viernes, 3 de abril de 2026

LA COYUNTURA ELECTORAL EN EL PERU

 CAUSAS PERDIDAS

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 776, 3ABR26

D

a ganas de votar por nadie. Da ganas de votar por el que pudo ser, votar por el que pudo decir lo que debía decir pero no lo dijo ni siquiera cuando tuvo la oportunidad. Pero al mismo tiempo da ganas de no votar por el que desperdició el momento de oponerse a este sistema podrido, a esta política raptada por el bandidaje, a esta eco­nomía que sólo sirve para engordar rentas y fomentar mo­nopolios.

Después de los debates, ya no hay duda: Somos un país de tercer. Con muy pocas excepciones –poquísimas, una mano sobra- lo que armó el inepto Jurado Nacional de Elecciones fue un homenaje a la minusvalía cerebral. Pocas ves he oído tal cantidad de sandeces. Era el coro de nuestro fracaso cultural. El país de Porras y Haya es hoy esta pampa donde los que quieren ir a Palacio croan lugares comunes, promesas chanchas, fraseos dichos en una lengua que requiere traductores.

Los maniacos egocéntricos que tuvimos que escuchar –y la señora que allí pusieron los enemigos más perversos del feminismo- no han salido de la nada. Emergen del vertedero que hemos hecho de la política, de la educación, de la sociedad, de la cosa pública. Son la ruina que nos mira a la cara y reclama nuestra paternidad. Son la decadencia que nos recuerda lo que hicimos y, sobre todo, lo que deja­mos de hacer. Son el sarro de un país que destruyó su edu­cación, aceptó la abolición de los partidos programáticos y adoptó el pragmatismo forajido del fujimorismo como meta nacional.

Han sido décadas de ir ponien­do las vallas cada vez más bajas, los méritos cada vez más lejos, la corrupción cada vez más exten­dida. Son décadas de oclocracia, de muchedumbres condenadas a sobrevivir a duras penas, de políticos que delinquen impune­mente. Son años de institucio­nes rotas, canallas encumbrados y fujimorismo a discreción. En eso estamos y ahora hay que pagar.

Creeré en la inmortalidad y la resurrección sólo para imaginar que Alberto Fujimori vio estos debates. Qué satis­fecho debe estar. Cuánta gracia le deben haber producido. Porque él siempre tuvo la idea de que el Perú merecía ser esto: la cultura combi, la barbarie entendida como norma, la política hecha de transacciones sombrías. Y, por supues­to, el idioma castellano expuesto a mil ultrajes.

Somos hechura de tantos años de destierro de la inteli­gencia y de castigo a la limpieza. Y de esos años excrementi­cios sale esta bosta que quiere hacerse pasar como la oferta electoral. Lo triste es que lo es. No hay más.

Y lo más triste es que todo apunta a que el 12 de abril se elegirá un Congreso que será clon de la actual bazofia y que entraremos a otro capítulo de esta teleserie intermi­nable. Y todavía más triste será ver, desde ahora, cómo los comentarios reales de la gran prensa intentarán decir­nos que el pueblo eligió, que ese es el veredicto po­pular, que hay que callar.

Nosotros, mo­destamente, no nos sumaremos a esa complacen­cia anestesiada. Sabemos que so­mos minoría, que tendemos a las causas perdidas, pero insistiremos en decir y repetimos: esta pesadilla no es el Perú, este aquelarre del gran dinero y la gran putrefacción no puede ser el Perú. Habrá que se­guir luchando para que los más jóvenes sepan que el país de Vallejo no es el de Acuña, que fuimos faro y referencia, que aquí nacieron ideas que hicieron historia en América Lati­na, que tenemos el deber de ir al rescate de ese país que nos grita desde el pasado. ¡Pena de muerte a la resignación! <+>

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