EL WAYÑO
Emilio Vásquez
Fragmento
del ensayo corto INTERPRETACION DEL ALTIPLANO PUNEÑO, en Revista del IAA N° 5 ,
noviembre 1956, pag. 9 y ss.
(…)
El drama de la vida altiplánica ha estructurado un arte lírico propio.
Es el wayño, expresión de la genuina psiquis individual y muestra inequívoca
del espíritu colectivo, esto es, del ayllu milenario puneño.
Ei wayño, en su doble significación de música y danza, es la simiente,
el brote y la floración estética de la vida del hombre de estas elevaciones
surperuanos. El wayño puneño no es la música dulzona de las quebradas
cusqueñas, ni es el febril zapateo de la música costeña. El wayño puneño es la
materialización lírica (si se me permite la aparente incongruencia) de la vida
del hombre de las estepas altiplánicas. Tampoco, por otro lado, el wayño de las
sierras altas y las punas, es el de los bajíos lacustres. Hay diferencias de estructura,
de acento y acaso de tema. El wayño cordillerano es viril, rudo, casi salvaje y
de pocos compases. No presenta, sino en su sentido más hondo y remoto,
influencias neo-indígenas, mestizas y de otros estratos. Es música de acentos
fuertes, debido al fraseo pentafónico de su estructura. Evoca la silente perla
de los roquedos, el eco de las montañas, trocados en melodías. Y el baile, la ejecución
plástica de ese todo, es amplio, franco y de denodados desplazamientos. El
baile de la cordillera, llamado específicamente kajelo, no acepta sino
excepcionalmente el danzar individual. Lo propio es bailar en conjunto, en
corro.
Cuando al atardecer ulula la quena o suena el charango, o arrulla la guitarrilla
de factura vernácula, quiere decir que en alguno de los lugares indicados,
habrá danzar lugareño, es decir, wayño nocturno.
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| Acariciando a sus parejitas, en la pandilla puneña |
Desarrollo coreográfico, bien a la luz de la luna, bien a la lumbre de la ttola (leña) crepitante. Allí tendrán arrobos amorosos, diálogos que suponen pactos matrimoniales, que todos auspician y qua no establecen a través de las coplas que cantan músicos y bailadores.
El wayño de los bajíos refleja el ambiente lacustre, donde la vida comporta
marcadas diferencias psíquicas, sociológicas y económicas, mucho más
llevaderas, desde luego, que en las altas punas. El wayño del Titikaka es el
trasunto de la vida de los pueblos ribereños y las ciudades altiplánicas. De
mayor número de compases, de ritmo más lento, el wayño neo-indio es más
arrullo, más lírico, más romántico, si cabe. Las olas lacustres, las aves canoras
de los totorales, la balsa del pescador que vuela en busca de la redada, el
brillar de la luna en las aguas quietas de los auspiciosos octubres puneños,
todo eso está contenido en el wayño neo-indígena, mejor dicho, en el wayño
cholo. El danzar mismo se hace cada vez más asequible a nuevas incorporaciones coreográficas,
como en el caso del takirari paceño. Y es que las ciudades puneñas están más
cerca de la civilización, lo cual determina una mayor adaptabilidad. Los
instrumentos destinados a exponer e] wayño puneño, son ahora la guitarra, la
mandolina, el violín, el clarinete, el saxofóno, el piano y, en fin, todos los instrumentos
hasta aquí conocidos. Unos con mayor fidelidad que otros, dan finalmente curso
al wayño. Los artistas mestizos, más cultos que los tocadores de las
cordilleras y los poblados, tienen más oportunidad hoy de crear nuevas formas.
La pandilla puneña —famosa en el mundo de las artes líricas de América—
el resultado de una larga y paciente depuración coreográfica del arte popular y
de su música, de consiguiente. A mi juicio, Genaro A. Escobar, gran ejecutante
del acordeón, fue la esperanza del verdadero creador del wayño puneño. Gran
artista, acucioso, bohemio y de depurado gusto, captó o hizo, sin duda, los mejores
wayños puneños, que el pueblo recuerda no obstante los cinco lustres transcurridos. Hoy queda Miguel
Angles, el de Moho, en cuya concertina el wayño puneño de Huancané, suele tener
algo de demiurgico a la par que de desolación y muerte.
(…)
EL
ALMA DEL HUAYÑO
Raúl Castillo
Gamarra
En Folleto de la Estudiantina
Departamental Arequipa 1990
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| Huayño para todos logs géneros y edades |
Sí, es la canción del altiplano, de las orillas del
Titicaca, de las pampas inconmensurables, de los pueblos que dormitan
recostados en las faldas acariciadoras de las estribaciones andinas.
Huayño puneño, latidos del corazón de la tierra
convertidos en notas llenas de ternura y añoranza. Ese es mi huayño. Ese es mi
cantar.
Pasarán los años y las generaciones y el huayño
seguirá palpitando en los andes y en el corazón. Que se mantenga por los siglos
es una exigencia vital que todos debemos de asumir como un compromiso de los
que somos como somos: la gente puneña. <>
BAILE NACIONAL:
¿MARINERA O HUAYÑO?
Por Guillermo Vásquez
Cuentas
En ESCRITOS POR LA PUNEÑIDAD,
Ed. UNAP, Puno 1996
Desde
hace algún tiempo, se advierte en algunos medios artísticos y “culturales” el
esfuerzo por vender la idea de que el baile representativo del Perú es la
Marinera. Esta afirmación, que de entrada rechazamos por incorrecta, merece
algunos comentarios.
Creemos
que un “baile nacional”, para ser considerado como tal, responde o debe
responder con la mayor fidelidad posible a las esencias del ser nacional.
Al
respecto y por ahora, nos referimos sólo a dos aspectos de la realidad peruana
a cuya luz podemos examinar la situación de nuestra coreografía popular: En
primer término, las profundas raíces históricas de colectividad nacional que
nos hacen distinguibles en los pueblos del mundo; y en segundo término, la práctica
consuetudinaria y permanente por las mayorías nacionales de la música y danza
que podrían erigirse como representativas de esa colectividad nacional.
¿Cumple
la Marinera frente a ambos aspectos, los mínimos, naturales y lógicos
requerimientos para ser considerada como “baile nacional”?. Pensamos que no y creemos,
además, que es el Huayño la expresión musical y coreográfica que cumple
largamente las exigencias para ser considerado el Baile Nacional. Veamos por
qué:
La
Marinera, al igual que las Cuecas boliviana y chilena, es hija de la samacueca
o zamacueca, baile traído y desarrollado por los negros venidos en la época
colonial. La cueca -que se denominaba “Chileña” por razones que francamente
ignoramos- bailada en buques de nuestra armada en momentos especiales de
nuestra conflictiva historia con el país vecino del sur, pasó a denominarse,
por eso, como “Marinera”. Con el tiempo, esa versión ya peruana de la cueca,
cada vez con renovados desarrollos, llegó a ganar ciertos círculos y salones de
algunas ciudades de la costa peruana, sobre todo en Lima y en el norte, así
como en algunas ciudades en la sierra.
El
Huayño (según Bertonio del aymara “huayñusiña”, emparejarse hombre y mujer
enamorándose y alegrándose) se extendió por los confines del ámbito territorial
que ocupó la cultura andina desde los tiempos preincaicos, pasó con perfiles
nítidos por el incario, se consolidó y extendió aún más durante la dominación española
pese a la persecución de los desfacedores de idolatrías, y llegó hasta nuestros
días invicto, enriquecido, siempre vigente y diversificado en estilos
regionales y locales.
En efecto, el Huayño puneño, “pandillero”, cadencioso (en el que los puneños tenemos a la Marinera como un agradable entremés), no es el cajamarquino rítmico y saltarín, ni el melancólico y sentimental huayño ayacuchano ni es el pletórico “huaylars” huancaíno; así como tampoco el alegre y pastoril “carnavalito” (nombre del huayño en el norte argentino) es el brioso y a la vez amoroso “sanjuanito” ecuatoriano. Todas ellas y algunas otras, son variantes que sin embargo no pierden la línea característica fundamental del antiguo Huayño, bien metido en la historia sociocultural de esta parte del planeta.
Objetivamente,
la ejecución de la Marinera como baile, no ha podido superar un elitismo
indudable y al parecer intencional, tal vez por algunas rigurosidades
coreográficas que son exigibles en su práctica. Entidades de variado tipo y
significación, identificables en Lima y ciudades del norte del Perú, así como
circunscritos grupos de nuestra sociedad, cultivan esta danza. Lo masivo que
podría presentar la Marinera estaría dado por los públicos que concurren a
expectar periódicos concursos en coliseos deportivos de esas ciudades o que
asisten a presentaciones en teatros y otros locales similares, lógicamente
cuando los programas contienen demostraciones de Marinera.
En
cambio, el Huayño es cultivado, practicado y desarrollado todos los días por
millones de personas, en las casas, calles, plazas y campos de todo el espacio
andino. En las mismas ciudades en las que se baila la Marinera, el Huayño,
conserva e incrementa la adhesión mayoritaria del pueblo a contrapelo de la
machacona aculturación extranjerizante. La producción discográfica y fonográfica
en nuestro país, comparativamente hablando, es muy largamente favorable al
Huayño, no sólo frente a la Marinera (sensiblemente mínima) sino también frente
a otras manifestaciones musicales nacionales o foráneas, lo cual dice mucho de
su arraigo en los más gruesos sectores poblacionales.
Por
cierto, estos comentarios no desmerecen en absoluto la belleza coreográfica de
la Marinera y todas las virtudes que se puedan adjudicar a esta hermosa
expresión folklórica. Pero todo eso no basta ni bastará para erigirla en “Baile
Nacional”, porque esa calificación no condice con la realidad histórica del
Perú de siempre ni con la realidad cultural del Perú de hoy.
Por
todo lo expuesto, resulta inconveniente para la forja de la identidad nacional
–factor crítico de la seguridad integral de la nación- propugnar como propio lo
que en puridad de verdad e importado, así como sostener la idea de que los
actos culturales de circunscritas minorías puedan asumir la representatividad
de una manifestación cultural mayoritaria, masiva y realmente popular.
De
paso, resulta impropio que en instituciones que proclaman una identidad
cultural serrana o andina, ciertos presentadores de espectáculos promuevan y proclamen
a la Marinera como baile nacional, porque eso no corresponde a lo que en verdad
nos distingue a los peruanos. El Huayño es el Baile Nacional, qué duda cabe.
<>


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