6 DE JULIO
DÍA DEL MAESTRO
PERUANO
Jorge Luis
Choque
|
C |
ada 6 de julio, el Perú
rinde homenaje a sus maestros. Más allá de los actos protocolares, las ofrendas
florales y los discursos oficiales, esa fecha debería ser, sobre todo, un
momento de reflexión nacional. Celebrar al maestro sin mirar la realidad en la
que trabaja equivale a aplaudir en medio del abandono. En un país marcado por
la carencia de infraestructura educativa, la desigualdad socioeconómica, la
anemia y la desnutrición infantil, y la precariedad de los servicios públicos,
el maestro peruano sigue siendo uno de los pilares más firmes de la esperanza
colectiva.
Ejercer la docencia en
el Perú no es una tarea simple ni ornamental. Se trata de una vocación que con
frecuencia se desarrolla entre techos rotos, aulas sin ventilación, materiales
insuficientes, conectividad limitada y estudiantes que llevan en sus cuerpos y
hogares el peso de la pobreza. En ese escenario, el maestro no solo transmite
contenidos curriculares: alimenta la imaginación, sostiene emocionalmente,
orienta, protege y abre horizontes. Su trabajo constituye una forma cotidiana
de resistencia frente al abandono estatal.
José Antonio Encinas
advirtió que el maestro no puede reducirse a un simple funcionario subordinado,
sin voz ni dignidad; su postura crítica sobre la deshumanización del magisterio
permanece vigente en el contexto peruano contemporáneo (Encinas, 1926/1999).
Encinas denunciaba la degradación del docente cuando lo definía como “un paria
que vegeta dentro de la rutina como sistema” o como “conductor de rebaños”
—imágenes que todavía describen, de modo doloroso, la mirada con que muchas
veces el Estado percibe al magisterio (Encinas, 1926/1999).
Paulo Freire recuerda
que “enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para
su producción o construcción” (Freire, 1970/2005, p. 34). Esta perspectiva
dignifica al docente como sujeto que acompaña procesos humanos complejos, y no
como mero repetidor de contenidos. En la misma línea teórica, Lev Vygotsky
sostuvo que “lo que el niño puede hacer hoy con ayuda, mañana podrá hacerlo por
sí solo”, lo que sitúa al maestro como mediador imprescindible en los procesos
de desarrollo psicológico y aprendizaje (Vygotsky, 1978/1987, p. 86).
No es posible hablar de
calidad educativa sin atender la presencia de anemia y desnutrición infantil,
ni sin reconocer las profundas brechas económicas y sociales que afectan con
mayor dureza a los sectores más pobres. ¿Qué puede hacer una escuela si el
estudiante llega con hambre, cansancio o enfermedad? ¿Qué puede lograr un
maestro si el Estado no garantiza las condiciones mínimas para el aprendizaje?
En ese sentido, la cuestión deja de ser solamente pedagógica y se torna ética y
política: la indiferencia de los gobernantes no es neutral, pues perpetúa la
desigualdad y condena a miles de niños y niñas a iniciar su trayectoria
educativa con desventaja.
Encinas también rechazó la improvisación y el mercantilismo en la educación, advirtiendo contra una formación docente superficial que convierte la enseñanza en una ocupación de trámite (Encinas, 1926/1999). Su crítica mantiene vigencia: el error en educación no afecta a un solo individuo, sino a generaciones enteras. Cuando el Estado tolera la precariedad, la improvisación o la mediocridad en la escuela, el daño resulta colectivo y profundo.
A pesar de las
carencias, el maestro peruano persevera: en ciudades y zonas rurales, en
escuelas visibles y olvidadas, docentes siembran futuro con paciencia,
creatividad y entrega. La pandemia mostró esto claramente; muchos sostuvieron
la continuidad educativa con recursos mínimos, reinventando prácticas y
asumiendo tareas más allá de su contrato. Quedó en evidencia una verdad que la
política suele olvidar: sin maestros no hay un país justo.
Por eso, este Día del
Maestro no debería reducirse a una ceremonia de cortesía. Debe ser una jornada
de reflexión nacional, porque el docente peruano convierte su profesión en un
acto de amor, inteligencia y sacrificio. Celebrar al maestro implica defender
su dignidad, mejorar sus condiciones laborales, garantizar escuelas seguras,
combatir la desigualdad y dejar de tratar la educación como un asunto
secundario.
Como señalaba Encinas,
el magisterio es un apostolado que exige permanente agitación espiritual: esa
imagen define al verdadero maestro como alguien que no se resigna, que piensa,
interpela y transforma (Encinas, 1926/1999). El maestro no solo enseña a leer y
escribir; enseña a mirar la realidad, a nombrar la injusticia y a imaginar un
país distinto. En ese sentido, su labor es profundamente política —no en la
medida en que milite por un partido, sino porque forma conciencia, ciudadanía y
humanidad.
Hoy, con tantas aulas
sin condiciones dignas, rendimos homenaje a quienes mantienen su fe en los
estudiantes y en la educación transformadora. El Perú les debe algo más que una
fecha: les debe respeto, justicia y una política educativa acorde a su
sacrificio. Como dijo Ricardo Dolorier, “Ser maestro en el Perú es una forma
peligrosa de vivir; es una heroica forma de morir”, frase que resume la
precariedad y entrega que hoy definen la profesión.
________________________
REFERENCIAS:
1. Encinas, J. A. (1999). El maestro y la escuela: ensayos sobre educación
(ed. y selección de textos). Lima: Fondo Editorial [Reedición de obras
publicadas originalmente en la década de 1920].
2. Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido (30. a ed.). Madrid: Siglo XXI
Editores. (Obra originalmente publicada en 1970).
3. Vygotsky, L. S. (1987). Pensamiento y lenguaje (2. a ed.). Madrid:
Ediciones Akal. (Obra traducida y publicada en español; edición citada por
convención académica).
4. Ministerio de Educación del Perú. (2021). Informe sobre la situación
educativa en el Perú: brechas y desafíos post‑pandemia. Lima: MINEDU.
5. Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). (2020). Encuesta
Nacional de Hogares: indicadores de pobreza y salud. Lima: INEI.

No hay comentarios:
Publicar un comentario