EL FUJIMORISMO
Y LA DICTADURA DEL CAOS
PARTE II
Por: Jorge Luis Choque
Perú:
27/02/2026
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tragedia del Perú contemporáneo no radica solo en la rotación frenética de
mandatarios, sino en la metamorfosis de los partidos en cascarones vacíos. El
hemiciclo ya no alberga instituciones con proyectos de país; hoy es un mercado
de "vientres de alquiler", diseñados exclusivamente para el lucro de
caudillos y financistas. Esta "democracia sin partidos" ha
pulverizado el Congreso, sustituyendo el debate nacional por una vulgar
negociación de prebendas, cuya prueba más obscena es la reciente composición
del gabinete de José Balcázar. Con una confianza ciudadana hundida en un
pavoroso 3.9%, cada elección se ha vuelto una lotería donde el pueblo siempre
pierde, y cada gestión es apenas una administración provisional que sobrevive
bajo el dictado de intereses subalternos.
El
motor de este colapso es un diseño constitucional agotado. La Constitución de
1993, parida en el autoritarismo, engendró un sistema híbrido que hoy opera
como un arma de demolición mutua. La "vacancia por incapacidad moral"
se ha desnaturalizado: pasó de ser un control excepcional a una herramienta de
extorsión legislativa cotidiana. Mientras el Ejecutivo se consume intentando
sobrevivir y el Congreso se dedica a la amenaza constante, las instituciones se
vacían. El voto ha perdido su valor. En el Perú, la voluntad popular sucumbe
ante la precariedad, el destino del Ejecutivo no lo decide el ciudadano en las
urnas, sino los intereses de un Congreso repudiado por nueve de cada diez
peruanos.
La
responsabilidad de este descalabro mancha a todo el espectro político. Si bien
el fujimorismo ha liderado la lógica del bloqueo, ha encontrado cómplices
ideales en una clase política oportunista que ha normalizado la excepción. El
ánimo social es demoledor: el 75.9% de los peruanos define su relación con la
política a través de la desconfianza y la decepción, sentimiento que escala al
78.5% en el interior del país. No enfrentamos una polarización ideológica de ideas,
sino una fragmentación de intereses sombríos donde la calle es el único
termómetro de una legitimidad que las urnas ya no pueden sostener.
El
costo de esta irresponsabilidad se traslada directamente a la mesa familiar de
9 de cada 10 ciudadanos. Mientras la macroeconomía resiste como un paciente
sedado, el crecimiento potencial se desploma, condenando a millones a la
precariedad de la informalidad. Cerca del 79.4% de los peruanos expresa una
insatisfacción profunda con el sistema. Esta desconfianza estructural ha
paralizado la inversión y profundizado la grieta entre una Lima centralista y
unas regiones que ven al Estado no como un protector, sino como un mercado de
lobistas.
Esta
crisis de representatividad se ve agravada por una fractura profunda entre la
realidad territorial y la narrativa oficial. Mientras las encuestadoras sitúan
a figuras como Keiko Fujimori o Rafael López Aliaga a la vanguardia de la
intención de voto, el interior del país los desmiente con violencia. La
expulsión de Fujimori de la selva central bajo una lluvia de insultos evidencia
que los sondeos han dejado de ser herramientas de medición para convertirse en
medios de propaganda, intentando fabricar un respaldo que la calle ya les ha
negado.
El
Perú se encamina a las elecciones de 2026 bajo una sombra de pesimismo absoluto.
Con apenas un 4.7% de optimismo y una mitad del país convencida de que no
existen opciones viables, el sistema parece diseñado para el fracaso de quien
asuma el mando. Si no se logra purgar a los "traficantes del poder" y
estructurar la competencia sobre programas reales, el país seguirá atrapado en
este ciclo de presidentes efímeros. El peligro real no es quién ganará la banda
presidencial, sino si el país logrará sobrevivir a una clase dirigente que ha
convertido nuestra democracia en una carcajada de impunidad. <+>

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