viernes, 14 de agosto de 2026

RIDICULO EN LA LUCHA POR EL PODER

 LA ESTAFA ELECTORAL:

REELECCIÓN DISFRAZADA Y PODER SIN ALTERNANCIA

Por: Jorge Luis Choque

La ley electoral peruana se ha convertido ya en un instrumento maleable al servicio del bloque que controla el poder. El caso de Rafael López Aliaga —quien, según la denuncia pública, utiliza la renuncia estratégica de Luis Rubio para postular como primer regidor y asegurar su retorno a la Alcaldía de Lima el 4 de octubre de 2026— plantea una pregunta que excede el expediente: ¿puede llamarse democracia a un régimen que permite sortear la prohibición constitucional de la reelección inmediata mediante un procedimiento formalmente válido, pero materialmente orientado a burlar la Carta Magna?

El problema no se reduce a Lima. De acuerdo con el Instituto Aklla Perú, 135 alcaldes elegidos en 2022 postularían como primeros regidores y 63 candidaturas principales habrían renunciado para facilitar el retorno de autoridades en regiones como La Libertad, Loreto y San Martín. Si estos datos son confirmados, no estaríamos ante casos aislados, sino ante una práctica descentralizada de captura de las candidaturas mediante renuncias calculadas, vínculos familiares y acuerdos de cúpula. Como han advertido Fernando Tuesta y Juan de la Puente, se trataría de una forma de “sacarle la vuelta a la ley”: una reelección directa en términos materiales, aunque disfrazada de trámite administrativo.

La democracia formal puede conservar sus rituales mientras pierde su contenido: como advirtió Marx, “el derecho igual es un derecho desigual para trabajo desigual” (Crítica del Programa de Gotha, 1875), porque la igualdad jurídica no elimina las desigualdades reales de poder ni los recursos partidarios, económicos y mediáticos que permiten a unos manipular candidaturas y convertir una prohibición constitucional en una oportunidad política; por eso, la advertencia de Mariátegui mantiene plena vigencia en el Perú: “Sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales” (7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, 1928), pues cuando las instituciones quedan subordinadas a redes oligárquicas, familiares y económicas, una candidatura de fachada deja de ser un simple ardid electoral y se convierte en la prueba de que la voluntad popular ha sido reducida a una formalidad administrada por las élites.

El JNE no puede limitarse a revisar formularios, plazos y requisitos aislados. El rechazo de una tacha por razones procedimentales, sin resolver el fondo constitucional, deja abierta la cuestión decisiva: ¿puede una renuncia formalmente válida producir una reelección materialmente prohibida? La Fiscalía, por su parte, no debe sustituir al órgano electoral, pero sí investigar con imparcialidad cualquier indicio de falsedad, concertación o abuso de poder. La justicia pierde legitimidad cuando despliega severidad selectiva contra los opositores y reserva el silencio para los grupos dominantes.

Como advierte Dennis Thompson, la corrupción institucional no requiere un soborno: también aparece cuando las instituciones desvían sus funciones públicas para proteger intereses particulares. Desde esta perspectiva, la “reelección disfrazada” no sería un vacío legal fortuito, sino una manipulación que convierte la ley en plastilina al servicio de los poderosos. Gramsci explicó que el consentimiento político puede ser organizado por partidos, instituciones y medios de comunicación; por ello, reducir estas maniobras a asuntos técnicos o descalificar sus críticas mediante el “terruqueo” cumple una función política: desviar la atención, normalizar la excepcionalidad y presentar como legalidad ordinaria una posible estrategia de perpetuación del poder.

La defensa de la democracia exige algo más que votar: requiere proteger la alternancia, fiscalizar a las autoridades y exigir que la ley sea interpretada conforme a su finalidad constitucional. Si la derecha considera legítima la reelección, debe promover una reforma abierta y someterla al debate ciudadano, no esconderla detrás de renuncias estratégicas. De lo contrario, el voto se convierte en un espectáculo y la Constitución, en una barrera que solo obliga a quienes carecen de poder. La democracia no muere únicamente cuando se suspenden las elecciones; también se degrada cuando las elecciones continúan, pero las reglas son diseñadas para que los mismos de siempre nunca abandonen el poder. <>

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