ENTRE LA OBSCENIDAD DEL PODER
Y LA INDIFERENCIA CIUDADANA
Por: Jorge Luis Choque
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l Perú de octubre de 2026 no atraviesa una simple
sucesión de gobiernos fallidos: vive una crisis prolongada de representación,
legitimidad y sentido democrático. Ocho presidentes en diez años, una
fragmentación política extrema y una ciudadanía hastiada reflejan el
agotamiento de un sistema que redujo la política a un mercado de intereses, un
pacto de impunidades y una disputa por cuotas de poder. Mientras la corrupción
y la inseguridad ocupan el centro de las preocupaciones sociales, la población continúa
pagando el costo de un Estado debilitado: hospitales sin recursos, escuelas
precarias, obras abandonadas, territorios sometidos a economías ilegales y
servicios públicos incapaces de garantizar una vida digna.
No se trata, de una “mala racha” ni de una suma de
individuos moralmente desviados. Alfonso Quiroz advirtió que la corrupción
peruana ha sido “un fenómeno sistémico, no un acontecimiento anecdótico o
periódico” (2013, p. 25). La corrupción no empieza ni termina en el funcionario
que recibe una coima; incluye las redes empresariales, políticas, mediáticas y
burocráticas que convierten decisiones públicas en beneficios privados. Cuando
una licitación se arregla, una norma se diseña para favorecer a un grupo
económico o una campaña se financia con dinero de procedencia ilícita, no solo
se vulnera una ley: se despoja de recursos que deberían servir para asegurar
derechos sociales y reducir desigualdades.
La noción de “captura corporativa estatal” permite comprender la raíz de este problema. El Estado no siempre es tomado mediante golpes de estado; también puede ser ocupado gradualmente por intereses privados que influyen en las reglas, financian candidaturas, condicionan decisiones legislativas y debilitan los controles. Como ha señalado Francisco Durand, esa captura inclina el poder público hacia élites privilegiadas, subordinando el interés general a la acumulación particular. En ese escenario, discutir corrupción no puede reducirse a condenar la conducta de “malos políticos”: exige preguntarnos quién financia, quién se beneficia, quién fiscaliza y por qué las instituciones terminan protegiendo con tanta frecuencia a los poderosos antes que a los ciudadanos.
Juan de la Puente ha denominado a este proceso la
construcción de una “república obscena”: un orden político con “un pie en la
legalidad y otro en la ilegalidad”, sostenido por la resistencia de sectores de
poder a cambios orientados a la igualdad, la justicia y la inclusión (2026, p.
42). La obscenidad no es solo la falta de pudor de los gobernantes ante los
escándalos, sino la normalización de lo ilegal como rutina y de lo legal como
excepción. Cuando se acepta que un congresista proteja intereses particulares,
que un partido opere sin democracia interna o que se disculpe la corrupción
apelando a una supuesta "capacidad de gestión", la democracia deja de
ser un instrumento de soberanía popular y se convierte en una fachada para
negocios y privilegios.
Ante esta situación, también existe una responsabilidad
ciudadana. La frase "roba, pero hace" revela una derrota ética y
política: acepta que el saqueo de los recursos públicos se compense con una
obra visible, ignorando los sobreprecios, el endeudamiento y el abandono de las
verdaderas urgencias colectivas. A. Gramsci advertía que la indiferencia es “el
peso muerto de la historia”, porque permite que minorías organizadas decidan el
destino de las mayorías desorganizadas. La apatía no es neutral: cuando la
ciudadanía deja de vigilar y sancionar el poder, termina por entregar el Estado
a las mafias.
La salida no vendrá de un caudillo providencial ni de la
promesa de una nueva agrupación electoral. Vendrá de una ciudadanía informada,
organizada y dispuesta a convertir su indignación en acción colectiva:
vigilando a sus autoridades, participando en organizaciones vecinales,
sindicales, estudiantiles y comunitarias, exigiendo rendición de cuentas y
rechazando toda forma de prebenda y complicidad. Quiroz sostuvo que “solamente
una ciudadanía realmente informada y educada podrá vencer la recalcitrante
‘cultura’ de la corrupción” (2013, p. 589). El desafío peruano es, entonces,
recuperar la política perdida para ponerla nuevamente al servicio del bien
común. De lo contrario, seguiremos habitando una república obscena, donde el
poder se ejerce sin pudor y el pueblo abdica de su propia voluntad. <>
______________
Referencias
1.
De la Puente, J. (2026). La república
obscena: La larga crisis peruana y el futuro (in)deseable. PADUS.
2.
Durand, F. (2010). El control de la
riqueza y el poder político. Fondo Editorial.
3.
Jiménez González, J. L., & García
Galindo, C. (s. f.). ¿Por qué hay corrupción política, qué efectos tiene
sobre el voto y cómo solucionarla? [Documento de trabajo].
4.
Quiroz, A. W. (2013). Historia de la
corrupción en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos; Instituto de Defensa
Legal.
Perú: 9/10/2026


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