LA REPÚBLICA GLOBAL DE ALTAMIRA
César Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS 13 Nº 794, 21AGO26
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unca confié demasiado en
la humanidad y jamás me tragué la
leyenda de que somos la cima de la creación.
Pero lo que está
sucediendo en estos años de estropicio supera las expectativas del pesimismo
más agudo.
Hoy no están Roosevelt y
ni siquiera Truman. Hoy reina en Washington un monstruo abyecto y procaz que se
roba Venezuela, que dice que el Estrecho de Ormuz es suyo, que sigue salivando
por Groenlandia y que ejerce un imperialismo de pandilla sobre un mundo despojado
de toda grandeza. Hoy la Unión Europea está decidida a llevar al mundo al borde
de la guerra nuclear usando a un fantoche rusófobo que obligó a Putin a desatar
un conflicto que tiene mucho de suicida. Y hoy los judíos son los nazis de
ayer, los averiados del alma que matan mujeres y niños en cacerías que parecen
tener índole deportiva.
John Kennedy creó la
Alianza para el Progreso para ilusionar a Latinoamérica con el mito del
desarrollo. Podía discutirse, pero era innegable que se trataba de un concepto,
una elaboración intelectual. Ahora no
hay ideas sino trampas de ratón. El Escudo de las Américas, al que el
fujimorismo gobernante se ha sumado, es una de ellas. Otra es la campaña que
se viene librando para ahuyentar las inversiones chinas. Otra es la injerencia
criminal en las elecciones, siempre a favor de candidatos que, una vez
elegidos, serán siervos y sicarios de Washington. Otra es el auspicio de
políticas que borran de un plumazo décadas de tejido social, conquistas de los
trabajadores y sentido comunitario, tarea en la que el psicópata de Milei ha
demostrado ser experto.
Latinoamérica es un experimento de naciones sin sociedades y de capitales sin límites. Es un continente que ha aceptado que la mafia dineraria prescinda de los partidos y funde sus propias bandas saqueadoras. Y el mundo es un vertedero en el que todo lo que se erigió después de 1945 se ha venido abajo. La ONU, por ejemplo, ha dejado de facto de tener vigencia como barrera y dirimencia mundial. La Organización Mundial del Comercio inexiste después de que Washington la dinamitara burlándose de su marco y barriendo con sus prevenciones. Desde la OMS hasta la UNESCO, todo lo que parecía parte de una búsqueda de consenso civilizado está en crisis terminal.
Y ahora Estados Unidos e
Israel se empeñan en acabar con la Corte Penal Internacional.
Un gánster omnipotente y un genocida salido del infierno del fanatismo -Trump y Netanyahu- dominan el mundo, deciden qué queda en pie, quiénes deben morir u obedecer, qué mares son los de su incumbencia, qué tratados deben desconocerse. Irán y Cuba, dos maneras distintas de la desafección frente al hegemonismo yanqui, son maldecidos y condenados al exterminio, más allá de que se trate de dictaduras vergonzosas. Y mientras tanto, los palestinos siguen muriendo, las hienas judías del gabinete Netanyahu hacen patíbulos con palcos para el público y la ultraderecha europea avanza como la mala hierba en un ambiente en el que todo crimen resulta imaginable.
Escribo estas líneas sin
tristeza. Desadaptado nato, me pasé la mitad de la vida leyendo y/o
escuchando la música que mis padres me enseñaron a querer, pero creyendo
siempre -al comienzo como una intuición y luego como una certeza empírica- que
no debía esperar nada de las muchedumbres y las montoneras. Sin embargo, ni en
mis más profundas depresiones preví la pesadilla que vivimos hoy: la vulgaridad
del malevaje asciende a los gobiernos, la depravación de la política tiende a
la unanimidad, la maldad se pronuncia con banderas izadas y tambores solemnes,
el mundo entero parece sumergido en una gozosa brutalidad. Es un retomo a lo
más viejo de nuestra condición de bajados de los árboles. Es el espectáculo de
la autodestrucción. <>



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