LA DICTADURA DEL CAOS:
EL VERDADERO "ORDEN" DE KEIKO
FUJIMORI
Por: Jorge Luis Choque
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A |
unque cualquiera
pensaría que tres derrotas consecutivas en segunda vuelta y sus respectivos
berrinches por supuestos "fraudes" convierten a Keiko Fujimori en una
perdedora profesional, reducirla a eso es no entender el verdadero negocio de
un fujimorismo que no necesita ganar la presidencia para secuestrar y gobernar
al país desde la sombra. Así, mientras en campaña sacan a pasear el
"orden" y la mano dura como la solución definitiva contra la
delincuencia y la crisis económica, su verdadera hoja de vida demuestra que esa
supuesta estabilidad es, en realidad, una dictadura del caos fríamente
calculada: una demolición institucional diseñada no para salvar al Perú, sino
para garantizar que la cúpula del partido jamás termine en Barbadillo.
El mito del orden fujimorista se desmorona en las urnas, donde Keiko aplica una curiosa democracia: si gana, es justicia; si pierde, es un "fraude". Ante el rechazo mayoritario, el fujimorismo activa de inmediato su protocolo del caos: denunciar conspiraciones inexistentes con firmas falsas, incendiar la pradera y polarizar el país hasta hacer temblar la economía.
En el año 2016, la ciudadanía, en un arranque de generosidad, le
regaló una aplastante mayoría de 73 congresistas. ¿El Perú obtuvo orden? Por
supuesto que no; obtuvo una demolición en vivo y en directo. Uso el Parlamento
como su arma de venganza personal, se dedicó a demoler al Ejecutivo hasta que
forzó la renuncia de un presidente electo (PPK). Su filosofía es: si Keiko no
se sienta en el sillón presidencial, entonces rompamos el sillón, rompamos la
sala y que no haya país para nadie.
El libreto fujimorista en el Congreso ya es alta comedia negra. Hay
que ser bien hipócrita para llorar por la inseguridad en los medios mientras se
aprueban leyes que dejen trabajar tranquilos a los delincuentes. Desarmar a la
policía y castrar a la fiscalía es la solución perfecta: si nadie investiga, el
crimen no existe. El "orden" de la impunidad. Lo que el fujimorismo
vende como "principio de autoridad" es la ley del embudo en su máxima
expresión: impunidad total y VIP para los de arriba, y que el ciudadano de a
pie se defienda como pueda con su celular en la mano.
El descontrol no es un error de cálculo, sino un diseño. Mientras la
ciudadanía vive aterrada por la delincuencia, el fujimorismo aprovecha el
pánico para saquear las instituciones y capturar el TC, la JNJ y la Defensoría.
Con el país distraído, modificaron la Constitución para imponer la reelección
congresal y un Senado que nadie pidió, coronando la faena con amnistías para el
ayer y blindajes para el hoy. Al final, en río revuelto, el "Caso
Cócteles" se archiva sin hacer ruido.
El romance con Dina Boluarte es el monumento fujimorista al cinismo.
Le pusieron un chaleco antibalas judicial a un gobierno que acumulaba cadáveres,
demostrando que su concepto de "paz social" encaja perfectamente en
una fosa común. Con una empatía conmovedora, la bancada llamó
"terroristas" a los caídos para transformar la brutalidad estatal en
un patriótico acto cívico. El orden de los cementerios.
Su concepto de estabilidad económica es tener un país sumiso, con la
prensa libre arrinconada por denuncias, donde se les niega un sueldo mínimo
digno a los trabajadores bajo el sacrosanto pretexto de la
"austeridad". Eso sí, la austeridad es para los vulnerables; para el
Congreso hay bonos navideños, aumentos de presupuesto y compras de aviones de
guerra para combatir enemigos imaginarios. Es el populismo VIP financiado con
los impuestos de la gente que ellos mismos empobrecen.
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