LO CHOLO EN EL PERÚ
“Lo
cholo en el Perú”, es un tema del que se habla mucho desde el siglo pasado, y
-pese a todo- no pierde vigencia y aparece especialmente en fechas como las
Fiestas Patrias o en épocas electorales. Estas ocasiones nos invitan reiteradamente
a reflexionar sobre los lazos que nos unen y las diferencias que nos separan, a
nosotros, los nacidos en esta hermosa tierra del Sol.
“Cholo
soy y no me compadezcas” cantaba Luis Abanto Morales con su cara chola, el
color cholo, cholo. Eran otros tiempos cuando cantaba, dando brinquitos
salerosos, “déjame en la puna vivir a mis
anchas, trepar por los cerros, detrás de mis cabras, arando la tierra, tejiendo
mis ponchos, pastando mis llamas y echar a los vientos la voz de mi quena”.
Desde entonces, el país ha cambiado, Kausachum Perú. El racismo existe, pero aparenta
no ser tan fuerte como hace tres décadas. La vergüenza de ser cholo es menor en
quienes hemos ocupado Lima en nocturnidad y sin alevosía a partir de las
migraciones sucesivas de provincianos a quienes “las locas ilusiones nos sacaron de mi pueblo para venir a conocer la
capital”. Ah, tiempos.
Portocarrero,
profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú, dice que el cholo no
tiene aún muy definidas sus raíces, no sabe si está cambiando hacia Occidente o
está permaneciendo en los Andes. Ahora yo choleo, tú choleas, él cholea. El
apellido, el color de la piel, el idioma, las costumbres entre otros, definen
los rasgos de lo que conocemos como cholo. Éste se define también a partir de
lo indígena y de lo criollo occidental.
Portocarrero
advierte cierto sentimiento de orfandad en quienes se sienten cholos por lo
mismo que son excluidos y a veces muy malamente en el entorno social. La
cantante Dina Páucar contó alguna vez que cuando llegó a Lima se reían de ella,
por su condición andina. Y por eso lloraba mucho. Ahora que es muy popular y ha
triunfado, se ríe al recordar esos pasajes de su vida y exhibe con orgullo su
condición de chola.
Rodrigo
Montoya, a su vez, doctor en Antropología por la Universidad de París, escritor
prolífico dice que “se le llama cholo a
alguien que viene de los pueblos indígenas, que habla muy bien su lengua
materna y trata de aprender el castellano, que confunde la ‘e’ con la ‘i’ y la
‘o’ con la ‘u’ y que hace esfuerzos notables para desprenderse de sus hábitos
culturales indígenas y adoptar los occidentales. De esa confusión deriva otro
insulto: “cholo motoso”. Lo biológico y lo cultural se combinan y mezclan, pero
el componente cultural es el más importante”.
El
tema está muy lejos de estar agotado en el mismísimo ambiente académico y de investigación
social. El racismo forma parte medular en nuestra realidad social. Por eso en universidades
y en organismos no gubernamentales están presentes las tareas que buscan
esclarecer y si fuera posible ayudar a erradicar esa forma de discriminación estructural
por razón de la sangre, la apariencia física o las peculiaridades del
comportamiento cultural de las personas.
Haría
bien el nuevo Congreso de la República establecer “lo cholo en el Perú” entre
los asuntos de alta importancia de su agenda quinquenal. Así, los legisladores
tendrían la oportunidad de escuchar en su propia casa, los muchos enfoques que
se han elaborado para entender mejor nuestras raíces sociales y culturales.
Iluminados por las sabias palabras de los estudiosos más enjundiosos del medio,
los diputados y senadores verían de cerca el rostro, color tierra, de la
realidad peruana y muchos se verían a sí mismos reflejados en el análisis de lo
que los sociólogos llaman en su extraño neologismo el “laberinto de la
choledad”. Se hablaría sobre lo cholo y la nueva modernidad, la cultura y la
identidad chola, lo cholo y la esperanza religiosa, los pagos al cerro, Sarita
Colonia y los misayocs urbanos. La familia, las mujeres, el amor y la
sexualidad cholas tampoco estarán ausentes en las mesas de discusión en
comisiones o en los hemiciclos.
Tenemos a la carapulca, ese suntuoso guiso de papa seca, de carne de chancho y de maní. El timpusca, chupe hecho a base de cecina de carnero y de algas marinas o lacustres. El tamal en sus diferentes versiones. El caucau, aromatizado con tomillo, con yerba buena y con comino y una punta de ají es otro de los platos tan cholo que siempre agradarán en cualquier mesa. No se puede dejar de citar las yerbas emblemáticamente peruanas: el huacatay, el paico y la muña, de aromas especiales y muy andinos. Con estas yerbas, el plato más humilde adquiere categoría y elegancia.
De
todo eso y de mucho más, se podría hablar cuando se busque explicaciones sobre
lo cholo en el Perú; de la historia de las luchas reivindicativas y justicieras
de los cholos; de los cholos y las cholas en la literatura peruana; de la
música chola, de la cumbia peruana, del huaiño y todas sus variantes. En fin,
hay posibilidades múltiples de conocer la choledad y en base a ese conocimiento
amplio y veraz, construir de una vez y afianzar el verdadero ser nacional del Perú.
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