¡LA COLONIA SIGUE VIVA!
CUANDO EL STATU QUO INSULTA AL PERÚ MESTIZO
Jorge Ramos
Tomado
de Facebook
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L |
a
reciente respuesta de Eddie Fleischman
contra Mirtha Vásquez no debe
entenderse únicamente como una disputa entre dos personajes públicos. Detrás de
sus palabras aparece una fractura mucho más antigua: la confrontación entre el Perú del statu quo —centralista,
excluyente y acostumbrado a administrar la respetabilidad— y el Perú mestizo, provinciano y popular,
que exige participar en la vida nacional sin pedir permiso a las élites.
Mirtha Vásquez calificó al
gobierno de Keiko Fujimori como una gestión precaria que improvisa y no sabe
qué hacer con el país. Esa afirmación puede ser discutida, cuestionada o
refutada. Fleischman tenía todo el derecho de responderle con cifras,
decisiones gubernamentales y resultados concretos. Pero no hizo eso. Escribió:
“El descaro, la desfachatez, la desvergüenza, el desparpajo y la hipocresía. El
cartón lleno de los ZdM”.
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| Mirtha Vasquez |
Eddie
Fleischman no representa oficialmente a toda la derecha ni a todos los
empresarios. Sin embargo, su discurso expresa una corriente política que defiende
el orden económico existente, condena colectivamente a la izquierda y presenta
cualquier cuestionamiento profundo como una amenaza contra la inversión, la
propiedad o la libertad. El problema es que esa derecha rara vez diferencia
entre capitalismo productivo y mercantilismo rentista.
El capitalismo productivo invierte, industrializa, desarrolla tecnología, compite, crea empleo formal y asume riesgos. El mercantilismo rentista, en cambio, busca privilegios, monopolios, contratos favorables, protección estatal, exoneraciones y relaciones cercanas con el poder político. Uno transforma la economía; el otro administra ventajas. Defender automáticamente el statu quo no significa defender el verdadero capitalismo. Muchas veces significa proteger un sistema en el cual determinados grupos privatizan las ganancias, trasladan las pérdidas al Estado y conservan su influencia política generación tras generación.
Mirtha Vásquez tampoco representa
al comunismo, como pretende hacer creer la propaganda que llama “comunista” a
cualquiera que cuestione al poder económico. Ella pertenece a una izquierda
democrática, social y ambientalista. Es una abogada cajamarquina, formada en
una universidad pública, docente, defensora de derechos humanos, excongresista,
expresidenta interina del Congreso y expresidenta del Consejo de Ministros. Se
puede discrepar radicalmente de su gestión y de sus ideas. Lo que no se puede
hacer honestamente es presentarla como una ignorante, una intrusa o una mujer
sin autoridad para opinar sobre el rumbo del país.
La
colonia terminó en los papeles, no en las mentes
El
colonialismo no desapareció completamente con la proclamación de la
independencia. Terminó el dominio jurídico de España, pero permanecieron muchas
de sus jerarquías: Lima sobre las regiones, el blanco sobre el indígena, el
poderoso sobre el pobre, el apellido sobre el mérito y la riqueza sobre la
ciudadanía. Esa colonialidad interna sigue decidiendo quién posee “buena
presencia”, quién habl “correctamente”, quién puede gobernar y quién debe
permanecer callado.
Cuando
una mujer provinciana, mestiza y vinculada con la defensa de comunidades
campesinas cuestiona al poder, la respuesta no siempre busca debatir sus
argumentos. Con frecuencia intenta rebajarla: “resentida”, “incapaz”, “comunista”,
“caviar”, “radical” o “terruca”. El terruqueo se ha convertido en el nuevo
certificado colonial de inferioridad. Ya no es necesario demostrar que alguien
pertenece a una organización terrorista. Basta con que defienda derechos
laborales, comunidades campesinas, recursos naturales o una posición de
izquierda para colocarlo bajo sospecha. Así se construye una ciudadanía de dos
categorías: los respetables, que pueden opinar; y los sospechosos, que deben
justificarse antes de abrir la boca.
No
existe en la publicación analizada una expresión racial explícita contra Mirtha
Vásquez. Fleischman no menciona directamente su color de piel ni la llama
“india”. Por eso no debemos inventar una prueba que no existe. Pero también
sería ingenuo ignorar el contexto histórico en el que se produce la agresión.
En el Perú, el racismo pocas veces reconoce su propio nombre. No siempre dice
abiertamente “te desprecio por ser indígena o mestizo”. Muchas veces se
disfraza de superioridad cultural, intelectual y moral.
La
pregunta resulta inevitable: ¿se emplearía la misma violencia verbal contra una
mujer perteneciente al círculo social, económico y cultural del propio agresor?
No podemos atribuirle una motivación racial personal sin pruebas, pero sí
podemos reconocer que su descalificación reproduce una cultura que
históricamente ha colocado al Perú provinciano, campesino y mestizo en una
posición subordinada.
El
clasismo que reparte certificados de respetabilidad
El
mensaje de Fleischman posee un evidente componente clasista porque no trata a
Vásquez como una adversaria política con experiencia institucional. La reduce a
una integrante más de “los ZdM”, como si todas las personas de izquierda fueran
idénticas y ninguna mereciera una respuesta racional. El mecanismo es sencillo:
el integrante del statu quo conserva el privilegio de calificar; el
cuestionador popular queda obligado a defender su propia dignidad.
Si
usted pertenece al grupo correcto, su palabra es opinión. Si pertenece al grupo
estigmatizado, su palabra es descaro.
Si
defiende el modelo existente, es sensato. Si cuestiona sus privilegios, es
hipócrita.
Si
proviene de las élites, posee autoridad. Si proviene de las regiones, debe
demostrar permanentemente que merece estar allí.
Eso
es clasismo político: convertir la procedencia, el apellido, la apariencia y
las relaciones sociales en títulos de legitimidad.
También existe una dimensión de género. No todo ataque contra una mujer constituye automáticamente misoginia, pero el lenguaje empleado debe ser examinado. Fleischman no cuestiona una política pública específica. Ataca el carácter moral de Mirtha Vásquez: descarada, desfachatada, desvergonzada e hipócrita. La acumulación de calificativos pretende presentar a una mujer políticamente incómoda como alguien indigna de consideración. Es una forma de disciplinamiento: puede participar, pero no cuestionar demasiado; puede ocupar cargos, pero no desafiar al poder; puede hablar, siempre que diga aquello que el statu quo está dispuesto a tolerar. Cuando supera ese límite, se activa la maquinaria de la humillación.
No
es una guerra de razas, es una lucha contra una estructura
Sería
un error responder al racismo con otro racismo. No todos los blancos, criollos
o descendientes de europeos son responsables de los crímenes históricos del
Perú. Tampoco toda persona mestiza, indígena o provinciana representa
automáticamente la justicia. La responsabilidad no pertenece biológicamente a
una raza. Pertenece a élites, instituciones y grupos de poder concretos que
convirtieron su riqueza, origen y cercanía al Estado en títulos de
superioridad.
Los
grandes abusos de nuestra historia no fueron cometidos por un color de piel
aislado, sino por una estructura colonial y republicana que utilizó las
diferencias raciales y sociales para justificar el despojo, la explotación y la
exclusión. Por eso, el objetivo no debe ser reemplazar una supremacía por otra.
Debe ser destruir el sistema que todavía clasifica a los peruanos según su
apellido, dinero, lugar de nacimiento, acento o apariencia.
La
contradicción final es evidente: Fleischman acusa a Vásquez de hipocresía, pero
no refuta ninguna de sus afirmaciones. ¿El Gobierno posee un rumbo claro? Que
lo demuestre. ¿Tiene una estrategia contra la delincuencia? Que presente
resultados. ¿Está atendiendo el hambre y la inseguridad alimentaria? Que
publique cifras. ¿Ha dejado de improvisar? Que explique sus políticas. Eso
sería debatir. Pero llamar “zurda de mierda” a una adversaria no prueba que
ella esté equivocada. Solamente demuestra que el agresor ha sustituido el
razonamiento por el desprecio.
Conclusión
La
colonia sigue viva cada vez que alguien cree que su posición social le permite
mandar al silencio a quienes considera inferiores. Sigue viva cuando la crítica
de una mujer cajamarquina recibe insultos en lugar de respuestas. Sigue viva
cuando se terruquea al mestizo, al campesino o al dirigente popular para
expulsarlo simbólicamente de la ciudadanía. Mirtha Vásquez puede equivocarse,
como cualquier autoridad. Sus decisiones pueden y deben ser fiscalizadas. Pero
posee exactamente el mismo derecho que Fleischman, Keiko Fujimori o cualquier
integrante de las élites limeñas a cuestionar el rumbo del país.
El
Perú no pertenece a una clase, una raza, una ideología ni un grupo de
apellidos. La independencia continuará incompleta mientras algunos ciudadanos
se consideren dueños del derecho a hablar y traten al resto como chusma que
debe obedecer.
¡LA
COLONIA TERMINÓ EN 1821, PERO SUS HEREDEROS MENTALES TODAVÍA ADMINISTRAN EL
DESPRECIO!
¡EL
PERÚ MESTIZO, INDÍGENA, PROVINCIANO Y POPULAR NO PIDE PERMISO PARA EXISTIR,
PENSAR NI GOBERNAR!















