LA CORRUPCIÓN EN EL PERÚ
YA NO DA ASCO, DA VOTOS
Por: Jorge
Luis Choque
Perú:
08/05/2026
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el Perú, la coherencia es el sacrificio que hacemos en el altar de la desidia.
Si tienes 75 años y pretendes vender tu propiedad, el sistema te detiene: exige
un certificado de salud mental para proteger tu patrimonio. Sin embargo, para
gobernar un país con 33 millones de almas, a los 83 años no se exige ni un
análisis de sangre. Esta asimetría legal es un síntoma de una enfermedad más
profunda. Como decía Manuel González Prada: "En el Perú, donde se pone el
dedo, salta la pus". Hoy, esa pus es la absoluta falta de filtros para
quienes manejan el destino nacional.
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| Si se levantan... |
Mientras
en Japón el político que roba pierde el honor y se retira a la oscuridad de la
muerte civil, en el Perú el corrupto es un equilibrista del cinismo. El que
mintió es reciclado como "analista"; el que traicionó es "cuadro
técnico".
La
riqueza de una nación no está en su subsuelo. Japón, tras la Segunda Guerra
Mundial, no tenía petróleo ni minas, solo tenía vergüenza social. Nosotros
tenemos oro, cobre, gas y una ubicación estratégica, pero nos falta el recurso
más escaso en la Plaza Bolívar: la dignidad. Jorge Basadre distinguía entre el
Perú legal y el Perú profundo, pero hoy debemos hablar de un Perú inmoral que
ha normalizado el descaro.
Hay
que ser implacables, la tragedia peruana no es que existan políticos corruptos
—especies que habitan en todo el planeta—, sino que aquí la corrupción da
votos. El cínico "robó pero hizo obra" es el certificado de defunción
de nuestra ética nacional. Al votar por los mismos que despreciamos, nos
convertimos en cómplices de nuestro propio saqueo.
Hannah
Arendt señalaba que "la banalidad del mal" ocurre cuando los
ciudadanos renuncian a su capacidad crítica y aceptan lo inaceptable como algo
normal. Al aplaudir al corrupto o defenderlo bajo el pretexto de que "el
otro era peor", estamos canjeando hospitales, escuelas y carreteras por
una lealtad ciega a verdugos con traje.
No
somos un país pobre; somos un país saqueado con el consentimiento del saqueado.
La clase política que hoy detenta el poder no teme a la ley porque controla a
quienes la aplican; solo temería al desprecio social, pero nosotros les
regalamos alfombras rojas y cámaras de televisión.
Un
país empieza a cambiar el día que el corrupto entiende que su carrera ha
muerto. Si el corrupto sigue teniendo futuro político, el Perú no lo tiene. La
pregunta ya no es qué van a hacer los políticos por nosotros, sino cuándo vamos
a dejar de ser el país que perdió la vergüenza para volver a ser el país que
reclama su dignidad. ¿De verdad somos pobres, o somos simplemente cómplices de
nuestra propia miseria? <☻>

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