LA APATÍA ESTATAL
ANTE EL CRIMEN EN EL
PERÚ
Por: Jorge Luis Choque
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V |
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días no bastan para un balance definitivo, pero sobran para encender alarmas.
Más que inexperiencia, esta gestión exhibe una preocupante incapacidad para
dimensionar la crisis nacional. Mientras el país se desborda bajo el crimen y
la extorsión, el Ejecutivo se enfoca en la banalidad de las redes sociales y la
autopromoción. Tras 15 años y cuatro campañas electorales, Fuerza Popular solo
ofrece la misma improvisación y reciclaje de cuadros que nos trajeron hasta
aquí. La pregunta es inevitable: ¿se prepararon para gobernar o solo para
capturar el poder?
Como
advierten analistas como Gabriel Kessler, Lucía Dammert, Andrés Antillano y
José Alfredo Zavaleta, la seguridad no se resuelve con despliegues policiales:
es un problema político, social e institucional. La extorsión no es fortuita ni
se erradica elevando penas; es una renta criminal que despoja a transportistas,
comerciantes y trabajadores. Las mafias no solo ejercen violencia: GOBIERNAN
TERRITORIOS Y REGULAN ECONOMÍAS ante un Estado que solo reacciona para reprimir
la protesta.
La
negligencia gubernamental linda con la complicidad cuando las autoridades
priorizan anuncios mediáticos —compra de patrulleros, cámaras o megapenales en
cuarteles— sin articular el trabajo de la Policía, la Fiscalía, el Poder
Judicial y el INPE. La evidencia es clara: los estados de emergencia no
resuelven nada, desplazan el delito hacia zonas adyacentes y dejan intactas las
estructuras operativas del crimen.
El
escenario se torna francamente crítico cuando el propio Congreso aprueba
reformas que desmantelan la investigación penal, entorpecen la persecución del
crimen organizado y terminan blindando a funcionarios investigados por
corrupción. Al recortar atribuciones a fiscales y policías y flexibilizar los
estándares de prueba, el poder político envía un mensaje inequívoco a las
mafias: delinquir en el Perú es altamente rentable y las conexiones con el
poder garantizan impunidad.
La
impunidad es el principal motor de la extorsión. Como señala Carlos Basombrío,
cuando la probabilidad de ser investigado y sancionado es mínima, el delito se
consolida como una empresa de bajo riesgo y altísima rentabilidad. De nada
sirve detener al eslabón más débil —el cobrador o el sicario— si no se
desmantelen los flujos de lavado de activos, las redes de corrupción
penitenciaria y los nexos empresariales que oxigenan la economía ilegal.
Superar
este colapso exige abandonar la falsa dicotomía entre prevención social y
represión. Se requiere presencia estatal integral —educación, salud, empleo y
servicios públicos en los sectores vulnerables— a la par de una policía
profesionalizada, inteligencia especializada y un sistema de justicia
verdaderamente independiente. La intervención de las FFAA, si resultara
indispensable, debe ser estrictamente excepcional, temporal y subordinada al
poder civil.
El
Perú no necesita propaganda ni marcos legales para la impunidad. La seguridad
real exige Estado social, inteligencia, justicia independiente y control
democrático. Mientras el Gobierno y el Congreso antepongan el cálculo político
al deber, el crimen organizado usará el pánico social para dominar el país.
Decir que las soluciones vendrán el próximo año, como plantea Keiko Fujimori
ante la sangre de hoy, es abdicar del Estado.
Cuando
el agua nos llegue al cuello, los responsables del desastre vendrán a vendernos
los salvavidas.<>
Perú: 28/08/2026


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