EMBAJADOR EN WASHINGTON
César Hildebrandt
Tomado de HILDEBRANDT
EN SUS TRECE Nº 798, 18SET26
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l 15 de diciembre del año 2012 apareció en el diario
“La Tercera” un texto prochileno de Álvaro Vargas Llosa. El escrito fue celebrado
en círculos políticos y diplomáticos de Chile y arrancó del excanciller del
Perú, José Antonio García Belaunde, una frase lapidaria: “Eso parece escrito
por un agente chileno”.
Y era cierto. El actual segundo marqués de Vargas
Llosa actuaba como un asalariado del país donde solía pasar largas temporadas
al sostener que nuestro país cometía un error al llevar hasta La Haya un diferendo
inexistente dado que todos los problemas entre Chile y Perú se habían resuelto,
plena y definitivamente, en 1999.
“No sorprende, pues, que estemos ahora litigando en
La Haya, a pesar de que en 1999, poco después del Acta de Ejecución que
firmamos con Chile, el Perú anunció que se habían acabado para siempre los
conflictos”, escribió Vargas Llosa en su llamada “Carta abierta a Torre Tagle”.
Lo firmado en 1999 no aludía al mar sino a los
desacuerdos fronterizos de la costa compartida entre Chile y Perú y eso lo
debía saber el hijo parásito del novelista. A pesar de eso, insistió, más
estrellado que nunca: “Pero para jueces que prestan más atención a cómo
entendían los firmantes lo que firmaban, cómo actuaron esos gobiernos y los
subsiguientes a partir de dichos documentos, y cuál era el espíritu además de
la letra de esos solemnes papeles, será extraordinariamente difícil concluir
que no se acordó nunca una frontera marítima”. Vargas Llosa no se limitó a
citar el convenio terrestre de 1999 sino que apeló, siguiendo un guion prestado
de la diplomacia chilena, a la Declaración de Chile de 1947, el Decreto Supremo
peruano de 1947, la Declaración de Santiago de 1952 y el Convenio de Zona
Especial Fronteriza Marítima de 1954 firmado entre ambos países. El coautor de
“Manual del perfecto idiota latinoamericano” sumó a ese cúmulo de supuestas
pruebas un vaticinio que supo a delicia en La Moneda: el Perú perdería en La
Haya.
Rafael Roncagliolo, el canciller de aquel entonces,
intentó minimizar el daño diciendo que se trataba “de un incidente de segundo
orden”. Pero el daño era evidente: un Vargas Llosa no desmentido por su ilustre
padre sacaba la cara por Chile en un proceso de límites marítimos.
Para decirlo con claridad: Álvaro Vargas Llosa copió y pegó todos los argumentos esgrimidos por la delegación que representaba a Chile en La Haya y lanzó a la prensa chilena e internacional, bajo la sombra del apellido que siempre lo aupó, la tesis de que en relación al mar no había discusión posible y que el Perú despertaba fantasmas para avivar un conflicto zanjado en el papel, la historia y el compromiso.
Pero
sí había conflicto y así lo entendió el Tribunal Haya. La tesis de que las 200
millas marítimas de países se superponían -es decir, la razón jurídica de Torre
Tagle- prevaleció y por eso es que el 27 de enero del año 2014 La Haya le
concedió al Perú 50,000 kilòmetros cuadrados de mar compensatorio a partir de
la milla 80 contada desde el litoral. Piñera rabió en público, la derecha
nacionalista recordó sus viejos triunfos, pero el fallo era inapelable y tuvo
que acatarse. Alvarito dijo a media voz que se arrepentía de lo escrito
y que se castigaría durante un año con “una penitencia cívica” consistente en callarse
la boca. Nos libramos de sus monsergas durante algunos meses.
Pero
esa no fue la primera vez que el primogénito del novelista hizo de frívolo
apátrida y candidato a traidor. En 1995 había sostenido en “El nuevo Herald”,
con su firma que en la guerra del Cenepa, surgida de una grosera invasión de
tropas ecuatorianas en la frontera de la Cordillera del Cóndor, “el Perú era el
agresor” porque los tramos cordilleranos implicados en la disputa “estaban bajo
control y patrullaje efectivo” del Ecuador. Es decir, exactamente la tesis de
Sixto Durán Bailen, el presidente ecuatoriano que tramó la agresión. Vargas
Llosa sostuvo que todo el conflicto del Cenepa estaba armado como una provocación
del Perú para apuntalar la imagen de Alberto Fujimori que en esos momentos
hacía campaña por su segunda elección enfrentando a Javier Pérez de Cuéllar.
He sido y soy feroz adversario del fujimorismo, pero
decir que Fujimori padre preparó una treta publicitaria haciendo estallar una
guerra en la que perdimos demasiados hombres y una decena de aeronaves y
tuvimos que ceder aquel kilómetro humillante en Tiwinza y garantizar los
derechos ecuatorianos de navegación libre y perpetua por el río Amazonas y sus
afluentes septentrionales, eso es algo que sólo se le podía ocurrir a un
canalla disfrazado de cosmopolita.
Jaime Bayly contaba el otro día cómo se portó
Alvarito Vargas Llosa con él después de tanta amistad. El retrato que hizo de
su examigo era el de un virtual psicópata. Pero a mí no me preocupa que este
marqués por extensión esté mal de la cabeza y se haya convertido en una
exclamación de la maldad. Lo que me preocupa es que ahora es, gracias a Keiko
Fujimori, el embajador del Perú en Washington. ¿Sabe la señora presidente
cuánta información confidencial le llega al representante de un país en una
embajada como esa? ¿Sabe qué podrá tener ante sus ojos, en materia de defensa
por ejemplo, el señor que nos llamó agresores en la guerra del Cenepa y
litigantes sin futuro en el diferendo marítimo con Chile? ¿Sabe la señora lo
que acaba de hacer nombrando en Washington a quien durante años ha sido
representante oficial en los Estados Unidos de COPESA (Consorcio Periodístico
de Chile S.A.), uno de los grupos periodísticos más importantes del amable
vecino? ¿Lo sabe y aun así tomó esta atroz decisión? <>

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