miércoles, 26 de agosto de 2026

OPINION: EL ROSTRO REAL DEL PODER EN EL PERÚ

 LA REPÚBLICA FICTICIA

Jorge Ramos

H

oy más que nunca, la llamada «derecha peruana» que desde hace poco es gobierno, ha dejado de esconder su verdadero rostro. Este no es técnico, moderno ni republicano; por el contrario, es improvisado, reactivo y se encuentra profundamente desconectado de la realidad nacional. Lo que observamos no es una élite dirigente, sino una que reacciona, que improvisa y que, en muchos casos, ni siquiera comprende al país que afirma gobernar.

El ejemplo más evidente es la compra de aviones F-16 a los Estados Unidos [gracias al apoyo político de la entonces candidata Keiko Fujimori]. NO se trata aquí de un debate ideológico, sino de sentido común: ¿cómo se justifica una adquisición millonaria sin garantías claras y con plazos de entrega que pueden extenderse hasta cinco años, en un país colapsado en sus sectores de educación, salud y vivienda? Este tipo de decisiones no refleja una estrategia nacional, sino subordinación política y carencia de visión estructural. No hablamos de defensa nacional, sino de dependencia disfrazada de modernización.

El problema, sin embargo, es más profundo. La reacción de ciertos sectores frente a estas decisiones revela algo aún más grave: una derecha sin doctrina; una que ha confundido república con privilegio, mercado con saqueo y autoridad con imposición. De ahí nace la percepción, cada vez más extendida, de que no estamos ante una derecha sólida, sino ante una torpe, agresiva y sin horizonte.

En este contexto, surge la gran contradicción. Se invoca constantemente la palabra «República» —incluso apelando al artículo 43 de la Constitución—, como si bastara con repetir el concepto para hacerlo realidad. No obstante, la verdad resulta incómoda: el Perú no funciona como una república en el sentido pleno. Lo que existe es una estructura formal capturada por prácticas informales: corrupción, clientelismo, clasismo y exclusión sistemática.

Aquí no gobierna el mérito, gobiernan las elites privilegiadas. No prima la ciudadanía, sino los intereses. No se construye una nación; se administra la fragmentación.

La herencia colonial no es un mero discurso ideológico, es una realidad viva. Se expresa en la desigualdad estructural, en el desprecio por lo indígena, en el clasismo normalizado y en una élite que, históricamente, ha gobernado de espaldas al país profundo. Negar este hecho no lo desaparece; por el contrario, lo consolida.

Mientras tanto, los pilares fundamentales de cualquier sociedad siguen en ruinas:

· Educación: Degradada, sin exigencia ni formación crítica. Se ha confundido el derecho a la educación con la ausencia de rigor. Educar no es solo permitir el acceso; es formar criterio, disciplina y comprensión del mundo.

· Salud: Colapsada, desigual e indigna. Un sistema que no cuida la vida no puede sostener ninguna república.

· Vivienda: Caótica, informal y diseñada más por necesidad que por planificación. El Estado ha renunciado a ordenar el territorio.

El resultado es evidente: una sociedad fragmentada y un ciudadano reducido a lo que el filósofo Herbert Marcuse llamó el «hombre unidimensional»; alguien que no cuestiona, que se adapta, que apoya electoralmente a los enemigos de su clase y que sobrevive dentro de un sistema que no comprende.

Aquí radica el punto más crítico: el problema del Perú no es únicamente político, es intelectual. Se ha perdido la voluntad de comprender. Hoy, más que nunca, existen herramientas, acceso a la información, libros y conocimiento. Pero sin disciplina, sin voluntad y sin exigencia, todo ello se vuelve inútil.

No basta con afirmar que la educación es un derecho; es, sobre todo, un deber. El deber de formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y construir. Sin ello, no hay república posible.

Conclusión: El Perú como proyecto pendiente

El Perú de hoy no es una república consolidada. Es un proyecto inconcluso, atrapado entre discursos vacíos y prácticas corruptas. Mientras no se reconstruya la base —la educación, la conciencia crítica y el sentido de nación—, cualquier modelo político será simplemente una fachada.

La responsabilidad, en este punto, no recae únicamente en la clase política. Es también de una sociedad que, en gran medida, ha renunciado a pensar.

Si el país desea dejar de ser una ficción republicana, tendrá que emprender algo mucho más difícil que cambiar de gobierno:

Tendrá que cambiar de mentalidad.

Porque sin ciudadanos, no hay república. Y sin conciencia, solo existe dominación.




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