lunes, 29 de julio de 2024
DEBATE SOBRE INDEPENDENCIA DEL PERU
EL MIEDO DE LA POBLACIÓN PREVIO A LA PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ
El
arribo del general José de San Martín y el Ejército Libertador causó
miedo para algunos vecinos de Lima, sobre todo para
comerciantes, funcionarios y la nobleza, ahora la guerra tocaba sus puertas.
¿Cómo esos temores influenciaron en la Independencia del Perú?
El historiador Arnaldo Lenin Mera Ávalos señaló que el miedo de los vecinos de Lima de un eventual levantamiento de la plebe desaparecerá cuando el general San Martín ingresó a la ciudad pacíficamente y garantizó a un sector de la sociedad realista la seguridad y que no habría una “ruptura completa” con el establecimiento de una República.
Diego Ayma Ayma, RPP NOTICIAS, 27 de julio,
2024
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A |
cechaba
de día y de noche. Merodeaba en los extramuros de la antigua ciudad. La
desesperación se percibía en las calles ante su arribo inminente. El hambre y
la enfermedad invadían las casas. Rumores de saqueos y violencia se esparcían
por doquier en Lima. La desconfianza al otro imperaba. Algunos
acudían a los conventos para resguardarse, mientras otros huían entre gritos y
confusión hacia la fortaleza del Real Felipe, en el Callao. Sin
embargo, aquello que pensaban asediaba a la capital del Virreinato del
Perú en 1821 hace tiempo que ya estaba entre ellos: el miedo.
En septiembre
de 1820, el Ejército Libertador del Sur desembarcó en Paracas, con la misión de
contribuir con los patriotas en la emancipación del Perú. Su arribo era una
preocupación para algunos vecinos de Lima, sobre todo para
comerciantes, funcionarios y la nobleza, ya que las guerras de la independencia
parecían lejanas. Pero, ahora, surgían viejos y nuevos temores que iban en
aumento.
Miedos
justificados
El
historiador Arnaldo Mera Ávalos (PUCP) señaló en su
investigación Cuando la patria llegó a la capital: el miedo ante
el advenimiento de la Independencia, 1820-1821, que ese temor se
expresaba en una desesperación generalizada ante una eventual alteración del
orden público y la subversión ante la autoridad.
Precisó
que para la mayoría de los vecinos de Lima “no solo existía
un miedo a aspectos doctrinarios de una ideología, que
conllevaría el formar parte del ejército de la patria o simpatizar con esta”,
sino que también “existía un miedo a la hipotética situación
de un levantamiento de la plebe, que se podía volver real”. Es
decir, las propiedades e intereses de cierto sector estaban en riesgo.
"Hay
un miedo por parte de los habitantes (que tenía algún recurso)
de que la plebe tomase la ciudad. La plebe estaba conformada por diferentes
sectores populares y se incluían ahí a los libertos, tal vez a los esclavos que
podían andar en las calles. Era gente con poca capacidad económica que
saquearon pulperías. Sí, pasaron desmanes entre el 6 y el 9 de
julio (de 1821). Sí hubo desmanes en la ciudad", dijo el historiador en
conversación telefónica con RPP.
Arnaldo
Mera aseguró
que la población de Lima vivía en la incertidumbre de qué
podía pasar con su seguridad cuando llegara el Ejército Libertador. Enfatizó
que muchos de sus miedos estaban justificados por noticias de
las rebeliones en Río de la Plata, en el Alto Perú, en Chile y la "ruptura
exabrupta" que sucedió en la Revolución Francesa años
en 1789.
"Se
sabía que habían hechos de violencia, hechos bélicos y de represalia de los
realistas. Los miedos no es que sean inventados, sino que es a
raíz de la lectura de las gacetas, de tanto de la Gaceta de Madrid como
de la Gaceta de Gobierno de Lima o de otras que
llegaban a la capital (...) la población letrada se va enterando de lo que está
pasando tanto por la Revolución Francesa, por la por la Revolución de mayo de
1810 de Buenos Aires y por todas las rebeliones indígenas del Alto Perú (...)
la gente tiene miedo porque obviamente sabe que Lima es un
reducto del realismo", indicó.
Hechos
convulsos
El 2
de diciembre el batallón español Numancia desertó y pasó a las
filas del Ejército patriota, mientras que el 6 de diciembre el general Juan
Álvarez de Arenales venció a las tropas realistas en Cerro de
Pasco y el 29 de diciembre la Intendencia de Trujillo proclamó
su independencia. Finalmente, como la cúspide de un panorama desolador para los
españoles el 9 de enero de 1821 se produciría el motín de Aznapuquio contra
el virrey Joaquín de la Pezuela.
En
medio de esta crisis política, una escasez de alimentos, una epidemia sobre la
capital y el accionar de las montoneras, el nuevo virrey José de la
Serna decidió abandonar Lima el 6 de julio rumbo al Cusco junto
a todo el ejército realista. En ese momento, el pánico invadió a una población
que fue abandonada a su suerte. Los vecinos de Lima empezaron
a desconfiar del otro, oír rumores de saqueos, presenciar casos de violencia y
esperar lo peor con la llegada de tropas extranjeras conformadas por la
plebe y esclavos.
Según
el historiador Gustavo Montoya en el libro El
pueblo de Lima durante el proceso independentista [Munilibros,
2022], una epidemia azotó la capital del Virreinato del Perú cuando se
registraban altas temperaturas a causa de un Fenómeno El Niño. Refiere que la
insalubridad era tal que los hospitales de la ciudad estaban llenos de enfermos
y algunos con casos terminales.
Además,
destacó que en los valles alrededor de Lima grupos de montoneras
patriotas, “compuestas por esclavos y grupos subalternos de mestizos y
castas”, atacaban a partidas del ejército español y hacían suyas “la propaganda
e intensa retórica patriota”.
Un
ejemplo del terror que vivieron en esos días los vecinos de Lima lo
da el marino y viajero inglés, Basil Hall, quien en su relato El
Perú en 1821 señaló que el retiro del virrey La Serna
de Lima provocó la “fuga inmediata” hacia la Fortaleza Real Felipe en
el Callao por “miedo” y “puro pánico”.
“Grupos
de gente a pie, en carros, a caballo, pasaban presurosos; hombres, mujeres y
niños, con caballos y mulas y numerosos esclavos cargados con equipaje y otros
valores, transitaban confundidos, y todo era gritería y confusión En la ciudad
misma la consternación era excesiva; los hombres vacilaban en la terrible duda
de lo que habría que hacer; las mujeres se veían por todas partes correr hacia
los conventos; y las callejuelas estaban literalmente atestadas con carros y
mulas cargadas y con jinetes. Toda la noche continuó la confusión y, al venir
el día, el virrey salió con sus tropas, no dejando ni un solo centinela en el
polvorín (…) un terror vago de alguna terrible catástrofe era la causa de este
pánico universal”, escribió en su diario recogido en la Colección
documental de la Independencia del Perú, tomo XXVII, volumen 1.
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| Rugendas: Lima en esos tiempos |
"Es
un miedo frente a la ruptura de lo que de lo que se estaba
viviendo. No se sabía qué podía pasar. Entonces, esa tranquilidad se la va a
dar San Martín cuando ocupa pacíficamente la ciudad. Cuando el
marqués de Montemira, a quien el virrey La Serna deja como gobernador de la
ciudad -un anciano aristócrata de casi 80 años-, invita a San Martín y
éste acepta su invitación, se va a perder el miedo a la
plebe", explicó el historiador.
Miedo
fuera de Lima, el caso Trujillo
El miedo que
se sentía en Lima con el desembarco del general José
de San Martín también existía en otras ciudades. El historiador de la
Universidad Nacional de Trujillo, Juan Castañeda Murga autor
(con Isaac Trujillo Coronado) de la investigación “Un acercamiento a la
experiencia del miedo: la independencia en la ciudad de Trujillo,
Perú”, analiza el temor de una eventual incursión armada en el norte del
Virreinato del Perú “que permitió a la élite criolla comenzar a cuestionar su
lealtad al rey y buscar otras alternativas de gobierno”.
En
conversación con RPP, Juan Castañeda sostuvo que
“hay varios niveles de miedo” de la población de Trujillo que
inician con los procesos independentistas en Río de la Plata y Chile. Indicó,
por ejemplo, que hay un temor a convertirse en súbditos de la monarquía inglesa
y caer en el anglicanismo y dejar de pertenecer al reino de España.
Precisó
que son tres las etapas de cómo el miedo se acentúa en la
población de la Intendencia de Trujillo a través de expediciones navales: En
1816, con la expedición de Brown al virreinato, el asalto del puerto de Santa
en 1819 por parte de Cochrane y, finalmente, con la presencia del general
San Martín al norte de Lima en 1820.
“Estos
insurgentes son vistos como piratas, porque también atacaron Paita, Santa y el
mismo Huanchaco (…) y claro estas noticias llegan a Trujillo y la gente pues
siente miedo”, afirmó.
Juan
Castañeda señaló
que los temores tienen su culmen con la presencia del general San
Martín en el Perú y la élite trujillana comienza a pensar que es hora
de optar mejor por la independencia “en salvaguarda de los intereses”.
“San
Martín llega al país en septiembre de 1820 y el cabildo dejó de
sesionar. Claramente se nota que están pensando en optar por la independencia
(…) optar por la independencia porque quieren proteger sus negocios. Además,
porque la independencia de Chile significó la pérdida de un mercado”, aclaró.
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| "Plebe" |
La
historiadora de la PUCP y editora del libro El miedo en el Perú
Siglos XVI al XX, Claudia Rosas Lauro, explicó en
conversación con RPP que el miedo a la plebe,
que así se llamaba en el siglo XVIII a los sectores populares, era
un "temor estructural" que venía de años atrás. Afirmó que era un
grupo al que “siempre se veía como algo potencialmente amenazante” sobre todo
en coyunturas de crisis.
"Lo
que pasa es que en el siglo XVIII las ciudades, no solo en el Perú, sino en
América; tenían un componente multiétnico muy grande que era superior a los
criollos y españoles. Y estos sectores populares están constituidos por
población indígena que vivía en las ciudades. Castas, que eran las llamadas
mezclas étnicas donde estaban mestizos, libertos, afrodescendientes; y todo
este conjunto era un conjunto numeroso de personas, según el censo 1790",
precisó.
Claudia
Rosas,
integrante de la Academia Nacional de la Historia, aseguró que en ese entonces
existía un temor a estos grupos porque "había una visión negativa",
ya que se pensaba que eran "proclives al hurto, no tenían temor de la
autoridad, que les gustaban los juegos de azar, el alcoholismo, y eran poco
dados al trabajo".
"Esta
visión desde la Ilustración se afirmó en el siglo XVIII. Y a estos sectores que
habían ganado en presencia en la ciudad se buscaba controlarlos. Si nosotros
pensamos desde 1780 con la rebelión de Túpac Amaru II, luego
el impacto de la Revolución Francesa en la década de 1790 sobre todo, y los
posteriores sucesos de la independencia, hay muchas coyunturas de un temor muy
grande a desmanes, a las conspiraciones, a la movilización social de estos
grupos que pudieran amenazar a los grupos de poder, a las clases altas en la
ciudad", dijo.
"Los miedos no
vienen solos"
Ante
la consulta de qué temor imperaba más durante el proceso emancipador, Claudia
Rosas aclaró que, al analizar la historia de la independencia del Perú
y la del continente, que trata en el libro Los miedos sin
patria. Temores revolucionarios en las independencias iberoamericanas [Madrid,
2019], observa que “los miedos no vienen solos” citando
al historiador francés, Jean Delumeau, quien trató el estudio
sistemático del miedo en Occidente en la época moderna.
“Es
lo que él llama el tren de miedos. Entonces,
el miedo a la violencia, al atentado frente a la vida, pero
también a las propiedades venía de la mano con el temor a las nuevas ideas, a
la inversión del orden social, político y religioso, incluso económico,
del statu quo. Esos temores vienen juntos y en determinadas
coyunturas se mezclan. A veces cobra más importancia alguna, pero
un temor también está vinculado a otros temores”, expresó.
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| Negros en independencia |
Es
así, que Claudia Rosas remarca que se debe entender que la
independencia es “un periodo diverso, complejo, con coyunturas
diferenciadas” donde no podemos decir que un miedo específico
primó más que otro en todo el proceso emancipador.
"Una
cosa es la década de 1810 y otra cosa va a ser, por ejemplo,
la década de 1820. Mientras en una hay movimientos con
reivindicaciones sociales a nivel regional y grandes movimientos como el del
Cusco de 1814 y 1815; en la década de 1820 es un contexto de guerra, de
revolución más fuerte, con los ejércitos libertadores que vienen con San
Martín primero y después con Bolívar. Y es un momento
donde la contingencia de la guerra y de la política está pesando. Entonces, ahí
los temores funcionan de manera diferente; pero además hay un temor
diferenciado, porque una cosa es lo que temen los sectores populares, los
indígenas, y otras otros temores son aquellos de las
élites sobre una inversión del orden. En cambio, para
estos otros sectores, no todos claro, era una posibilidad de poner en el tapete
sus reivindicaciones”, finalizó.
____________________
COMENTARIO.- El miedo es un sentimiento
de inseguridad producido por una causa identificada. En el contexto de las
independencias, dicha causa la protagonizó un tren de miedos como el impacto de
los movimientos sociales y políticos con las nuevas ideas que los inspiraron,
caso de las revoluciones francesa y haitiana; la amenaza de la movilización de
la población indígena, esclava o de castas o, simplemente, los rumores, con o
sin fundamento, producto de la instrumentalización de los miedos por parte de
los poderes constituidos.
Las revoluciones de independencia iberoamericana
fueron el proceso revolucionario de mayor envergadura en la primera mitad del
siglo xix y constituyeron un proceso histórico dinámico, continental e
interconectado de los miedos a la Revolución.
Se hace necesario analizar ese complejo
y apasionante proceso desde una nueva perspectiva, la de los temores colectivos,
enfocando el origen, la naturaleza y las dinámicas de esos temores en un
contexto de crisis, guerra y revolución.
domingo, 28 de julio de 2024
PARA LA HISTORIA DEL PERIODISMO EN PUNO
110 AÑOS DEL PERIÓDICO PUNEÑO
"LA VOZ DEL OBRERO".
Escribe: Eduardo Hipolito Paredes Chukiwanka
|
H |
oy 28 de julio, se cumplen 110 años de la edición
del primer número de "La Voz del Obrero", y habría que conmemorar tan
significativo acontecimiento para el desarrollo cultural de Puno.
En
el Editorial de dicho periódico y como primera palabra se dice "Hace
tiempo que se dejaba sentir la necesidad de fundar un órgano de publicidad que
se ocupara de defender los derechos de la clase obrera y propendemos a la
unificación y mejoramiento del obrero y la publicación que hoy nace al calor de
los sentimientos nobles, laborará en ese sentido, sin salir del marco de la
ley, pero con pie seguro y firme a fin de salvar las vallas que pretendan
destruir su camino... ".
Su
Director fue don J. Eduardo Fournier Barionuevo, que a la vez era Presidente
del Club " Sport Juventud Obrera ". El cuerpo de redacción estaba constituido
por: Alejandro Cáceres (Dronaleja), Manuel Z. Aragón (Leunam), Aurelio Martínez
(Aumares): José Manuel Sierra (Coquelicot). Arturo Peralta. (P), Jacinto
Gamero. (Wilmore), Daniel Franco Serruto (Observador), Modesto Flores. (M. F.)
Toda
una pléyade de obreros que desde sus talleres que momentáneamente se convertían
en mesas de redacción, laboran con ahínco por el desarrollo material e
contextual de Puno.
J.
Eduardo Fournier Barrionuevo, el Director de La Voz del Obrero, nació en la
ciudad de Puno el 18 de septiembre de 1881 y un 12 de octubre de 1957 pasó a la
inmortalidad, su sepelio, en cuyo transcurso se pronunciaron sentidas oraciones
fúnebres exaltado las virtudes del ilustre difunto, resaltó el sentido homenaje
de un joven periodista y poeta, que aún no tenía veinticinco años, pero ya una
trayectoria de intelectual, era José Paniagua (Jospani). Era el último adiós
que la sociedad puneña rendía a quien fuera varias veces Alcalde de Puno,
periodista, tipógrafo, un hombre de temple de acero para defender los interés
de Puno, que forjó e inspiró a diversas generaciones puneñas en el amor al
terruño y en el desprendimiento total cuando se trataba de la lucha por el derecho
de los obreros. No hay palabras para describir la conjunción de inteligencia,
de compresión y firmeza en defensa de los derechos de Puno, de los obreros, de
los campesinos, para vivir en un mundo mejor, en una sociedad más justa.
Fournier
fue un hábil periodista, inmejorable tipógrafo, excelente investigador. Ahí
está su "Historia del Periodismo en Puno", publicada en una Revista
del Instituto Americano de Arte. Fournier fue dirigente de muchas
instituciones, como la Federación de Periodistas del Perú, Sociedad Fraternal
de Artesanos, Juventud Obrera, Sociedad Publica de Beneficencia y muchas otras,
fue un brillante intelectual e insustituible vocero de los intereses de la
clase obrera, propulsor e impulsor de la cultura puneña.
El
primer número de La Voz del Obrero, salió el 28 de julio de 1914, como un
homenaje al 94 aniversario de la proclamación de la independencia del Perú y el
último el 28 de febrero de 1918, fueron 76 números en 320 páginas impresas con
el mayor arte tipográfico.
En
sus páginas, además de las notas en defensa del Obrero y del Campesino, había
homenajes a la ciudad puneña, a la patria, a ilustres personajes, poesía,
deportes, noticias de los distritos del departamento. Tenía una sección de
"Plumas Ajenas", donde se publicaba colaboraciones de personas que no
integraban la plana permanente de La Voz del Obrero, por ejemplo José Antonio
Encinas, decía "El problema del Obrero, a mi juicio, es un problema antes
que económico de cultura". Entre otros colaboradores, estaban José Santos
Chocano, José Mazzini, Federico Barreto, Celso Briones, Fulvio Carolani, Jaime
Martí, Carlos Tudela, Mariano Lino Urquieta, Luis Alberto Sánchez, Edilberto
Zegarra Ballón, Manuel Z. Camacho, Leonidas Yerovi, RACSO, Luis Ulloa, Federico
More, Abraham Valdelomar, Francisco Chukiwanka Ayulo y muchos otros personajes.
Emilio Vásquez dice "La Voz del Obrero acusa un indeclinable espíritu de combate en defensa de la sociedad, de la política militante tanto local como nacional. Escrúpulos, guardián de los intereses impersonales, sobre todo de aquellos que atañen a la educación (o reducación) de los trabajadores, Fournier quería para sus compañeros un mejor nivel de vida a base del valor personal, valor que solo se conseguiría mediante la auto preparación". Vásquez sigue diciendo... “Sorprende ver como se podía decir tantas cosas, valientes y ponderadas unas y audazmente expresadas otras; aquellas páginas -casi olvidadas- trascienden todavía contenido cívico de altos quilates... "
Emilio
Vásquez indudablemente tuvo en sus manos la colección de La Voz del Obrero,
pero lamentablemente no correspondió con dignidad, al desprendimiento de mi
padre don Hipólito Paredes, yo personalmente iba a reclamarle su actitud, tenía
que verlo en su casa de Lima, al siguiente día de su condecoración con la Orden
del Sol del Perú, pero en el transcurso me entero de su fallecimiento.
La
Voz del Obrero, sufrió atentados, un incendio en los talleres tipográficos y
otro en el depósito, donde se guardaban numerosas colecciones de los libros que
se imprimieron en la Tipografía Fournier.
En
la Tipografía Fournier, se imprimieron "Báquica Febril", "Altipampa",
"Tahuantinsuyo", Almanaque por el Centenario del Perú, Alfabeto
Quechua, Puno Lírico y muchos libros periódicos y revistas, el famoso
"Boletín Titikaka" también se imprimió y editó en la Tipografía
Fournier.
Mi
papá Hipólito se hizo cargo de la conducción de la Tipografía, hasta que una
detestable persona en coordinación y complicidad de un despreciable individuo,
a quien el gran poeta Omar Aramayo en uno de sus versos lo menciona como
"el venal juez que mató al tipógrafo honrado", provocó su
fallecimiento.
Ojalá
se cumpla el deseo de mi familia, tal vez con el apoyo del Ministerio de
Cultura a través de incentivos económicos para la cultura, de tener una
educación facsimilar de La Voz del Obrero, que según entendidos no fue superado
no obstante el transcurso de los años.
Da
pena y hasta cólera, que ahora en Puno no se imprima ningún diario. <>
sábado, 27 de julio de 2024
¡NUEVO NÚMERO DE ALTIPLANIA!
Puede descargar el PDF de la revista N°10
entrando en la página de la revista: https://altiplania.org/
Llegamos al número 10 de ALTIPLANIA, que viene con una hermosa y significativa portada de JUANDINO, alusiva al tema central de su contenido. Nuestro agradecimiento a este artista, tanto de la pintura, como de la escultura y los murales.
PARA EL DEBATE SOBRE LA INDEPENDENCIA DEL PERU
LA INDEPENDENCIA VIRREINAL
VINO
DEL EXTRANJERO
Escribe: Milciades Ruiz
|
C |
omo todos los años de la dominación colonial
republicana, julio es el mes de júbilo en el que conmemora el aniversario de la
independencia del virreinato del Perú. Desde niños, nos han inculcado la única
versión histórica implantada por la dominación vigente desde 1821. Pero esta
versión, es necesariamente fraudulenta porque fue hecha para conservar el
predominio sobre la población autóctona. Para quienes percibimos el engaño,
estamos frente al dilema de dejar que, el fraude persista o, esclarecer los
hechos.
Disculpen
que insista. Solo me anima el deseo de justicia histórica con la verdad.
Interrumpir la partitura de la música oficial con notas discordantes, malogra
el disfrute. No obstante, asumo lo que me caiga por desmentir versiones
falaces. Si les digo que, la independencia del virreinato del Perú, se la
debemos al hijo del virrey del Perú, chocaré contra la estructura mental
cimentada. Si les digo que esa independencia se la debemos a los chilenos,
creerán que estoy desvariando. Pero es verdad. Es que tales afirmaciones son
incompletas.
![]() |
| San Martin en la jura de la independencia |
Lo
hizo con el apoyo de San Martín y Juan Martín de pues los tres eran miembros de
la misma logia masónica subversiva y postulaban el mismo esquema político. (Hoy
serían tildados de terroristas). Pero una cosa es decir afirmaciones
incompletas y otra, tergiversar los hechos. No es lo mismo, hablar de la
independencia del Perú que, del virreinato del mismo nombre, cuyo objetivo era
tener una monarquía propia separándose de la metrópoli, pero sin cambar la
estructura de dominación vigente de la cual eran parte los supuestos
“libertadores”.
Tampoco
lo es, hablar de emancipación del Perú, cuando de lo que se trataba era de
emancipar solo a los españoles criollos, sojuzgados por los españoles
peninsulares. Los que abrazaban esta causa, se autodenominaron “patriotas” y de
ese leguaje hemos tomado nuestra visión histórica engañosa pues, no era asunto
de los peruanos ancestrales, ni de afroperuanos esclavizados por esos
“patriotas”. Hipólito Unanue y otros próceres “patriotas” eran esclavistas”.
Muchos nativos, creyeron que los “libertadores” les iban a emancipar
devolviéndoles su patria arrebatada y cayeron en la trampa.
![]() |
| Excluidos en la conducción del proceso |
Pero
el fraude se convierte en estafa histórica, si en los textos educativos se
presenta a Túpac Amaru II, como precursor de la independencia de sus opresores
colonialistas. Tenemos así, una historia tergiversada por la dominación. No
tenemos una versión histórica de la otra parte de los protagonistas, los
nativos, pues desde los cronistas de la conquista, hasta los historiadores
republicanos han interpretado los hechos según su mentalidad condicionada por
ser parte del sistema de dominación. Pero hay documentos originales que amparan
lo que estoy diciendo.
Después
de leer la correspondencia de los diversos protagonistas de la época,
conservados en el acervo histórico de documentos originales, y apoyándome en el
materialismo histórico de hechos comprobados, puedo opinar lo siguiente:
1.
La
independencia del virreinato del Perú, fue gestada en el extranjero y ejecutada
por extranjeros mercenarizados o contratados. No lo hicieron por amor al Perú,
sino por razones militares de asegurar la sobrevivencia de las provincias
virreinales liberadas, anulando la única entrada estratégica que le quedaba a
España (en guerra con Francia) para recuperar sus colonias.
2. En ningún momento, los supuestos “libertadores” pensaron en liberar a los nativos, devolverles su patria arrebatada y que los dominadores colonialistas se vayan dejando libre al Tahuantinsuyo. San Martín, quería a toda costa, implantar una monarquía en Perú, bajo un rey de sangre extranjera. Inusitadamente, fue el representante del virrey el que amenazó con un rey nativo. El historiador Jorge Basadre, en su obra, “Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano” Capítulo: “La fórmula de una monarquía indígena”, presenta como prueba documental el texto del Conde de Torata, sobre las conferencias de paz entre San Martín y el virrey La Serna en junio de 1821:

Pocos peruanos en la capitulación de Ayacucho
(…) “Al día siguiente recibió Valdez (representante del virrey La Serna) la orden de pasar a bordo del buque que montaba San Martín, en unión con Dn Andrés García Camba, a manifestar a aquel caudillo que ni la diputación provincial, ni el ayuntamiento, ni el ejército, admitían su proposición (La de la monarquía bajo rey europeo); lo que le causó no poca sorpresa, viendo en un todo frustrados sus maquiavélicos designios. Continuaron, sin embargo, las negociaciones, aunque sin esperanzas de ningún resultado favorable, y el virrey creyó conveniente asociar a la Junta Pacificadora al digno conde de Villa-Hermosa, magistrado de la audiencia de Lima, y al coronel Valdez, con cuyo motivo pudo San Martín conocer más de cerca la firmeza de este jefe, puesto que en las diferentes entrevistas que tuvieron más de una vez ocurrieron entre los dos, discusiones acaloradas. En una de estas, manifestando el caudillo enemigo que los españoles no tenían otro medio para salvarse que abrazar la capitulación o tirarse un tiro, le contestó el coronel Valdez que se hallaba muy lejos de creerse en el caso desesperado que suponía; pero que si tal llegase a suceder, es decir que no pudiesen continuar por más tiempo sosteniendo la causa española en aquellos dominios, estaban resueltos a proclamar el imperio de los Incas y ayudar a los indios a sostenerlo, antes de consentir que lo ocupasen unos súbditos rebeldes que no tenían más derechos que los que habían adquirido de sus antepasados los españoles; dijo más Valdez que, con este pensamiento tenía a su lado, en clase de ayudante de campo, al descendiente más inmediato de los incas, a quien proclamaría emperador, dando principio con esto a una nueva guerra y a un nuevo orden de cosas, cuyos resultados no es fácil prever”.
El
propio San Martín, al enviar una expedición al sur al mando del rico y
aristocrático coronel Domingo Tristán, a quien acababa de ascender a General; y
como su segundo al coronel Agustín Gamarra, quien se había pasado a filas
libertarias tras ser por años un sanguinario represor de revolucionarios
anticoloniales, escribió la siguiente carta.
“Señor
general de Brigada, D Domingo Tristán. Lima. Enero 18 de 1822.
Instrucción
que deberá observar el jefe del Estado Mayor de la División expedicionaria del
Sur
1°.
(…)
2°.
(…) La atención con los blancos, y la conmiseración con los indígenas, son
indispensables para lograr la cooperación de los primeros, y lisonjear
ventajosamente a los segundos, en la presente campaña. Conviene dar a estos
un impulso general y simultáneo si fuese posible, pero no abrirles
margen para la voluntariedad absoluta en la parte hostil, pues ella será muy
perjudicial. En el estado actual de su incivilización, debe
conducirse a esta casta a la ilustración y felicidad sin permitirle una
acción principal e independiente en el plan de la guerra.
La sujeción de los Comandantes de sus partidas (guerrillas) y la consideración
a sus derechos y quejas, son los dos ejes sobre que debe rodar por ahora la obra
de su regeneración. Por lo mismo se hace demasiado interesante la observancia
de esta política para el buen suceso del orden militar. Yo espero que US.
desempeñará mis intenciones en toda la extensión de sus alcances; pues
a US. es a quien está confiada la suerte de la patria en una sección
considerable de poder y recursos. -Dios guarde a US. muchos años. José
de San Martín.”
3.
No
cabe duda que la guerra por la independencia del virreinato fue entre oficiales
realistas y ex realistas. Ambos fueron formados militarmente por España y la
defendieron contra la invasión francesa. Se conocían personalmente en algunos
casos. San Martín y Bolívar premiaban a los realistas que se pasaban a sus
filas ascendiéndoles de grado para continuar la carrera militar con cargos y
sueldos mejorados. No fue pues, una guerra entre oprimidos contra opresores
colonialistas. Finalmente, la independencia definitiva tras la victoria de
Ayacucho, fue conseguida por realistas conversos que derrotaron a realistas
leales. Pero no fueron ellos los que derramaron su sangre por la independencia,
sino mayormente los nativos y esclavos reclutados a la fuerza en ambos bandos
como soldados “carne de cañón”. Así mismo, nativos de las guerrillas y
montoneras que voluntariamente participaron en apoyo a los “libertadores”.
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| Firma de Acta de la independencia |
En
Cerro de Pasco, el 7 de diciembre de 1821 las tropas realistas fueron
sorprendidas en la oscuridad de la noche, por un inesperado ataque de una
muchedumbre indígena que, lanzando gritos las aterrorizaron y las dispersaron.
Pero aclarado el día, se reagruparon, y contra atacando a esa multitud
desarmada, dieron muerte a más de 700 nativos. Esto nos da idea del sector que
más derramó su sangre creyendo que llegaría su libertad. No es único caso pues
pueblos enteros como Cangallo fueron incendiados, eliminando habitantes.
4.
El
historiador Jorge Basadre, nos dice que no tenemos un héroe nacional de esa
época. Pero esto, también es cuestionable si dejamos de pensar solo en los
peruanos advenedizos y no, en los peruanos ancestrales. Los héroes peruanos
nativos se cuentan por miles solo que se omiten siguiendo a San Martín, de “no
permitirles una acción principal”.
Hubo
cientos de guerrillas y ataques nativos en montoneras masivas en las quebradas
estrechas andinas, al ejército realista con solo hondas, palos y enormes
piedras desbarrancadas (galgas). Un ejemplo característico entre muchos, es el
encuentro en la “Cuesta del Viento”, en Caravelí cuando 20 guerrilleros
evitaron el paso de casi un millar de soldados realistas. Por ello, el propio
San Martín dispuso la condecoración con medallas de oro y plata para los
líderes heroicos de las guerrillas y montoneras que, eran el terror de las
tropas realistas. (Claro que lo hacía solo para “lisonjear ventajosamente a los
indígenas”, sin permitirles protagonismo principal).
Este
bloqueo al protagonismo nativo aún persiste hasta la actualidad. El Perú está
orgulloso de su pasado prehispánico, pero no por ello permite que los peruanos
ancestrales ocupen altos cargos estatales ni en la oficialidad de la fuerza
naval, aérea y ejército. Como soldados sí, pero hasta allí nomás. Como votantes
electorales sí, pero no como parlamentarios, ni embajadores, jueces supremos,
ministros, etc. Se les trata como “ignorantes”, pero fueron sus sabios
ancestros los que construyeron Machu Picchu, maravilla mundial y los que
desarrollaron 4,400 especies de plantas de propiedades utilizadas por la
humanidad: 787 plantas comestibles, 1,408 especies medicinales, como ningún
país en el mundo. ¿Cuánto es lo que ha desarrollado la república de los
“mistis”? Solo el bloqueo al desarrollo nativo para que no superen a los
“criollos” de la actualidad.
Este
bloqueo al desarrollo indígena hasta hoy, no es solo educativo, sino total:
Bloqueo económico, político, social, sanitario, laboral, tecnológico, etc.
Pero
volviendo a la temática, muchos de esos guerrilleros y montoneros murieron
creyendo en la independencia del Perú, como es el caso del Comandante Velasco,
fusilado por Carratalá, el Capitán Faustino Aliaga, igualmente pasado por las
armas, el «Cholo Fuerte», ajusticiado en Moya, y el Capitán Orrantia,
decapitado en Tarma. También se registra la acción guerrillera de Marcelino
Carreño en la que actuaban hasta 720 negros, teniendo en Abancay, a 26 jefes
guerrilleros bajo su mando. Murió combatiendo en la víspera de la batalla de
Ayacucho. Son muchos los casos de fusilamiento, prisioneros ensartados del
cuello con dogales de fierro; los degüellos, ejecuciones masivas, incluyendo mujeres
y niños.
En
1822, los nativos de Jauja reunieron su consejo de guerra y se ofrecieron a
pelear a nombre de su padre el Inca. La historia oficial omite las acciones
heroicas de José Carlos Chillihuanca, Miguel Uzcanoa Champi, Miguel Cajayanni,
Romualdo Cuyabamba, Francisco Mayta, Manuel Chuquiarque, y
de José Ignacio Ninavilca, curaca de Huarochirí.
También
el caso de Esteban Catacora, cacique de Ilave y comandante de guerrillas en
diciembre de 1824, teniendo el mando en Acora, Pomata, Tiquina y Desaguadero.
Resalta
el caso del «Batallón Huánuco», cuya organización se encomendó a Francisco de
Paula Otero Comandante General de las Guerrillas de la Sierra que llegaba al
millar de combatientes.
5.
Aunque San Martín anunció la independencia del Perú “por la voluntad general de
los pueblos”, no hubo tal hecho, lo cierto es que, el acta de tal independencia
no fue firmada por los líderes nativos sino, por la nobleza colonialista.
Firmaron esa acta, el Conde San Isidro, el Conde de la Vega del Ren, el
Conde de Las lagunas, el Marqués de Villafuerte, el Marqués de Monte Alegre, el
Conde de Torreblanca, el Conde de Vista Florida, el Conde de San Juan de
Lurigancho, el Marqués de Corpa y, el Marqués de Casa Dávila.
Y
también, por otros notables de la dominación colonial como: el sacerdote Xavier
de Luna Pizarro, el aristócrata José de la Riva Agüero, Andrés Salazar, Manuel
Agustín de la Torre, Tomás e Ignacio Ortiz de Cevallos, Antonio Boza, Hipólito
Unanue, José y Miguel de la Puente, Manuel A. Colmenares, Luis A. Naranjo,
Mateo de Pro, Lorenzo Zárate, Francisco Moreyra y Matute, Manuel y José
Ferreyros, Francisco Xavier Mariátegui, José Antonio de Ugarte, Antonio de
Bedoya, José Pezet, Pedro Olaechea, Manuel Tudela, José de la Torre, Agustín de
Vivanco, Toribio de Alarco, Manuel Gallo, Carlos de Bedoya y otros, en mayor
parte esclavistas y señores feudales.
No
sigo en mi perorata, pero queda mucho por aclarar y comparar con la situación
actual. Disculpen la molestia.
Julio
20/ 2024
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LAS INDEPENDENCIA DEL PERU EN DEBATE
LA
“LEYENDA ROSA” DE LA GUERRA POR LA INDEPENDENCIA
¿HUBO
UN PUEBLO PERUANO QUE LUCHÓ CONTRA EL IMPERIO COLONIAL?
por Iván Arenas*
En : 12 de junio de
2024: https://elmontonero.pe/columnas/la-leyenda-rosa-de-la-guerra-por-la-independencia
A
propósito del denominado “proceso de la independencia”, un sector de
historiadores o divulgadores de la historia “nacional” ha tomado como axioma
que lo que hubo aquí fue una “guerra de liberación patriótica”; de un “pueblo”
contra un “imperio colonial”.
Vendido
así el relato, desde los albores de 1821 hacia adelante, no sería sino durante
la celebración del primer centenario de la independencia (1921) que nuestros
intelectuales pudieron implantar algunos de los “mitos fundacionales”. En todo
caso allí está la historia narrada por Valdelomar y enseñada en los colegios sobre
el origen de la bandera peruana. En “el sueño de San Martín” se crea una
historia romántica, no obstante la bandera que hoy se iza refiere a los colores
de los tercios que fueron el terror en Flandes y Nápoles. De hecho, Francisco
Pizarro, un “porquero” como despectivamente se le trata y que estuvo al
servicio del “Gran Capitán”, fue un tercio al fin y al cabo.
Toda
historia nacional, si se precia de serlo, nace siempre con mitos fundacionales,
algunos de ellos “iluminadores” y otros absolutamente oscuros y falsos.
Acuérdense lo que le dice Lord Varys a Meñique sobre la mentira fundacional del
Trono en el reino de Poniente, en la serie Games of Thrones.
El
imperio de la monarquía católica hispánica (reconocida así) siempre reprodujo,
como Roma, sus instituciones y alentó el mestizaje (salvo en los territorios
conquistados al sur de España, que son harina de otro costal) como legitimación
del buen gobierno. Allí está en todo caso el testamento de Isabel con respecto
a las “indias”, acaso una de las primeras evidencias de la forma como operaba
la monarquía en suelo conquistado.
El
hecho de que existiera en la legislación indiana la llamada República de
indios, durante el Virreinato, no fue para “separar” en partes la unidad del
imperio, sino todo lo contrario: el objetivo era conservar los fueros, derechos
e instituciones indianas. Eso no implicaba que el sistema de “repúblicas” (en
el sentido escolástico) no haya sido laxo, sino todo lo contrario. Allí está
Dionisio Túpac Yupanqui, hombre gris y diputado en las Cortes de Cádiz, que
conocía poco la realidad de estos lugares y del que se inspiró el mismo Marx.
Para cerrar este párrafo: hay imperios generadores e imperios depredadores,
como dice Gustavo Bueno, acaso uno de los más grandes filósofos de nuestro
tiempo. Imperios que desarrollan instituciones (como Roma) e imperios que
instalan factorías.
A
propósito, la tesis de Robinson y Acemoglu en ¿Por qué fracasan las
Naciones?, peca de esa misma vieja pretensión weberiana de
considerar que el protestantismo tiene un “talento institucional” para crear
riqueza (cosa que refutaremos en otra ocasión).
Se
ha dicho también, más como mea culpa que como exposición de razones,
que en el Virreinato del Perú el grueso del bando realista durante el proceso
de “independencia” estuvo integrado por indígenas y criollos, y no deja de ser
verdad. Pero eso no evidencia una actitud sumisa del indio o del criollo hacia
los españoles del hemisferio europeo; más bien demuestra que una mayoría no
estaba dispuesta a la secesión o a dejar sus fueros y beneficios, que tenían
300 años de vigencia y tradición. El mismo movimiento liderado por Túpac Amaru
se alzó no en contra de la monarquía y menos contra el catolicismo, sino contra
el “mal gobierno”.
Para
redondear la idea, podemos decir que sin los pueblos indígenas (que odiaron a
las panacas incas) no habría sido posible la conquista de los “peruleros” en
tan poco tiempo; y sin los criollos (herederos españoles) no habría secesión o
eso llamado independencia. Dicho sea también que fue el liberalismo y el
republicanismo de los primeros días, que hoy algunas derechas defienden, el
corpus teórico que hizo posible la secesión.
Se
ha intentado romantizar el proceso de independencia en una especie de épica,
según la cual supuestamente hubo un pueblo contra un imperio colonial, cuando
en realidad fue, sobre todo en el Virreinato del Perú, una novela con grises y
matices, donde hubo provincias y no colonias. Solo otro dato: ni Bolívar ni San
Martín, a pesar de su traición a la monarquía hispánica, pretendieron volver al
antepasado inca, sino regentar ellos mismos el poder.
En
el colmo del asunto, la historiografía de izquierda ha logrado ideologizar todo
este asunto. Y hoy quienes defienden los hechos objetivos del Virreinato son de
derechas, y quienes defienden el gesto de liberación son de izquierdas. Menuda
ignorancia. <>
________________________
* ADVERTENCIA: el autor es peruano, se presenta como "analista político", y no debiera confundírsele con el homónimo actor y humorista chileno Sergio Iván Arenas Maturana, famoso en su país como "el profesor Rossa", por el programa infantil de TV de ese nombre, emitido entre 1981-2002 y 2011-2012.
PUNEÑOS EN LUCHA POR INDEPENDENCIA
PEDRO OBAYA,
UN CAUDILLO OLVIDADO
Por. Bruno Medina
Enríquez
|
P |
edro
Obaya fue un personaje que fue partícipe de la Revolución Tupacamarista de
1780, aunque poco conocido en la historiografía oficial de Túpac Amaru, en
razón de haber actuado más con Túpac Katari en el Alto Perú.
Apodado
“El Tuerto”, en razón a que le faltaba un ojo, fue un líder nacido en la ciudad
de Lampa, que se sumó a la sublevación tupacamarista, durante los primeros
meses de la llegada del viento revolucionario al Altiplano, hacia diciembre de
1780 y cuando José Gabriel se dirige a Puno en su afán de expandir la
sublevación en ese amplio territorio y lo logró, por cierto, y en demasía. Después
que fuera descuartizado la revolución continuó en esa región por lo menos un
año más, tiempo en el que esa región fue liberada del dominio español en manos
de los sublevados.
Es
en esa ocasión de la presencia de Tupac Amaru II en el altiplano, cuando éste entabla
relaciones con diversos personajes y líderes campesinos, entre ellos Pedro
Vilcapaza y otros cabecillas, mientras que Pedro Obaya se suma al
liderazgo de Vilcapaza en Azángaro, donde recibe el encargo de dirigirse
al Alto Perú, para controlar a algunos líderes de movimiento katarista.
En
el Alto Perú ya se habían sublevado en agosto de 1780 los hermanos Katari
en la región de Chayanta, los que fueron fácilmente reprimidos, sin embargo a
continuación en los inicios de 1781, es Julián Apaza, con el sobrenombre de
Túpac Katari, quien lidera la sublevación en el Alto Perú, de modo independiente
y sin mayores relaciones ni coordinaciones con Túpac Amaru II. En estas
circunstancias “El Tuerto Obaya”, estando con las huestes revolucionarias en
Azángaro (de ahí que la historiografía boliviana lo consideraba azangarino), asume
el encargo de acercarse a Túpac Katari, para que este se sume a la lucha
tupacamarista, conducida por el Inka/Rey y, en todo caso, controlar las
acciones de extremada crudeza en la lucha que los de Túpac Katari empleaban, en
tanto que no respetaba a las mujeres, a los niños, ni a los criollos de algún
modo aliados de la tendencia tupacamarista.
En
cumplimiento del encargo recibido, Pedro Obaya se presenta ante Túpac Katari
como si fuera sobrino de Túpac Amaru II con el propósito de apoyarlo y al mismo
tiempo controlar la extrema violencia de las huestes aymaras. Como derivación
de ese apoyo Tupac Katari se hace llamar Virrey, reconociendo a José Gabriel
como el Rey Inka.
Mientras
tanto, frente a la agresividad mostrada por Tupac Katari contra los criollos,
Pedro Obaya, en afán de recuperar algunas anteriores simpatías tupacamaristas,
envía cartas y misivas a diversos criollos paceños de alguna influencia y
representatividad, mostrándoles el afán y el objeto de lo propuesto por Tupac
Amaru II, en su deseo de comprender en esa lucha a los criollos. Misivas que
motivaron que finalmente se entablara una entrevista entre los sitiadores bajo
la dirección del Tuerto Obaya con representantes de los colonialistas, a
quienes les planteó directamente que, para levantar el sitio de la Paz y
resolver el conflicto en común acuerdo y suspender las acciones de los
sublevados, era necesario -en primer lugar- que reconozcan a Túpac Amaru como
el Inca gobernante del Perú, como Rey, luego que hagan entrega de los
corregidores para someterlos a proceso judicial por sus acciones, así como de
los hacendados explotadores y los aduaneros, quienes cobraban altos montos por
alcabalas y aduanajes en tránsito; todos a los que se obligaban a rendirse y
entregar sus armas de fuego. Por último, les planteó que se destruyan las
barricadas de atrincheramiento que se habían construido en los límites de la
ciudad de la Paz.
Por
supuesto que esta propuesta de Obaya no fue aceptada por los colonialistas
paceños, pero consiguió el alejamiento de algún modo de Tupac Katari del sitio
de la Paz. Mientras, Obaya había recibido el refuerzo de Andrés Túpac Amaru
(Andrés Mendigure, joven sobrino de José Gabriel) quien venía actuando en la
zona de Puno bajo las órdenes de Diego Cristóbal con relativo éxito, como en aquel
sitio al pueblo de Sorata, que fue alcanzado previa construcción de diques
que fueron desbordados en afán de inundar la ciudad y tomarla por asalto. En
esa ocasión los rebeldes obtuvieron apreciables tesoros de oro y plata. Esa
misma táctica querían los rebeldes aplicar en el caso de la ciudad de la Paz,
dada su ubicación estratégica, lo cual finalmente no pudo concretarse por la
situación estacional del clima.
Frente
a esta imposibilidad material de inundar la ciudad de La Paz, hacia el mes de
abril de 1781, tiempo de pocas lluvias, la estrategia de Obaya consistió en simular
la existencia de una carta que hace llegar a los sitiados anunciando la pronta
presencia de refuerzos militares venidos desde Buenos Aires. Para dar
verisimilitud a ese supuesto hecho, Obaya mandó reunir un numeroso grupo de sus
correligionarios vistiéndoles en su mayoría con vestimentas españolas, parte de
cuyos uniformes habían sido tomados de los capturados. Obaya al mando de esas simuladas
tropas enarboladas con banderas españolas, posicionadas en las alturas de la
Paz para ser vistos allí, envía emisarios a la ciudad anunciando esa supuesta
presencia de los realistas salvadores. Por supuesto que el hecho causó mucha
alegría en las filas de los rezagos colonialistas de la ciudad. Para hacer más
creíble la llegada de las fuerzas hispanas, se llegó a simular una
confrontación bélica en los altos de La Paz entre dichas fuerzas y los
sitiadores, donde menudearon las balas, disparos y supuestos muertos y heridos.
Esta
estrategia fue asumida por Obaya en el afán de alcanzar la confianza de los
colonialistas, para que ellos descuidasen las defensas y permitieran el exitoso
ingreso de ese “ejercito salvador” entre aclamaciones y vivas. Sin embargo, esa
alegría no duró mucho tiempo entre los españoles, porque de algún modo, la
estratagema de Obaya fue descubierta. Cuando el grupo “salvador” ya estaba
cerca de la ciudad, Obaya también se acercó de modo desafiante a retarlos,
cuando de pronto su caballo tropieza y él cae de la montura, lo cual es
aprovechado por los españoles para rodearlo y capturarlo. Es llevado al centro
de la ciudad por orden del Corregidor Sebastián de Segurola.
El
sitio y los combates por el control de La Paz continuarían, muy a pesar de
la llegada a las cercanías de la ciudad de refuerzos rioplatenses al mando
del coronel Ignacio Flores, quien finalmente rompió el cerco a la ciudad
ingresando a ella. No obstante, en los siguientes meses lo insurrectos no
permitieron mantener la defensa de la ciudad. La inseguridad hizo que el
Coronel Flores tenga que retirarse ante la situación crítica de un ejército en
el cual se producían gran número de deserciones, sobre todo en razón al hambre
y el desabastecimiento de la ciudad. En el mes de agosto se vio obligado a abandonar
la ciudad para dirigirse a Oruro, no sin antes mandar a ahorcar a Pedro Obaya, así
como a otros rebeldes capturados, entre los que destacó el caso de Bonifacio
Chuquimamani, quien fuera secretario de Tupac Katari.
A
continuación, el sito a La Paz se intensificaría por parte de Tupac Katari, con
mucha insistencia, en los siguientes meses, como luego por parte del joven
Andrés Túpac Amaru.
Ese
fue el destino del “El Tuerto” Pedro Obaya, poco conocido en la historia
oficial peruana, pero si reivindicado inicialmente en las letras por Juan José
Vega, cuando trata sobre los Rebeldes del Altiplano durante la Revolución
Tupacamarista. <>


















