sábado, 7 de marzo de 2026

ESTAMPAS DE LA COREOGRAFIA POPULAR EN PUNO Y EL PERU

 EL WAYÑO

Emilio Vásquez

Fragmento del ensayo corto INTERPRETACION DEL ALTIPLANO PUNEÑO, en Revista del IAA N° 5 , noviembre 1956, pag. 9 y ss.

(…)

El drama de la vida altiplánica ha estructurado un arte lírico propio. Es el wayño, expresión de la genuina psiquis individual y muestra inequívoca del espíritu colectivo, esto es, del ayllu milenario puneño.

Ei wayño, en su doble significación de música y danza, es la simiente, el brote y la floración estética de la vida del hombre de estas elevaciones surperuanos. El wayño puneño no es la música dulzona de las quebradas cusqueñas, ni es el febril zapateo de la música costeña. El wayño puneño es la materialización lírica (si se me permite la aparente incongruencia) de la vida del hombre de las estepas altiplánicas. Tampoco, por otro lado, el wayño de las sierras altas y las punas, es el de los bajíos lacustres. Hay diferencias de estructura, de acento y acaso de tema. El wayño cordillerano es viril, rudo, casi salvaje y de pocos compases. No presenta, sino en su sentido más hondo y remoto, influencias neo-indígenas, mestizas y de otros estratos. Es música de acentos fuertes, debido al fraseo pentafónico de su estructura. Evoca la silente perla de los roquedos, el eco de las montañas, trocados en melodías. Y el baile, la ejecución plástica de ese todo, es amplio, franco y de denodados desplazamientos. El baile de la cordillera, llamado específicamente kajelo, no acepta sino excepcionalmente el danzar individual. Lo propio es bailar en conjunto, en corro.

Cuando al atardecer ulula la quena o suena el charango, o arrulla la guitarrilla de factura vernácula, quiere decir que en alguno de los lugares indicados, habrá danzar lugareño, es decir, wayño nocturno.

Acariciando a sus parejitas, en la pandilla puneña

Desarrollo coreográfico, bien a la luz de la luna, bien a la lumbre de la ttola (leña) crepitante. Allí tendrán arrobos amorosos, diálogos que suponen pactos matrimoniales, que todos auspician y qua no establecen a través de las coplas que cantan músicos y bailadores.

El wayño de los bajíos refleja el ambiente lacustre, donde la vida comporta marcadas diferencias psíquicas, sociológicas y económicas, mucho más llevaderas, desde luego, que en las altas punas. El wayño del Titikaka es el trasunto de la vida de los pueblos ribereños y las ciudades altiplánicas. De mayor número de compases, de ritmo más lento, el wayño neo-indio es más arrullo, más lírico, más romántico, si cabe. Las olas lacustres, las aves canoras de los totorales, la balsa del pescador que vuela en busca de la redada, el brillar de la luna en las aguas quietas de los auspiciosos octubres puneños, todo eso está contenido en el wayño neo-indígena, mejor dicho, en el wayño cholo. El danzar mismo se hace cada vez más asequible a nuevas incorporaciones coreográficas, como en el caso del takirari paceño. Y es que las ciudades puneñas están más cerca de la civilización, lo cual determina una mayor adaptabilidad. Los instrumentos destinados a exponer e] wayño puneño, son ahora la guitarra, la mandolina, el violín, el clarinete, el saxofóno, el piano y, en fin, todos los instrumentos hasta aquí conocidos. Unos con mayor fidelidad que otros, dan finalmente curso al wayño. Los artistas mestizos, más cultos que los tocadores de las cordilleras y los poblados, tienen más oportunidad hoy de crear nuevas formas.

La pandilla puneña —famosa en el mundo de las artes líricas de América— el resultado de una larga y paciente depuración coreográfica del arte popular y de su música, de consiguiente. A mi juicio, Genaro A. Escobar, gran ejecutante del acordeón, fue la esperanza del verdadero creador del wayño puneño. Gran artista, acucioso, bohemio y de depurado gusto, captó o hizo, sin duda, los mejores wayños puneños, que el pueblo recuerda no obstante los  cinco lustres transcurridos. Hoy queda Miguel Angles, el de Moho, en cuya concertina el wayño puneño de Huancané, suele tener algo de demiurgico a la par que de desolación y muerte.

(…)

EL ALMA DEL HUAYÑO

Raúl Castillo Gamarra

En Folleto de la Estudiantina Departamental Arequipa 1990

 El huayño es la música puneña en la plenitud de su expresión. Es la canción que brota del murmullo del oleaje del Titicaca, de los ríos, de los pajonales, del tronar de las tempestades. Es la canción de la naturaleza, que se convierte en melodías que se aferran consciente o inconscientemente en el alma, que se prenden inexplicablemente en el corazón.

Huayño para todos logs géneros y edades
Música puneña que flota en las cordilleras al conjuro de los vientos. Música que domina los aires de la gran meseta. Música que remonta la cordillera oriental y vibra en la cabecera de la selva.

Sí, es la canción del altiplano, de las orillas del Titicaca, de las pampas inconmensurables, de los pueblos que dormitan recostados en las faldas acariciadoras de las estribaciones andinas.

Huayño puneño, latidos del corazón de la tierra convertidos en notas llenas de ternura y añoranza. Ese es mi huayño. Ese es mi cantar.

Pasarán los años y las generaciones y el huayño seguirá palpitando en los andes y en el corazón. Que se mantenga por los siglos es una exigencia vital que todos debemos de asumir como un compromiso de los que somos como somos: la gente puneña. <>

BAILE NACIONAL:

¿MARINERA O HUAYÑO?

Por Guillermo Vásquez Cuentas

En ESCRITOS POR LA PUNEÑIDAD, Ed. UNAP, Puno 1996

Desde hace algún tiempo, se advierte en algunos medios artísticos y “culturales” el esfuerzo por vender la idea de que el baile representativo del Perú es la Marinera. Esta afirmación, que de entrada rechazamos por incorrecta, merece algunos comentarios.

Creemos que un “baile nacional”, para ser considerado como tal, responde o debe responder con la mayor fidelidad posible a las esencias del ser nacional.

Al respecto y por ahora, nos referimos sólo a dos aspectos de la realidad peruana a cuya luz podemos examinar la situación de nuestra coreografía popular: En primer término, las profundas raíces históricas de colectividad nacional que nos hacen distinguibles en los pueblos del mundo; y en segundo término, la práctica consuetudinaria y permanente por las mayorías nacionales de la música y danza que podrían erigirse como representativas de esa colectividad nacional.

¿Cumple la Marinera frente a ambos aspectos, los mínimos, naturales y lógicos requerimientos para ser considerada como “baile nacional”?. Pensamos que no y creemos, además, que es el Huayño la expresión musical y coreográfica que cumple largamente las exigencias para ser considerado el Baile Nacional. Veamos por qué:

La Marinera, al igual que las Cuecas boliviana y chilena, es hija de la samacueca o zamacueca, baile traído y desarrollado por los negros venidos en la época colonial. La cueca -que se denominaba “Chileña” por razones que francamente ignoramos- bailada en buques de nuestra armada en momentos especiales de nuestra conflictiva historia con el país vecino del sur, pasó a denominarse, por eso, como “Marinera”. Con el tiempo, esa versión ya peruana de la cueca, cada vez con renovados desarrollos, llegó a ganar ciertos círculos y salones de algunas ciudades de la costa peruana, sobre todo en Lima y en el norte, así como en algunas ciudades en la sierra.

El Huayño (según Bertonio del aymara “huayñusiña”, emparejarse hombre y mujer enamorándose y alegrándose) se extendió por los confines del ámbito territorial que ocupó la cultura andina desde los tiempos preincaicos, pasó con perfiles nítidos por el incario, se consolidó y extendió aún más durante la dominación española pese a la persecución de los desfacedores de idolatrías, y llegó hasta nuestros días invicto, enriquecido, siempre vigente y diversificado en estilos regionales y locales.

En efecto, el Huayño puneño, “pandillero”, cadencioso (en el que los puneños tenemos a la Marinera como un agradable entremés), no es el cajamarquino rítmico y saltarín, ni el melancólico y sentimental huayño ayacuchano ni es el pletórico “huaylars” huancaíno; así como tampoco el alegre y pastoril “carnavalito” (nombre del huayño en el norte argentino) es el brioso y a la vez amoroso “sanjuanito” ecuatoriano. Todas ellas y algunas otras, son variantes que sin embargo no pierden la línea característica fundamental del antiguo Huayño, bien metido en la historia sociocultural de esta parte del planeta.

Objetivamente, la ejecución de la Marinera como baile, no ha podido superar un elitismo indudable y al parecer intencional, tal vez por algunas rigurosidades coreográficas que son exigibles en su práctica. Entidades de variado tipo y significación, identificables en Lima y ciudades del norte del Perú, así como circunscritos grupos de nuestra sociedad, cultivan esta danza. Lo masivo que podría presentar la Marinera estaría dado por los públicos que concurren a expectar periódicos concursos en coliseos deportivos de esas ciudades o que asisten a presentaciones en teatros y otros locales similares, lógicamente cuando los programas contienen demostraciones de Marinera.

En cambio, el Huayño es cultivado, practicado y desarrollado todos los días por millones de personas, en las casas, calles, plazas y campos de todo el espacio andino. En las mismas ciudades en las que se baila la Marinera, el Huayño, conserva e incrementa la adhesión mayoritaria del pueblo a contrapelo de la machacona aculturación extranjerizante. La producción discográfica y fonográfica en nuestro país, comparativamente hablando, es muy largamente favorable al Huayño, no sólo frente a la Marinera (sensiblemente mínima) sino también frente a otras manifestaciones musicales nacionales o foráneas, lo cual dice mucho de su arraigo en los más gruesos sectores poblacionales.

Por cierto, estos comentarios no desmerecen en absoluto la belleza coreográfica de la Marinera y todas las virtudes que se puedan adjudicar a esta hermosa expresión folklórica. Pero todo eso no basta ni bastará para erigirla en “Baile Nacional”, porque esa calificación no condice con la realidad histórica del Perú de siempre ni con la realidad cultural del Perú de hoy.

Por todo lo expuesto, resulta inconveniente para la forja de la identidad nacional –factor crítico de la seguridad integral de la nación- propugnar como propio lo que en puridad de verdad e importado, así como sostener la idea de que los actos culturales de circunscritas minorías puedan asumir la representatividad de una manifestación cultural mayoritaria, masiva y realmente popular.

De paso, resulta impropio que en instituciones que proclaman una identidad cultural serrana o andina, ciertos presentadores de espectáculos promuevan y proclamen a la Marinera como baile nacional, porque eso no corresponde a lo que en verdad nos distingue a los peruanos. El Huayño es el Baile Nacional, qué duda cabe. <>

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