viernes, 21 de mayo de 2021

LA COYUNTURA ELECTORAL SEGUN HILDEBRANDT

 


DILEMA PARA EL FALSO

BICENTENARIO

César Hildebrandt

¿

Tomado de HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 540, 21MAY21

El Perú va a cumplir 200 años de república independiente?

¡Grande y solemne men­tira!

En 1821 nuestro país se­guía siendo parte del terri­torio ultramarino español y la declara­ción de independencia de aquel 28 de julio fue letra muerta, verbo florido, añagaza. Bien que lo sabía el muy monárquico José de San Martín.

Tuvieron que pasar varias escaramuzas y suceder trai­ciones diversas, de un lado y del otro, para que llegara Ayacucho en 1824.

¿Fuimos república en 1824? 


Tampoco. Fuimos un con­vulso remedo que aceptó la sumisión absoluta ante Bolí­var y que hasta enero de 1826 tuvo al general español José Ramón Rodil parapetado en la fortaleza del Real Felipe. Y luego vino la sucesión de cau­dillos, las presidencias vertigi­nosas y la anarquía. Y después vino lo mismo, pero con la co­rrupción generalizada salida de las ganancias del guano.

Si el concepto republica­no implica la democracia de la elección y la soberanía po­pular, no es infame decir que jamás fuimos una república cabal.

Aquí no contaron los in­dios, los pobres, los marginados. Y eso de “república aristocrática” es la perfec­ta ironía que don Jorge Basadre inventó con toda la intención. Fueron 24 años de dominio de una oligarquía dirigida por el Partido Civil y que empezaron con Nicolás de Piérola, el rebelde que se reconcilió con lo peor de la tradición política. El único que pretendió salirse del libreto, Billinghurst, fue sacado del gobierno por un golpe de estado.

Lo que siguió a la “república aris­tocrática” fue el segundo Leguía, un modernizador, permisivo con la co­rrupción, cuyo mayor anhelo fue crear un país de clases medias. Fracasó en el empeño: las derechas terminaron im­poniéndose. Y seguirían prevaleciendo, a sangre y fuego o persuasivamente, hasta que en 1945 hubo otro intento heterodoxo, el de Bustamante y Rive­ro, que terminó, traicionado, en otro golpe sanguinario. Y así hemos segui­do, celebrando las grandes fechas de nuestra novela republicana y realista mágica y machacando todo aquello que se parezca a la herejía. Eso explica la sa­tanización que la derecha, siempre gobernante, hizo de Velasco, el gran susto epocal que se llevó. El odio al general de las reformas no nace de la censura a sus métodos no democrá­ticos sino al contenido de sus decisiones y al lenguaje confrontacional de su gestión.

Era la primera vez que un jefe del ejército se enfrentaba a quienes se creyeron siempre propietarios del Perú.

Ese odio inmortal lo expresa todo. Es el mismo odio, surgido del miedo, que hoy demuestran los que dicen defender las libertades amenaza­das. Como si no supiéramos que todos ellos aplaudieron el cese de la dignidad nacional, conveniente a sus intereses, decretado por el ciudadano japonés Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992.

¿Estamos condenados a repetirnos? Sí. En nuestro país los años se plagian unos a otros, el tiempo es un disco ra­yado.

Lo que menos nos gusta a los perua­nos es la verdad. Por eso tenemos una república de cartón, una democracia de entretenimiento, una prensa entregada a la religión del inmovilismo.

En brazos del pueblo

Estos 200 años imaginarios de re­pública nos atrapan, además, en la peor de las encrucijadas. Tenemos que elegir entre una señora nutri­da en la pus del fujimorismo y un señor que apenas puede decir lo que no pien­sa. Tenemos que optar entre el regreso del hampa fujimorista y la asunción al gobierno de un grupo indescifrable cu­yos propósitos son un enigma. Fujimori intentará corromperlo todo para que­darse el tiempo más lar­go posible cerca de las arcas públicas. Castillo quizás quiera irse pron­to de un palacio al que pudo llegar por el azar y la ira justa de los pobres de siempre y los pobres recientes y pandémicos.

No es un dilema en­tre lo malo y lo menos malo. Es tener que optar entre el abismo y el precipicio.

Que nuestro país cumpla presuntos 200 años de república obligando a sus ciudadanos a elegir entre una delin­cuente y un mal habla­do profeta de la nada, es toda una metáfora, todo un mensaje, toda una declaración de princi­pios.

Algo debimos hacer muy mal para merecer el dilema fatal que hoy enfrentamos. El sarro de los deberes no cum­plidos, los expedientes amarillentos que jamás se leyeron, la justicia burlada, el desprecio por los miserables, el racismo, la codicia, el egoísmo convertido en altar, la frag­mentación nacional, el neoliberalismo extremo, la corrupción que se acepta como si fuera parte del folclore, la pren­sa que se vende, todo eso se juntó, se hizo revoltijo envenenado, y nos estalló en la cara.

Lo merecíamos. Es la factura del pa­sado, que nuestros historiadores edul­coraron o que nosotros mismos nega­mos, la que hoy tenemos sobre la mesa. Es cobranza coactiva. Es nuestra histo­ria mirándonos a los ojos, confrontán­donos, vomitando.

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