viernes, 26 de junio de 2026

LA POLITICA. CONSIDERACIONES POLITICAS Y REALIDAD

 LA FARSA DE UNA DEMOCRACIA SECUESTRADA

Por: Jorge Luis Choque

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espués del 7 de junio, unos celebran y otros se resignan. Pero lo que en verdad se impone no es la euforia ni la angustia, sino una pregunta incómoda: ¿qué estamos llamando democracia? Porque en el Perú se ha vuelto costumbre confundir el acto de votar con la existencia de una democracia plena. Se nos repite que “hay que respetar la democracia”, como si bastara aceptar un resultado electoral para legitimar un sistema profundamente deteriorado. Esa consigna, en apariencia democrática, suele encubrir una verdad más cruda: aquí el sufragio existe, pero la democracia está gravemente vaciada.

El problema es de fondo. La democracia no es una urna, ni una cédula, ni una ceremonia periódica cada cinco años. Reducirla a eso es una trampa conceptual y política. Una democracia real exige participación efectiva, competencia auténtica, ciudadanía informada, partidos sólidos y controles institucionales que impidan la captura del Estado. Robert Dahl y Norberto Bobbio lo dejaron claro desde hace décadas: sin pluralismo, sin opciones reales y sin garantías para el ejercicio ciudadano, no hay democracia, sino un simulacro. Hans Kelsen, por su parte, subrayó que los partidos son piezas indispensables de ese orden. Sin ellos, la representación se deshace. Y en el Perú, justamente, eso es lo que ha ocurrido.

La evidencia es contundente. Leonardo Morlino advirtió que la calidad de la democracia peruana arrastra un “deterioro y/o persistencia de baja calidad de tres dimensiones: igualdad, responsavidad y estado de derecho”. No se trata de una exageración retórica, sino de una diagnosis precisa. Cuando la igualdad se debilita, cuando el poder deja de responder a la ciudadanía y cuando el Estado de derecho se vuelve frágil, la democracia deja de ser sustancia y se convierte en fachada. Eso es lo que hoy vivimos: una democracia de baja intensidad, donde el procedimiento electoral sigue en pie, pero el contenido republicano se ha erosionado.

Más grave aún es que el poder real ya no parece residir donde formalmente debería. Will Freeman lo dijo con una claridad brutal: “En Perú, la democracia está muriendo sin dictador”. Y esa frase resume una verdad incómoda: no necesitamos un caudillo visible para degradar la democracia; basta con una red de actores políticos, económicos y criminales que capturen instituciones, repartan cuotas de poder y gobiernen sin rendir cuentas. En ese escenario, las elecciones no ordenan la vida política, apenas la maquillan.

La raíz de esta podredumbre institucional está en los partidos políticos. O, para decirlo con mayor precisión, en su ausencia como verdaderos partidos. Fernando Tuesta lo ha explicado con sobriedad: “desde fines de los 80, se plantea que en el Perú existe una crisis de partidos políticos y de representación… los partidos políticos no se han recuperado, por el contrario, han desarrollado una serie de artificios para sobrevivir”. En otras palabras, no hemos construido organizaciones políticas estables; hemos acumulado franquicias electorales, vehículos personales y aparatos improvisados para repartir candidaturas. Eso no es vida partidaria. Es precariedad organizada.

Martín Tanaka, advierte en que existe un grave problema de representación y que el sistema de partidos “realmente existente” no logra construir una política nacional sólida. Y Alonso Cárdenas lo formula sin rodeos: “la gran mayoría de partidos políticos en el Perú no cumplen con los cuatro requisitos básicos que debe tener en ‘teoría’ un partido político: una ideología, una militancia, un programa y una organización”. Si una agrupación no tiene ideas, ni bases, ni programa, ni estructura, ¿qué es entonces? No un partido: apenas una etiqueta electoral al servicio de intereses transitorios.

El costo de esta simulación lo paga la ciudadanía. Sin partidos reales no hay canalización de demandas, no hay deliberación seria y no hay representación auténtica. Lo que queda es desconfianza, hartazgo y cinismo. María Zambrano lo expresó claramente, la democracia es la sociedad en la cual “no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona”. En el Perú, en cambio, el ciudadano suele ser reducido a una cifra, a un voto manipulable, a una presencia intermitente que solo importa en campaña. Eso no dignifica, humilla. Y cuando la política humilla, la democracia se descompone.

Por eso conviene decirlo sin rodeos: el Perú no sufre solo una crisis de partidos; sufre una crisis de representación, una crisis de legitimidad y una crisis de sentido democrático. Mientras se siga creyendo que votar cada cierto tiempo equivale a vivir en libertad, el poder seguirá en manos de quienes han aprendido a usar la democracia como máscara. Y una máscara, por definición, no revela el rostro: lo oculta. <>

Perú: 26/06/2026


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