domingo, 10 de mayo de 2026

ANALIZANDO LA REALIDAD SOCIOECONÒMICA DEL PERU

 LA CORRUPCIÓN EN EL PERÚ

YA NO DA ASCO, DA VOTOS

Por: Jorge Luis Choque

Perú: 08/05/2026

E

n el Perú, la coherencia es el sacrificio que hacemos en el altar de la desidia. Si tienes 75 años y pretendes vender tu propiedad, el sistema te detiene: exige un certificado de salud mental para proteger tu patrimonio. Sin embargo, para gobernar un país con 33 millones de almas, a los 83 años no se exige ni un análisis de sangre. Esta asimetría legal es un síntoma de una enfermedad más profunda. Como decía Manuel González Prada: "En el Perú, donde se pone el dedo, salta la pus". Hoy, esa pus es la absoluta falta de filtros para quienes manejan el destino nacional.

Si se levantan...
Es una burla al ciudadano que la lucidez sea obligatoria para firmar una escritura, pero opcional para declarar una guerra o administrar el tesoro público. El cargo de mayor responsabilidad carece del filtro básico que le pedimos a un abuelo para vender su cochera. Pero la culpa no es solo del sistema legal, sino de una clase política que se protege a sí misma en su mediocridad. Bertolt Brecht advertía que "el peor analfabeto es el analfabeto político", aquel que no oye, no habla, ni participa en los acontecimientos políticos. En nuestro caso, el analfabetismo es selectivo: vemos la corrupción, la cuestionamos en la sobremesa, pero la validamos en la urna.

Mientras en Japón el político que roba pierde el honor y se retira a la oscuridad de la muerte civil, en el Perú el corrupto es un equilibrista del cinismo. El que mintió es reciclado como "analista"; el que traicionó es "cuadro técnico".

La riqueza de una nación no está en su subsuelo. Japón, tras la Segunda Guerra Mundial, no tenía petróleo ni minas, solo tenía vergüenza social. Nosotros tenemos oro, cobre, gas y una ubicación estratégica, pero nos falta el recurso más escaso en la Plaza Bolívar: la dignidad. Jorge Basadre distinguía entre el Perú legal y el Perú profundo, pero hoy debemos hablar de un Perú inmoral que ha normalizado el descaro.

Hay que ser implacables, la tragedia peruana no es que existan políticos corruptos —especies que habitan en todo el planeta—, sino que aquí la corrupción da votos. El cínico "robó pero hizo obra" es el certificado de defunción de nuestra ética nacional. Al votar por los mismos que despreciamos, nos convertimos en cómplices de nuestro propio saqueo.

Hannah Arendt señalaba que "la banalidad del mal" ocurre cuando los ciudadanos renuncian a su capacidad crítica y aceptan lo inaceptable como algo normal. Al aplaudir al corrupto o defenderlo bajo el pretexto de que "el otro era peor", estamos canjeando hospitales, escuelas y carreteras por una lealtad ciega a verdugos con traje.

No somos un país pobre; somos un país saqueado con el consentimiento del saqueado. La clase política que hoy detenta el poder no teme a la ley porque controla a quienes la aplican; solo temería al desprecio social, pero nosotros les regalamos alfombras rojas y cámaras de televisión.

Un país empieza a cambiar el día que el corrupto entiende que su carrera ha muerto. Si el corrupto sigue teniendo futuro político, el Perú no lo tiene. La pregunta ya no es qué van a hacer los políticos por nosotros, sino cuándo vamos a dejar de ser el país que perdió la vergüenza para volver a ser el país que reclama su dignidad. ¿De verdad somos pobres, o somos simplemente cómplices de nuestra propia miseria? <>

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