potosinas- antes de partir hacia aquel destino. Su emplazamiento resultaba idóneo tanto para la evangelización como para el aprendizaje de las lenguas nativas, sobre todo el quechua y el aimara: un verdadero taller para los «obreros de indios», como se co­nocía entonces a los jesuitas especializados en la misión entre las comunidades indígenas.

Ya a comienzos del siglo XVII, apenas treinta años después de su llegada, la Compañía de Jesús había con­vertido Juli en un centro religioso de referencia para toda la región: un lugar donde tanto los habitantes lo­cales como los viajeros de paso encontraban alivio para el alma y para el cuerpo, y donde los niños y niñas del pueblo aprendían a leer, a contar y, sobre todo, música, materia en la que Juli no tardaría en volverse un auténti­co modelo a seguir. En la fase temprana de este proyecto -entre 1585 y 1600- resultaron decisivas las figuras de dos rectores de origen italiano: el ya mencionado Nicoló Mastrilli y Pier Vincenzo Pizzuti (Cosenza, 1559-Juli, 1631), quienes compartían una misma formación y sensibilidad cultural. Mastrilli, más tarde provincial del Paraguay y, en dos ocasiones, del Perú, tuvo un papel clave en la organiza­ción administrativa y económica de Juli. Pi­zzuti, en cambio, prácticamente desconocido para la historiografía, excelente predicador y gran conocedor de la lengua aimara, fue una presencia constante en la misión durante cuarenta años, ejerciendo el rectorado en 1595 y en 1619. Fue también gracias a ellos que se otorgó un lugar central al arte y a la arquitectura: convencidos de que la pintura y la escultu­ra eran aliados esenciales para la evangelización, los pa­dres destinaron importantes recursos a la construcción y decoración de las cuatro iglesias del pueblo -San Pedro, Nuestra Señora de la Asunción, San Juan de Letrán y Santa Cruz de Jerusalén-, esta última levantada por la or­den ignaciana.

Bitti: La asunción de la virgen María

Para la decoración de estos templos, la Compañía envió a uno de los mejores artistas con los que conta­ba entre sus filas: el hermano Bernardo Bitti (Camerino, 1548-Lima, 1610), llegado al virreinato peruano en 1575. Como recuerda el padre Anello Oliva, su llegada se de­bió al papel que su arte podía desempeñar en el plan evangelizador de la Compañía, «significándole lo mucho que pueden para con los indios las cosas exteriores, en especial las pinturas, de suerte que mediante ellas cobren estima y hagan concepto de las espirituales». Bitti llegó a Juli por primera vez en 1584, quedándose apenas un breve período antes de pasar al colegio de La Paz. Re­gresó probablemente en 1586, esta vez por otro año y medio, antes de partir de nuevo hacia Lima; volvería una tercera vez hacia 1591. Era, en efecto, una figura tan va­liosa para la Compañía que su presencia en un mismo colegio o residencia casi nun­ca superó los dos o tres años consecutivos -una movilidad que ha sido posible recons­truir en detalle gracias a estu­dios recientes, siguiendo sus desplazamientos por toda la provincia, desde Lima hasta el Alto Perú y La Plata. Fue precisamente durante sus es­tancias en Juli cuando realizó los primeros retablos y pintu­ras de las iglesias del pueblo. Hoy en día se conserva solo una parte de aquellas obras: las máquinas arquitectónicas de estilo renacentista que las albergaban se perdieron, víctimas del paso de los años y del cambio de gusto. Aun así, en Juli sigue siendo posible admirar pinturas y relieves policromados y estofados que representan los instrumentos mismos de la evangelización jesuíta. 

Entre ellos destacan el Bautismo de Cristo, parte del primer re­tablo mayor de San Juan de Letrán, y la Sagrada Familia de la Pera. Especialmente relevante resulta el imponente relieve de la Asunción de la Virgen, cuyos ángeles músicos se inspiran en aquellos que Federico Zuccari pintó hacia 1567 para el ábside de la Annunziata, en el Colegio Ro­mano -la importante institución educativa de los jesuítas que, con toda probabilidad, Bitti conoció antes de partir hacia América. Es probable que Bitti realizara más obras hoy perdidas, como un Juicio Universal, del que tenemos testimonió gracias a una Carta Anua de la provincia del Perú, donde se narra que algunas mujeres indígenas in­vocaban los tormentos allí representados para disuadir a los hombres de cometer actos de violencia: un ejemplo elocuente de cómo el arte y la predicación funcionaban como piezas complementarias dentro del programa de evangelización jesuita.

Arco y al fondo, torre del tempo de La Asunciòn
Sin embargo, era la palabra hablada -sobre todo en lengua nativa- la que debía guiar la lectura de aquellas obras artísticas: en este terreno, la otra figura fundamen­tal para la misión fue Ludovico Bertonio (Rocca Contra­da, actual Arcevia, 1555-Lima, 1625) -natural también él de la región italiana de Las Marcas, como Bitti-, quien ingresó en el noviciado jesuita de Roma, en 1574, y se formó en gramática y humanidades en el Colegio Roma­no. Zarpó hacia el Perú en 1581 y fue ordenado sacerdote en Lima por Santo Toribio de Mogrovejo, hacía 1582. Desde 1585 se estableció en Juli, dando inicio a una lar­ga estancia entre las comunidades de habla aimara que se prolongaría, con solo un breve paréntesis en Potosí, a caballo entre los dos siglos, durante más de tres décadas; fue allí donde, el 1 de noviembre de 1590, pronunció sus últimos votos como profeso de tres votos. En una carta escrita en italiano y dirigida al padre general Acquaviva ese mismo año, el propio Bertonio describía las activida­des que llevaba a cabo en la misión.

De aquellos años de inmersión en la lengua aima­ra nacería su legado más perdurable: una serie de obras gramaticales y lexicográficas que constituyen el primer intento sistemático de codificación escrita del idioma, entre ellas el Arte de la lengua aymara (Roma, 1603; ree­ditado en juli en 1612), el Vocabulario de la lengua armara (1612) y el Libro de la vida y milagros de Nuestro Señor Jesuchristo (1612), el texto más extenso jamás escrito en aimara. Aquella labor no fue, sin embargo, un simple ejercicio técnico: antes que limitarse a trasladar sobre el aimara las categorías gramaticales aprendidas en el Colegio Roma­no, Bertonio contribuyó, junto con otros jesuitas de su generación, a crear un espacio lingüístico Compartido en el que la comunicación entre misioneros e indígenas pu­diera estandarizarse y ampliarse un proceso que implicó, necesariamente, transformar la propia lengua al fijarla por primera vez en su forma escrita. Para esta labor, Ber­tonio no trabajó solo: la colaboración de los propios indígenas, verdaderos hablantes nativos, resultó decisiva. La historiografía recuerda, en tal sentido, a Martín de Santa Cruz Hanansaya, juleño de familia aristocrática aimara y, probablemente, formado en las escuelas jesuitas, cuyo aporte fue fundamental para la redacción de los textos de Bertonio. Hoy en día, la Plaza de Armas de Juli lleva, por cierto, el nombre de Bertonio, en homenaje a su legado.

Santa Cruz, antes de su destrucción
Fue esta presencia italiana -jesuitas de notable for­mación intelectual, animadas por una curiosidad genuina y llegados al Perú con el más puro espíritu ígnaciano de entrega a los demás- la que sentó las bases de una misión destinada a convertirse en modelo para toda América del Sur y la que encumbró a Juli como «Roma del Perú». Los jesuitas permanecerían en Juli hasta su expulsión en 1767. Los inventarios de bienes redactados en aquella ocasión por la Junta de Temporalidades, dan testimonio del considerable esfuerzo de recursos que los jesuitas habían invertido en esta misión, tanto en el pla­no artístico como en el intelectual: entre estos últimos destaca una biblioteca de notables dimensiones, que al­bergaba algunos de los textos teológicos más importantes de la época, así como valiosos volúmenes de grabados, entre ellos las Evangelicae Historiae Imagines (1593) de Je­rónimo Nadal. En este año en que se conmemoran los 450 años de la llegada de los jesuítas, resulta necesario y urgente devolver la luz a Juli -un lugar que, pese a su apa­rente lejanía y pequeñez, tanto dio a la historia artística, lingüística y cultural del virreinato peruano- e impulsar nuevos estudios sobre estos territorios.

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*Historiadora del arte por la Universidad Autónoma de Madrid con la monumental tesis Arre, misión trabajo colectivo: Bernardo Bitti y el modelo de artista jesuita entre Italia y el Virreinato del Perù (1568-1610). 

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