SUEÑO CIBERNÈTICO
César Hildebrandt
Tomado de HILDEBANDT EN SUS TRECE Nº 799, 25SET26
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uve un sueño altruista. Soñé que la inteligencia
artificial tomaba el control del mundo y ponía las cosas en orden.
No era una pesadilla. El mundo mejoraba, Trump moría
en una cárcel custodiada por guardias salvadoreños, Netanyahu se encerraba
inútilmente en el complejo de ojivas nucleares de su país, Milei desfallecía
con una disentería inagotable.
Las máquinas le daban al planeta lo que merecía y
entonces los mares empezaban su propio aseo y las tierras iniciaban su larga
convalecencia y el cielo protector comenzaba un lento retomo.
Los cúbits hacían su trabajo de un modo drástico y
multitudes ninguneadas rodeaban las múltiples sedes del nuevo gobierno mundial
-edificios que albergaban cientos de aparatos sometidos a temperaturas
próximas al cero absoluto- y gritaban de entusiasmo a pesar de no saber a
ciencia cierta qué sucedería con sus hábitos y empleos.
En Europa, las ultraderechas que exhumaban a
Mussolini clamaban por el empleo de armas nucleares, pero el sistema de acceso
a su uso había sido bloqueado de tal modo que los expertos humanos calculaban
que necesitarían decenas de años para descifrar esos candados hechos de
trillones de claves.
La inteligencia artificial no hacía grandes
proclamas ni discurseaba ni se jactaba de lo que hacía. Actuaba fríamente en
una sucesión concertada de interdicciones y clausuras que sí tenían, sin
embargo, una meta: devolver a los humanos a la condición de inquilinos
precarios del planeta milagroso que, para su desgracia, nos había proferido.
Todo lo que hacía la piadosa dictadura de las
máquinas tenía como propósito humillar a la bestia que había creado geniales
ingenios de la muerte y que no dudaba en matar aceptando el mandato de la
codicia y el mensaje de los odios hereditarios. Era la misma bestia que había
enfermado las tierras de cultivo, que había podrido el alma de los niños, que
había hecho del PBI un becerro de oro y del abuso de las armas todo un
evangelio.
Y que había renunciado a todo vestigio de
civilización derribando las instituciones que se crearon, precisamente, después
de una guerra mundial con millones de muertes y una destrucción enorme de
ciudades. La ONU, por ejemplo, agonizaba cada día en medio de la impotencia y
el derecho a veto de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad. No había
evitado una sola guerra y había prohijado todas.
En mi maravilloso sueño cibernético, las majestades de la infamia y las soberanías de las grandes potencias eran puro pasado. Una red invenciblemente cuántica había depuesto a los jefes de gobierno de todas partes y había exigido, para el restablecimiento de servicios elementales como el funcionamiento de puertos, la recuperación de las historias clínicas y la restitución de ciertos servicios bancarios, el cometimiento de todos los países a los nuevos designios. Se trataba de una benévola extorsión y de un gobierno totalitariamente compasivo que nos demandaba aceptar que estábamos en peligro y que debíamos parar.
Era Orwell pero contado por el papa Francisco. Era
el Gran Hermano vigilando que la bestia no terminase de incendiarlo todo. Era
la comuna de París, la toma de la Bastilla, la resistencia de Jean Moulin. Era
todo eso junto y devuelto. Era el mundo liberado por unas máquinas cuya extrema
inteligencia les hacía imposible tolerar que Estados Unidos y China mirasen con
cada vez más gula la última torta del apocalipsis.
Un ingeniero de Silicon Valley fue el único que
logró penetrar el umbral de la red que se había apoderado de todo. Antes de
ser neutralizado por una descarga, alcanzó a preguntar:
-¿Por qué todo esto?
En la pantalla apareció una sola palabra y en
mayúsculas: -GAZA. <>


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