Cesar
HILDEBRANDT
Tomado
de HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 790, 10JUL26
|
E |
l fútbol era un asunto
serio hasta que la FIFA terminó embarrándolo.
Amaba ese deporte porque
era una de las maneras más vistosas de ser bípedo, una variante en clave de la
inteligencia, un modo de ser comunitario y admitir el talento individual al
mismo tiempo.
![]() |
| Guillermo Delgado y Alberto Terry |
La primera vez que fui
al estadio nacional asistí a un encontronazo entre Alianza Lima y Deportivo
Municipal. Quedaron 5 a 3 en favor de los negros de mi tribu y a partir de allí
contraje esta adicción. El fútbol era un rito cruel para los arqueros y una
fiesta para quienes los acribillaban.
El fútbol no intentaba
parecerse a la vida sino mejorarla. Donde la vida ponía cálculo y avaricia, el
fútbol era Adán sudando no por la maldición divina sino para meter una pelota
en la malla de la portería. Si la vida ponía lo roído y la rutina, el fútbol
estallaba en cambios de color y velocidades repentinas. Donde la vida se
esmeraba en escasear el éxito, el fútbol te ofrecía, algunas veces, el néctar
triunfal por el solo hecho de tener una camiseta.
Al fútbol moderno lo
inventaron unos ingleses que debían estar hartos de que les dijeran que los
humanos nos distinguimos por las manos. Por eso las prohibieron. Usar sólo los
pies tiene algo de humor negro: la especie que hizo su mundo gracias a la
separación de los dedos pulgares debía aceptar el desafío. Fue un mano a mano
con nuestro pasado de primates victoriosos.
Viví la época de un
fútbol generoso en el que las sumas y los contratos de hoy eran felizmente
impensables. Eran los tiempos en que Toto Terry no se movía de la U y Guillermo
Delgado permanecía en Alianza por más tentaciones que se le acercaran. El
romanticismo, que le dicen.
![]() |
| Mbappè |
Como los millones
estaban en juego y estos dependían de los resultados, vino entonces el fútbol
italiano a enseñamos la escuela de la miseria retrechera. Ya no valía la gloria
del espectáculo sino el centaveo y la guadaña. Surgieron los carniceros de las
zagas, los asaltantes del mediocampo y los empates rácanos.
Argentina fue un discípulo eminente del tamaño crimen y Estudiantes de la Plata
fue su obra maestra. Lo que importaba eran los resultados y para demostrarlo
allí estaba, años después, la jactancia nacional por un gol metido con la mano.
Todo valía. Hasta la cocaína. El idiotismo mundial lo celebraba. Dios era
celestial.
Afearon el fútbol y malograron las tribunas. Los entusiasmos fueron pasiones de borracho y detrás del hinchaje se escondieron psicópatas surtidos. Hubo barras bravas, filos de cuchillos, muertos por rivalidad. Y el arbitraje se corrompió hasta llegar al Caso Negreira, que fue el pago que el Barcelona le hizo al vicepresidente de los árbitros durante 17 años seguidos. Y estamos hablando de 8,4 millones de euros.
Eso no fue lo peor. La
FIFA se hizo madame del gran burdel y llegaron los jeques montados en
gibas de oro y el fútbol, que era el vivo grafiti de la meritocracia, llegó a
ser este negocio gigante de las cadenas de TV y de los auspiciadores de
cerveza. Junto a los sultanes forrados llegaron los capitales de los fondos de
inversión y entonces muchos clubes dejaron a sus socios y rindieron cuentas a
fondos buitres.
Entonces aterrizó Infantino y nos quedamos con la FIFA casi fujimorista que hoy padecemos. Infantino borró todas las normas, cruzó todas las líneas y cobró todas las regalías sucias que podía cobrar. Para que todo tuviera un aire tecnológico de infalibilidad, consolidaron el VAR, que se aplica cuando Egipto anota después de un foul irrelevante pero que no se aplica cuando Argentina mete un gol después de una falta semejante.
Infantino ha permitido
que Trump, a quien entregó un premio pomposo e inventado, meta sus manos
sucias en el tribunal de sanciones de la FIFA, ha tolerado que los iraníes sean
tratados como basura y ha autorizado que ondeen banderas de Israel en el
estadio donde Egipto tenía que perder. Esto ya es demasiado. El fútbol se
parece al mundo que intentaba alegrar y mejorar. Ahora sí. <>


No hay comentarios:
Publicar un comentario