sábado, 11 de julio de 2026

TEMAS DE LA REALIDAD GLOBAL AMERICANA

 FASCISMO GLOBAL, NARCOTRÁFICO

Y DISPUTA POR LOS RECURSOS NATURALES EN AMÉRICA LATINA

Por: Jorge Luis Choque

L

a reconfiguración internacional —marcada por el avance de derechas radicalizadas, nacionalismos excluyentes y nuevas formas de autoritarismo— debe leerse también como una disputa por hegemonía, es decir, por la capacidad de imponer sentidos comunes, alianzas sociales y formas de tutela estatal que normalizan determinados proyectos económicos y políticos. Esta idea, retomada de Antonio Gramsci, ayuda a comprender por qué la extrema derecha contemporánea, según Enzo Traverso, no es una réplica literal del fascismo histórico sino una configuración adaptada al neoliberalismo y a las crisis de las democracias formales.[1][2]

La "coca nostra"
América Latina sigue ocupando un lugar estratégico por sus minerales, hidrocarburos, biodiversidad y rutas comerciales. Eduardo Galeano lo resumió con crudeza al señalar que “la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”. Esa frase sigue describiendo una estructura de dependencia en la que la región produce riqueza, pero muchas veces no decide sobre su destino. En ese contexto, la presión externa y las élites internas convergen para preservar modelos de acumulación que privilegian la exportación de materias primas y el control político de los territorios.

Leer el narcotráfico como un fenómeno solo criminal empobrece el análisis; mejor entenderlo como un componente de la lucha por hegemonía donde actores ilícitos se insertan en redes políticas, económicas y sociales para disputar consentimiento y coerción. El concepto de “narcopolítica” —empleado por investigadores como Jaime Antezana Rivera— describe ese entrelazamiento y cómo el dinero ilícito penetra campañas, gobiernos locales y redes de poder, transformando a veces a las mafias en actores integrados al bloque dominante. Cuando las estructuras del Estado y la sociedad civil son débiles, la guerra por la hegemonía se libra tanto en el terreno de la fuerza como en el de la construcción de sentido; es decir, mediante la combinación de coerción abierta y manufactura de consenso.[4]

A ello se suma la expansión de economías ilegales —minería clandestina, lavado de activos, contrabando— que no solo compiten por recursos, sino por la capacidad de crear nuevas bases sociales de apoyo local. Robert Dahl advertía que la democracia conserva su forma, pero pierde contenido; cuando esas instituciones son capturadas, la forma democrática puede permanecer mientras su contenido se erosiona. Desde la perspectiva gramsciana, hablamos de una hegemonía que conserva apariencias institucionales, pero desactiva la soberanía efectiva y la representación real.[5][1]

En América Latina, la retórica de la “mano dura” suele reaparecer cuando crecen la violencia y la frustración social. Sin embargo, la historia demuestra que la promesa de orden no siempre se traduce en fortalecimiento institucional; muchas veces sirve para consolidar poderes concentrados, militarizar la vida pública y justificar abusos. El autoritarismo se presenta entonces como solución, pero termina funcionando como un mecanismo de protección de intereses económicos y políticos que necesitan un Estado débil, selectivo o capturado.[6][1]


El Perú es un caso especialmente delicado. La fragmentación política, crisis de representación y la penetración de economías ilícitas han reducido la capacidad estatal para ejercer decisiones soberanas sobre recursos. La captura parcial del Estado no siempre adopta la forma de una narcodictadura abierta; pero es eficaz al corroer la capacidad de decidir, cooptar partidos y normalizar arreglos clientelares; en términos gramscianos, erosiona la batalla por la hegemonía cultural y política desde adentro. Estudios sobre narcotráfico, corrupción y gobernabilidad muestran cómo estas dinámicas producen un statu quo donde las formas democráticas existen, pero el poder real está parcial o totalmente desplazado.[4][5] 

Por eso, la disputa central en la región no es solo quién gobierna, sino qué intereses representan los gobiernos y si los Estados conservan capacidad real para decidir sobre sus riquezas. La defensa democrática exige enfrentar el crimen organizado, pero también resistir cualquier proyecto que use la seguridad como pretexto para restringir derechos o normalizar el autoritarismo. En América Latina, el desafío de fondo sigue siendo el mismo: convertir la política nuevamente en un instrumento de soberanía, justicia social y control democrático de los recursos.

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 Notas y referencias

1.     Gramsci, Antonio. Selections from the Prison Notebooks. Edited and translated by Quintin Hoare and Geoffrey NowellSmith. London: Lawrence & Wishart, 1971 (edición canónica en inglés para citas sobre hegemonía, intelectuales orgánicos y guerra de posición/movimiento)..[7][3]

2.     Enzo Traverso, Las nuevas caras de la derecha radical (Barcelona: Pasado y Presente, 2019) y entrevistas posteriores sobre las formas contemporáneas de la extrema derecha.[2]

3.     Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina (Montevideo: Siglo XXI Editores, 1971).[3]

4.     Jaime Antezana Rivera, análisis sobre narcopolítica, financiamiento ilícito y captura institucional en el Perú (selección de artículos y ensayos).[4]

5.     Robert A. Dahl, La democracia y sus críticos (Buenos Aires: Paidós, 1992), y Poliarquía: Participación y oposición (Madrid: Tecnos, 1989) sobre condiciones institucionales de la democracia.[5]

Perú: 10/07/2026

 

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