FUIMOS COLONIA, Y NO NOS COMPADEZCAN
En
los últimos años, el neohispanismo ha ganado terreno en las redes sociales con
una tesis que busca presentar los territorios americanos como reinos integrados
en igualdad de condiciones a la Monarquía Hispánica. En este artículo, Joseph
Dager desmonta los argumentos de esta corriente y explica cómo el revisionismo
histórico pretende borrar la violencia de la conquista, la explotación
económica y la subordinación de las poblaciones indígenas para construir una
imagen idealizada del pasado colonial. Reconocer que fuimos colonia no
significa asumir una condición de víctimas, sino comprender críticamente las
huellas de ese pasado en el Perú actual. (Rodrigo Espinoza)
Joseph Dager Alva*
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E |
n los últimos años, una ola de revisionismo
histórico ha inundado las redes sociales. Este neohispanismo está muy
interesado en convencer que no fuimos colonias, sino reinos.
Como todo revisionismo busca alterar el consenso
histórico establecido. Pero en sus objetivos hay más de convicciones
ideológicas con intereses políticos que una seria investigación histórica con
descubrimientos tales que permitirían cuestionar la verdad vigente. Es en
realidad negacionismo pues pretende borrar la violencia del proceso colonial y,
más bien, reemplazarla por una narrativa de "obra civilizadora".
Omite sistemáticamente el colapso demográfico indígena y su sometimiento
forzado, así como la esclavitud de las poblaciones de origen africano.
De los exponentes del neohispanismo, especialmente
provocadores son los latinoamericanos, entre los que hay de todo, desde
profesionales en humanidades, pasando por abogados e ingenieros, hasta quienes
se creen héroes, con traje incluido; una mise en scène que,
paradójicamente, nos envía el mensaje de que todo su discurso disfraza los
verdaderos deseos ideológicos. Con una mezcla de nostalgia imperial y
vulgarización (nunca mejor utilizada la palabra) digital, insisten en una tesis
que presentan como "revolucionaria": que América nunca tuvo colonias,
sino "reinos autónomos" integrados en igualdad de condiciones a la
Monarquía Hispánica. Según esta corriente, las Leyes de Indias y los
privilegios de la nobleza indígena probarían que el Perú o México eran tan
España como Castilla o Andalucía.
Aunque en su momento se abusó mucho de las
implicancias del concepto "herencia colonial", basta apenas repasar
los inicios del Perú republicano, o las relaciones entre latifundistas y
campesinos, o la discriminación que vimos tan presente en el conflicto armado
interno, y que volvimos a padecer en la represión a las movilizaciones sociales
de diciembre 2022 y enero 2023, para concluir que resulta innegable la
presencia de una herencia. ¿Este Perú racista y "cruel" —al decir de
Basadre— que vivimos es sólo producto del pasado colonial? Claro que no: en la
República pusimos nuestra cuota para explicar lo que somos hoy, también negamos
la heterogeneidad, la diversidad que nos era constitutiva, a veces de modo aún
más discriminador ¿No será, en parte, porque aquel presente mostraba claras
huellas de un pasado colonial?
Para desnudar al negacionismo no basta con
indignarse ni apelar al sentido común; hay que recurrir a la historia
conceptual. Reinhart Koselleck (1993) explicaba que los conceptos poseen una
profunda historicidad. No son fijos, son estructuras dinámicas cuya carga
semántica depende de su época, actuando como horizontes que concentran la
experiencia vivida y configuran la realidad: registran el cambio social a la
vez que lo impulsan.
El negacionismo comete un anacronismo al
desvincular las palabras de su tiempo. Un análisis riguroso de la trayectoria y
mutación de los conceptos "colonia" y "reino" bajo el
examen de sus estructuras materiales demuestra que, en la práctica semántica y
política de la época, el Perú operó como una colonia. Durante los siglos XVI y
XVII, la burocracia de Madrid prefirió el término "reino" en su
sentido teológico para dotar al Rey de una legitimidad providencial ante sus
súbditos y, en especial, ante la Iglesia Católica.
Asumir que fuimos colonia no es un acto de autocompasión, sino un ejercicio de madurez que acepta la historicidad de nuestra propia historia. No se trata tampoco de negar nuestra realidad occidental actual. Pero ello es parte de nuestra riqueza, no el único ingrediente.
El Perú es producto, sin duda, del contacto de
esas tres grandes culturas que fueron la andina, la occidental y la africana.
Pero eso no niega, ni la violencia inicial (o prolongada) ni el estatus de
facto de colonia, aunque nos llamaran reino, ni las huellas de una mentalidad
que se creía superior a las poblaciones originarias. La fecha de nacimiento del
Perú debe hacernos reconocer el innegable aporte hispánico a nuestra cultura:
idioma, universidades, iglesias, pinturas; y también dominación, extracción y
organización social en repúblicas supuestamente sin contacto, o en una sociedad
de castas. Por si acaso, para los negacionistas, nuestro concepto actual de
república no tiene mucho que ver con aquel de república de españoles y
república de indios.
El andamiaje de este hispanismo pop se tambalea
cuando es confrontado por la academia seria. En su tan magnífica como
demoledora reseña, el historiador peruano José Carlos de la Puente Luna expone
las falacias metodológicas de Rafael Aita en Los Incas hispanos. De la
Puente Luna (2025) equipara los argumentos de ese negacionismo con un truco de
magia infantil donde se le pide al espectador "creer para ver".
Muestra cómo se descontextualizan las fuentes, o se las toma descuidadamente de
internet, siendo que el neohispanismo termina reduciendo el pasado a un
absurdo. La asimilación de ciertos nobles incas al orden virreinal no fue una
muestra de igualdad democrática avant-la-lettre, sino una estrategia
colonial de cooptación. Presentar a los "incas hispanos" como el
centro de una idílica fusión espiritual es de una profunda deshonestidad
intelectual que inventa una fantasía, que manipula una media verdad, antes que
estudiar a los actores históricos con sus tragedias, contradicciones y también
agencias y logros.
Aunque hayan existido incas católicos, ello no
alcanza para negar la situación colonial del tiempo virreinal. En el Perú,
fuimos un Virreinato, es imposible negarlo; pero no fuimos un reino, más allá
de lo que podamos leer en algún testamento, decreto o real cédula. El
neohispanismo da cuenta de una enorme ingenuidad (en el peor sentido de la
palabra) a la hora de leer las fuentes primarias. Las cree a pie juntillas,
cuando eso conviene a sus intereses. No hay una mínima crítica heurística, si
el documento afirma una cuestión, se la da por verdadera, sin siquiera
preguntarse si se trata de una fuente oficial o de las que se llaman
voluntarias. Si una ordenanza del siglo XVII hablaba del reino del Perú, se lo
cree en la definición que se le da hoy al término; si a los curacas se los
nombra como "nobles vasallos", se asume que eran iguales en derechos,
ignorando el contexto de conquista y de subordinación colonial.
La metodología y teoría histórica enseña desde
hace mucho que no podemos -ni debemos- conformarnos con descubrir lo que está
en la superficie del texto. Ya Johann Gustav Droysen advertía, desde mediados
del siglo XIX, que el conocimiento histórico exige ir más allá del documento,
pues los hechos no habitan pasivamente en las fuentes, obligando al historiador
a reconstruir interpretativamente el pasado (Dager, 2004). Es sobre esa base
que adquiere pleno sentido acudir al enorme hermeneuta que fue Hans Georg
Gadamer:
“Ahora veo que no es sólo cuestión de criterio
como creí en Verdad y Método. La historia no es mera filología a escala
mayor. (…) El texto y especialmente el texto literario es para el filólogo una
magnitud fija. El historiador en cambio ha de reconstruir su texto fundamental:
la realidad histórica” (Gadamer, 2000, p. 26).
Justamente esa realidad es la que nos indica que
no fuimos un reino como entendemos ahora el concepto y, lo que es más, tampoco
tuvimos la misma situación política y económica de los reinos europeos en el
Imperio hispánico. La historiografía clásica define a este tejido estatal bajo
la categoría de monarquía compuesta o de agregación (Elliott, 1992), un sistema
donde una sola corona gobernaba diversos territorios que conservaban sus leyes
e instituciones contractuales, como sucedía en Aragón, Navarra o Nápoles.
Sin embargo, como el propio Elliott (2006) analiza
al examinar la configuración de los imperios atlánticos, el propósito material
y el trato político dado a Europa fue diametralmente distinto al de América.
Mientras en el viejo continente los monarcas estaban obligados a convocar a las
Cortes o Parlamentos territoriales para negociar los tributos con capacidad de
veto local, en los más de tres siglos de dominio virreinal americano jamás se
convocaron Cortes.
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| LA ESPADA. Genocidio |
El mayor equívoco del hispanismo de redes es
sostener que la prueba de que no fuimos colonia es el acceso de los indígenas a
derechos y tribunales. No es un error inocente; es vaciar de contenido la
capacidad de acción de la población andina para atribuir fraudulentamente sus
logros a una supuesta Corona generosa. No es casual que varios de estos
hispanistas sean creyentes convencidos de las bondades actuales de la monarquía
como sistema de gobierno.
Historiadores fundamentales de la etnohistoria,
como Franklin Pease G.Y. (1992), mostraron que la población andina no estuvo
conformada por víctimas pasivas. Los curacas y las comunidades reconfiguraron
sus propias estructuras y utilizaron activamente los tribunales de justicia
para resistir los abusos y defender sus tierras comunales. Pero Pease (2012)
destacó precisamente la existencia de esos abusos, y cómo la instauración del
Virreinato significó una transformación, no exenta de violencia, de los
patrones andinos; no fue una asimilación pacífica. Esta inmensa capacidad de
agencia ha sido profundizada recientemente por Jorge Cañizares-Esguerra y
Adrian Masters (2026). Su tesis de la "movilización constitucional desde
abajo" no es una celebración de la benevolencia de la Corona, aunque el
hispanismo digital intente distorsionarla de ese modo.
Lo que Cañizares-Esguerra y Masters demuestran es
que el derecho indiano fue una conquista que los indígenas, plebeyos y esclavos
le disputaron al Imperio a través de un litigio masivo. La población andina
inundó las audiencias con millones de peticiones escritas no porque viviera en
un paraíso de igualdad jurídica, sino porque operaba dentro de una estructura
colonial, asimétrica y de castas que la amenazaba constantemente.
La agencia indígena consistió en apropiarse del
lenguaje burocrático de la Corona para “hackear” el sistema desde adentro,
convirtiendo el papeleo en un escudo de resistencia. Este asedio legal masivo
no valida la justicia del orden virreinal; por el contrario, demuestra que los
subalternos obligaban al aparato colonial a negociar para evitar su propio
colapso.
Como ha señalado la historiadora Gabriela Ramos
(2010), la integración de las poblaciones originarias al sistema legal y
religioso católico fue, en última instancia, un mecanismo de dominación
colonial sumamente efectivo que buscaba asimilar las conciencias al nuevo
orden. Ello operó sobre una base económica concreta: la Corona respetó algunos
privilegios de clase de las élites nativas a cambio de que sirvieran como
intermediarios para un fin estrictamente colonial, que consistía en asegurar de
manera eficiente el cobro del tributo y el envío de miles de mitayos a los
socavones de Potosí, un entramado mercantil y legal que José Carlos de la
Puente Luna (2016) ha desnudado con rigor. La romantización de los nobles incas
como engranajes de una fusión espiritual se estrella contra esta dura realidad
material.
Y volviendo a las herramientas de la historia conceptual, en el siglo XVIII ocurre un giro semántico definitivo, cuando el propio Imperio español abandonó el uso eufemístico de "reinos" para América. Con el ascenso de la dinastía borbónica, las Indias fueron claramente entendidas como un territorio subordinado políticamente y explotado económicamente, es decir, con la carga semántica del concepto "colonia".
Los propios ministros de la Corona española, como
José del Campillo y Cosío en su obra Nuevo sistema de gobierno económico
para la América, empezaron a hablar abiertamente de "las
colonias" y de la urgencia de extraer de ellas el máximo rendimiento
(Campillo, 1789). En ese mismo sentido, el notable historiador británico John
Lynch (1976) llamó con justa razón a las reformas borbónicas la "segunda
conquista de América".
No deja de ser sintomático que los monarquistas neohispanistas de hoy, idealicen y reivindiquen un supuesto estilo de gobierno que no puede asimilarse en nada al que mostró la familia dinástica que actualmente ejerce la Corona española. No son sólo conservadores, sino reaccionarios. Este fenómeno no es un mero pasatiempo digital, sino un síntoma preocupante de nuestra época, tan dada al autoritarismo. Como explica Jason Stanley (2025), las corrientes neofascistas de alcance global operan bajo un patrón metodológico común: asaltan los consensos académicos para desmantelar la memoria de las luchas sociales. El negacionismo histórico es, en esencia, la herramienta predilecta del autoritarismo contemporáneo, del neofascismo. Neutralizar un pasado asimétrico y colonial pretende suprimir la capacidad crítica de los ciudadanos, preparando el camino para el control político del futuro, nada democrático, por cierto.
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| LA CRUZ . bautismo obligado |
Aceptar que fuimos una colonia no significa
abrazar el papel de víctimas, sino el de agentes de nuestra propia historia. La
riqueza cultural, legal y social de América brotó a pesar de las estructuras de
dominación y gracias a la creatividad política de criollos, mestizos, indígenas
y afrodescendientes, no por una supuesta hermandad institucional
transatlántica. Hay, en efecto, evidencia de millones de documentos de los
sectores subalternos que con enorme esfuerzo se iban adaptando al sistema, para
sobrevivir y mantener, en contra de la corriente, algunas tradiciones
originarias. Y hubo, también, millones que no lo lograron.
El hispanismo digital quiere vendernos píldoras de
un supuesto orgullo, pero el laboratorio en el que las produce es artificial, y
sus técnicos no tienen bata, sino disfraz. Fuimos el "corazón de un
imperio global". Y, antes, la única civilización al sur del globo. Pero,
la historia no está para hacernos vivir de la nostalgia ni para absolver
responsabilidades, sino para ayudarnos a comprender las huellas de un pasado
que debemos superar. Está para entender por qué existen rastros de un racismo
estructural en nuestra mentalidad, dependencia económica y modernización
desigual. ¿Es todo "culpa" únicamente de nuestro pasado colonial? No,
ya lo dije. Y, sin embargo, esas huellas indican que fuimos colonia. Aceptarlo
es el camino para construir una mirada verdaderamente soberana sobre nuestro
pasado.
"Ni hispanismo ni indigenismo", solía
sentenciar el gran José Antonio del Busto (1998); él optaba firmemente por el
peruanismo. Mientras las otras tendencias son fuerzas ideológicas que dividen,
el peruanismo une y cicatriza. Es decir, si cicatriza es porque se acepta que
hay heridas, entonces cura esas heridas que a la comunidad imaginada que somos
le ha dejado tanta violencia, colonial y republicana; deudas históricas que aún
hoy, en pleno siglo XXI, nos corresponde seguir saldando.
Referencias
Campillo, J. del. (1789). Nuevo
sistema de gobierno económico para la América. Imprenta de Benito Cano.
Cañizares-Esguerra, J., & Masters,
A. (2026). The Radical Spanish Empire: How Paperwork Politics Remade the New
World. Harvard University Press.
Dager, J. (2004) “La Historik de J.G.
Droysen: un puente entre la investigación empírica y la fundamentación teórica
del conocimiento histórico”. En: Memoria y Civilización (Navarra),
número 7, p. 197-242.
De la Puente, J. C. (2016). Andinos
entre dos mundos: Curacas, litigantes y el tribunal del rey. Instituto de
Estudios Peruanos.
De la Puente, J. C. (2025, 2 de agosto).
“Creer para ver: a propósito de Los incas hispanos”. Trama Crítica. (tramacritica.pe).
Del Busto, J. A. (1998). Tres Ensayos
Peruanistas. Lima: Instituto Riva-Agüero
Elliott, J. H. (1992). “A Europe of
composite monarchies”. Past & Present, (137), 48–71.
Elliott, J. H. (2006). Imperios del
mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830). Taurus.
Gadamer, H. G. (2000) Verdad y método
II. Salamanca. 2000. Ediciones Sígueme
Koselleck, R. (1993). Futuro pasado:
Para una semántica de los tiempos históricos. Paidós.
Lynch, J. (1976). Las revoluciones
hispanoamericanas, 1808-1826. Ariel.
Pease G.Y., F. (1992). Curacas,
reciprocidad y riqueza. Pontificia Universidad Católica del Perú.
Pease G.Y., F. (2012). Los Incas en
la Colonia: Estudios sobre los siglos XVI, XVII y XVIII en los Andes (N.
Domínguez, Comp.). Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del
Perú.
Ramos, G. (2010). Muerte y conversión
en los Andes: Lima y Cusco, 1532-1670. Instituto de Estudios Peruanos.
Stanley, J. (2025). Borrar la
historia: Cómo los fascistas reescriben el pasado para controlar el futuro.
Blackie Books.
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* Doctor en Historia por la Pontificia
Universidad Católica de Chile e historiador por la Pontificia Universidad
Católica del Perú. Profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP desde
1997.



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