EL EXITO DE SER IDIOTA
César
Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 782, 15MAY26
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unca como ahora la
idiotez ha sido tan soberbia.
Ser idiota es hoy un pin
en la solapa, una tarjeta dorada, una membresía gorda.
Eres idiota y te
aplauden. Te aplauden los idiotas. O sea que eres líder de las mayorías.
Puedes, entonces, fundar un partido, levantar universidades que botan médicos
de terror, abogados sombríos.
Pero si sólo eres idiota
es como que te falta un título, un adicional imprescindible. Tienes que ser
iletrado y demostrarlo de un modo constante. Y no sólo eso: tienes que
jactarte de ser iletrado. Tu ignorancia no debe avergonzarte porque es la
ignorancia que elegiste, que cultivaste huyendo de los libros maricas, de las
exposiciones inútiles y de las gramáticas.
Pero si eres idiota e
ignorante, ni creas que tienes todos los tesoros. Te falta ser un patán. Te
falta tener cara de gargajo, voz de guarapero, énfasis extorsivo. Entonces
tendrás un sitio en las redes, un hueco en el corazón del pueblo. Te amarán
como se ama a un igual que llegó a la cima, a un semejante que supo hacerla, a
un hermanito que se puso cuello blanco. Te temerán con ese miedo que viene del
primer garrote esgrimido en la covacha de nuestros ancestros.
Antes, en el mundo aquel
que se murió de múltiples lepras, a ignorancia era una vergüenza de familia. Se leía para incurrir, en
ella lo menos posible y se aspiraba a ser mejor evitándola. Hoy es al revés.
Los ignorantes, los idiotas y los patanes dieron un golpe de estado mundial y
produjeron este escenario de meritocracia inversa.
De tal modo que, en los
medios de comunicación, ya no importa que no entiendas qué es lo que pasa
porque escribes o hablas para gente que no tiene el menor propósito de saber
qué pasa. Es la ignorancia que entretiene a quienes han elegido no saber. Es la
estupidez que se dirige a una variante autoinfligida del autismo.
Y de todo esto salen ganando los grandes de toda la vida, los tiburones del dinero, las orcas de la concentración de la riqueza, las fábricas de la muerte. Miles de millones de idiotas siguen sus indicaciones, bailan con sus creaturas, sueñan con sus ídolos salidos del mismo barro, se agolpan para ver las películas que suenan a persecución y a metralleta.
Cuánto habría dado por
nacer en otro siglo -quizá el de la Ilustración-, pero me tocó este y no me
corro. Combato a mi modestísima manera y pierdo a cada rato, a cada hora, a
cada semana de tantos años de lucha tan inútil como imprescindible.
Porque el Perú es un caso particular de decadencia. Aquí las derechas y las izquierdas tenían personajes dignos, pasado, victorias de la lengua y el pensamiento. Aquí había un elenco que hacìa posible el debate y la elocuencia. Hoy hay esta pocilga en la que estamos discutiendo si elegir a la hija de un ladrón y asesino u optar por el huérfano de una izquierda que se niega a admitir la caída de aquel muro decisivo.
Pero no sólo en la
política nos hemos pauperizado. Antes, en este país zarandeado, la prensa
marcaba caminos. No hablo de Manuel Atanasio Fuentes o de González Prada. Hablo
de eventos más cercanos. Pertenezco a una generación que leyó en “El Comercio”
las críticas o las crónicas de José Miguel Oviedo y los testimonios
trashumantes de Manuel Jesús Orbegozo. Hoy “El Comercio” es esta panza de burro
que se confunde con el aire ceniciento de Lima. ¿Qué sucedió con el diario
histórico que acogió las crónicas europeas de César Vallejo? No lo sé. Lo que
es comprobable es que “El Comercio” atiende ahora por una puerta lateral y se
escribe para los amigos de Maki Miró Quesada.
Y “La Prensa”, donde
escribió Sebastián Salazar Bondy, ya no existe. ¿Y cuánto ha descendido el cociente
intelectual de RPP? ¿Cuarenta puntos? No estoy seguro: lo que sí sé a ciencia
cierta es que los idiotas aman esa emisora con el fervor de los adictos.
Y entonces llegaron las redes y apareció gente que grita y descubre bagatelas y condena. Lo que faltaba: la panza del burro hablando en borborigmos. <>

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