viernes, 19 de junio de 2026

LLAMADO AL CAMPO POPULAR EN EL DESENLACE DEL PROCESO ELECCIONARIO

 SIN MIEDO ALGUNO

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 787, 19JUN26

L

a señora prepara su gobierno. El gobierno que se parecerá al de su padre.

También nosotros deberíamos prepararnos.

Deberíamos preparar estrategias de toda ín­dole para enfrentar la retroexcavadora que ya calienta motores.

Las ONG vinculadas a los derechos humanos deberían unir esfuerzos para preparar equipos de abogados que planteen, aquí y en el exterior, recursos y de­mandas. Es hora de olvidarse de siglas y nombres y acudir a la cita de la resistencia.

Las organizaciones sindica­les debieran olvidarse de viejas divisiones de origen asiático y unirse alrededor de un menú de sobrevivencia. Se viene una tor­menta perfecta y algunos siguen creyendo que cruzarán el océano en un caballito de totora.

El centro y el centro-izquierda tendrían que llegar a un acuerdo parlamentario y programático para hacerle frente a la señora que reivindica una dictadura podrida y que ha dicho que pre­tende imitarla. Espero que Jorge Nieto, por ejemplo, no les dé la razón a quienes piensan, malig­namente, que él votará esta vez por el oportunismo de derechas.

Es hora de que la cultura, la academia -no aludo aquí a los politólogos que en manada se están pasando al fujimorismo-, los artistas plásticos, la gente del cine y el teatro, hagan causa común frente a la marea de censuras y hostilidad que se nos viene. Los pronunciamientos, las denuncias y hasta los gritos serán necesarios.

Hay que juntar también al periodismo independiente que queda y hay que defender a quienes, desde las redes, ejercen su derecho a la insumisión. Hay que combatir desde cada trinchera a esa televisión que optó por el oficio de Rahab.

Los gobiernos regionales, las autoridades municipales y las organizaciones sociales del país que votó para no caer en manos de la mafia que intentará imponerse desde el 28 de julio deberán buscar una agenda común de autodefensa. Se vienen leyes con nombre propio, causas penales planeadas en el local de Fuerza Popular, amenazas de portátiles. Habrá que darles caray coraje a cada uno de esos embates.

Somos nueve millones, la mitad del país, los que no hemos querido que la hija de la dictadura y el oprobio sea “nuestra” presidenta. La diáspora, cuyos votos se han contado sospechosamente, ha deci­dido que ella regrese al Palacio donde su padre encerró a su madre y en el que hizo de primera dama traicionera.

El problema para la cabecilla de Fuerza es que ya no habrá sorpresas. Su pa­dre, el japonesito de la honradez, se sacó de la manga el rostro de jefe de Yakuza y cerró el Congreso para someter al país al neoliberalismo sin compasión de los Boloña y, a partir de eso, construir el edificio de la dictadura. Fujimori padre fue el Pearl Harbor del Perú: en muy poco tiempo, tras un intenso bombardeo, hizo del Perú un país brutal donde todo valía para sobrevivir y en el que la informalidad ya no era un accidente sino la naturaleza misma de la sociedad. De esa polvareda salieron César Acuña y la universidad como fábrica de cartones, la degradación del trabajo, la desaparición de derechos, el monopolio chileno de la aeronavegación. De esas ruinas institucionales emergió la satrapía en la que era posible que Montesinos acumulara 48 millones de dólares en cuentas en el extranjero y que la pa­rentela del “patriarca” robara hasta las donaciones japonesas destinadas a los pobres.

Fujimori padre sorprendió al país bajándose del tractor y subiéndose al tanque de los militares corrompidos. La agenda de Fujimori hija, en cambio, está cantada. Sabemos qué se propone, a qué métodos puede recurrir, de qué mañas es capaz, de cuántas hipocresías se valdrá modulando la voz como si se doblara a sí misma. Esta vez no habrá emboscadas. Por eso es imprescindible prepararse.

Lo importante es no dejarse amedrentar. Lo básico es no te­nerles miedo. Lo decisivo será luchar, apelando inclusive a instancias internacionales. Co­metida la indignidad de llevar a la presidencia a una hija que se enorgullece de las fechorías de su padre, no permitamos esta vez que el fujimorismo redo­blado haga aguas menores so­bre la oposición y las leyes que protegen el derecho a ejercerla.

No les temamos. Alguna breve autoridad tengo para hacer esta invocación: pasé tiempos difíciles cuando ellos gobernaban, pero entendí muy pronto que nada es mejor que com­batirlos.

Vigilemos. Impidamos otra década infame. Los que más temen, en realidad, son ellos: están a punto de gobernar el país que el patriarca convirtió en cultura combi y llegarán los tiempos en que la dema­gogia populista servirá de muy poco. La derecha que representan comprobará que más valía ser una expectativa, una víspera, una posibilidad que un gobierno al que le faltará capacidad de convo­catoria y proyecto nacional.

Quizá sea bueno que la hija del dictador regrese al Palacio que su padre deshonró. Quizá estemos a punto de inyectamos la vacuna polivalente contra el fujimorismo. <>




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