LA REPÚBLICA FICTICIA
Jorge Ramos
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oy
más que nunca, la llamada «derecha peruana» que desde hace poco es gobierno, ha
dejado de esconder su verdadero rostro. Este no es técnico, moderno ni
republicano; por el contrario, es improvisado, reactivo y se encuentra
profundamente desconectado de la realidad nacional. Lo que observamos no es una
élite dirigente, sino una que reacciona, que improvisa y que, en muchos casos,
ni siquiera comprende al país que afirma gobernar.
El
problema, sin embargo, es más profundo. La reacción de ciertos sectores frente
a estas decisiones revela algo aún más grave: una derecha sin doctrina; una que
ha confundido república con privilegio, mercado con saqueo y autoridad con
imposición. De ahí nace la percepción, cada vez más extendida, de que no
estamos ante una derecha sólida, sino ante una torpe, agresiva y sin horizonte.
En
este contexto, surge la gran contradicción. Se invoca constantemente la palabra
«República» —incluso apelando al artículo 43 de la Constitución—, como si
bastara con repetir el concepto para hacerlo realidad. No obstante, la verdad
resulta incómoda: el Perú no funciona como una república en el sentido pleno.
Lo que existe es una estructura formal capturada por prácticas informales:
corrupción, clientelismo, clasismo y exclusión sistemática.
Aquí
no gobierna el mérito, gobiernan las elites privilegiadas. No prima la
ciudadanía, sino los intereses. No se construye una nación; se administra la
fragmentación.
La
herencia colonial no es un mero discurso ideológico, es una realidad viva. Se
expresa en la desigualdad estructural, en el desprecio por lo indígena, en el
clasismo normalizado y en una élite que, históricamente, ha gobernado de
espaldas al país profundo. Negar este hecho no lo desaparece; por el contrario,
lo consolida.
Mientras
tanto, los pilares fundamentales de cualquier sociedad siguen en ruinas:
· Educación: Degradada,
sin exigencia ni formación crítica. Se ha confundido el derecho a la educación
con la ausencia de rigor. Educar no es solo permitir el acceso; es formar
criterio, disciplina y comprensión del mundo.
· Salud: Colapsada,
desigual e indigna. Un sistema que no cuida la vida no puede sostener ninguna
república.
· Vivienda: Caótica, informal y diseñada más por necesidad que por planificación. El Estado ha renunciado a ordenar el territorio.
El
resultado es evidente: una sociedad fragmentada y un ciudadano reducido a lo
que el filósofo Herbert Marcuse llamó el «hombre unidimensional»; alguien que
no cuestiona, que se adapta, que apoya electoralmente a los enemigos de su
clase y que sobrevive dentro de un sistema que no comprende.
Aquí
radica el punto más crítico: el problema del Perú no es únicamente político, es
intelectual. Se ha perdido la voluntad de comprender. Hoy, más que nunca,
existen herramientas, acceso a la información, libros y conocimiento. Pero sin
disciplina, sin voluntad y sin exigencia, todo ello se vuelve inútil.
No
basta con afirmar que la educación es un derecho; es, sobre todo, un deber. El
deber de formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y construir. Sin ello,
no hay república posible.
Conclusión:
El Perú como proyecto pendiente
El
Perú de hoy no es una república consolidada. Es un proyecto inconcluso,
atrapado entre discursos vacíos y prácticas corruptas. Mientras no se
reconstruya la base —la educación, la conciencia crítica y el sentido de
nación—, cualquier modelo político será simplemente una fachada.
La
responsabilidad, en este punto, no recae únicamente en la clase política. Es
también de una sociedad que, en gran medida, ha renunciado a pensar.
Si
el país desea dejar de ser una ficción republicana, tendrá que emprender algo
mucho más difícil que cambiar de gobierno:
Tendrá
que cambiar de mentalidad.
Porque
sin ciudadanos, no hay república. Y sin conciencia, solo existe dominación.


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