viernes, 21 de agosto de 2026

LOS MEDIOS DE COMUNICACION MASIVA EN EL PERU

 PRENSA OLIGOPÓLICA AL SERVICIO DEL PODER ECONOMICO

Por: Jorge Luis Choque

L

a existencia formal de periódicos, canales de televisión, radios y plataformas digitales no asegura, por sí misma, la pluralidad informativa. Una sociedad puede tener numerosos medios y, al mismo tiempo, encontrarse sometida a una elevada concentración de la propiedad, de la publicidad, de las fuentes y de las agendas periodísticas. Según el estudio Media Ownership Monitor de OjoPúblico y Reporteros Sin Fronteras, un solo conglomerado —el Grupo El Comercio— llegó a concentrar aproximadamente el 80% de la circulación de diarios, el 78% de los lectores y el 65% de la audiencia digital en el país. Esta desproporción demuestra que la discusión no se limita al poder comercial de un grupo, sino a la acumulación de plataformas y recursos publicitarios que reducen la diversidad de voces disponibles para la ciudadanía.

Esta concentración mercantil se traduce sistemáticamente en concentración de la agenda pública. Una investigación de Miguel Sánchez Flores publicada por la PUCP reveló que, sobre más de 69,000 noticias analizadas en las plataformas digitales de El Comercio, La República y RPP, existía una fuerte homogeneidad temática donde las notas propias representaban apenas el 29,5% del total, relegando la discusión política frente a contenidos de entretenimiento. Como advirtió Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel, “la prensa es la parte más dinámica” de la estructura ideológica, actuando como “el punto de contacto entre la sociedad civil y la sociedad política, entre el consenso y la fuerza”. Al seleccionar qué temas ingresan al debate y cuáles se invisibilizan, el oligopolio mediático impone los límites de la deliberación democrática.

El impacto del cerco mediático se acentúa en coyunturas electorales, donde la cobertura periodística opera como un actor político abocado a blindar el statu quo. Un estudio del medio independiente El Foco sobre seis importantes plataformas —El Comercio, Perú 21, Trome, Correo, América TV y Canal N— evidenció este sesgo al registrar 1,045 coberturas desfavorables al candidato opositor Roberto Sánchez o abiertamente convenientes para Keiko Fujimori. Tal asimetría concuerda con las observaciones de la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea, que constató un tratamiento informativo orientado a reducir la contienda a una falsa encrucijada moral entre el “orden” y el “caos”. Así, la estigmatización sistemática de la oposición —asociándola al extremismo o a la ingobernabilidad— expone cómo se instrumentaliza la información para proteger los intereses de los grupos de poder económicos y políticos.

Tras los procesos electorales, la estrategia del bloque mediático transita de la demolición del adversario a la complacencia gubernamental, blindando el discurso oficial mediante transmisiones sin repreguntas y portadas distractoras. Esta dinámica nos recuerda a Joseph Goebbels en 1933: “La propaganda no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin; si el medio logra el fin, entonces el medio es bueno”. En esa lógica, la información relega el interés público para subordinarse a la eficacia política del poder de turno.

El sometimiento del Gobierno a la agenda geopolítica de EE. UU. y su doctrina de defensa hemisférica encuentra un eco dócil en los medios concentrados, blindando así el debate sobre la soberanía nacional. Según el "modelo de propaganda" de Herman y Chomsky, esta sintonía no exige conspiraciones: la propiedad corporativa, la publicidad estatal y el recurso a fuentes oficiales moldean automáticamente la pauta editorial. En este entramado, los medios independientes (IDL-Reporteros, Hildebrandt en sus trece o El Diario de Curwen) sufren un hostigamiento sistemático en redes sociales orientado a neutralizar la fiscalización del poder, desviar la atención pública y destruir la reputación de los periodistas.


Ante el cerco informativo impuesto por el oligopolio mediático, el propio ordenamiento jurídico peruano fija un límite conceptual al interpretar el artículo 61 de la Constitución, el Tribunal Constitucional concluyó que “el valor de la libre competencia debe ceder ante el valor de la protección del libre y plural flujo de las ideas y de los hechos noticiosos”. Esta premisa demuestra que la libertad de empresa jamás puede sobreponerse al derecho fundamental de la ciudadanía a recibir información diversa, puesto que la acumulación desmedida de frecuencias e impresos sofoca el debate público en función de apetitos corporativos. Democratizar las comunicaciones no significa apelar a la censura ni exigir neutralidades utópicas, sino garantizar una pluralidad efectiva —con mayor transparencia accionaria, reparto equitativo de la publicidad estatal y respaldo a la prensa independiente y regional— que atienda la dimensión colectiva de la libertad de expresión subrayada por la CIDH. En síntesis, la democracia no solo se rompe con el cierre de un medio, sino también cuando un puñado de propietarios asume el poder absoluto de decidir qué debemos debatir, a quién debemos temer y qué intereses privados deben disfrazarse de bien común.

Perú: 21/08/2026

 

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