lunes, 17 de mayo de 2021

PERSONAJES EN LA HISTORIA PUNEÑA

 CARLOS B. OQUENDO *

PUNO ILUSTRADO, marzo 1919, pág.11


P

ocos son los hombres que como Car­los Oquendo pueden vivir en el recuer­do de la juventud puneña. Fué expo­nente de inteligencia, de energía, de amor al terruño. De temperamento absorbente trató de mantener en sus manos la vi­da política y social de Puno. Tal vez es­to le hizo bastante daño, pero demos­tró ante un análisis imparcial de su persona una vivificación de las fuerzas que en esa época se oponían al gamona­lismo reinante. Pesaba cerca de 25 años, sobre el pueblo de Puno, la mon­taña de un feudalismo que muchas veces cubrió de vergüenza a la tierra de nues­tros mayores. Las rebeldías se habían apagado. Un conformismo suicida em­briagaba el alma de la juventud. Ni un soplo de reacción se sentía en la fría altiplanicie del Titicaca, no había sino la suave brisa de los políticos de car­tel que adueñados del poder, no habían hecho otra cosa que encumbrar media­nías y eliminar a las verdaderas capacidades con que Puno contaba en ese entonces. Esta política dañosa y contra­producente no solo para los intereses materiales de Puno, sino aún para los espirituales, detuvo por dos decenas de años el movimiento de progreso a que estaba llamado un pueblo que por sus doctrinas y por su historia debía ocu­par un sitio preferente en la República.

La anarquía política y la desorientación de los valores sociales produjo en la juventud un estado de incertidum­bre que fácilmente la condujo a la inacción. Esta quietud sirvió para que las fuerzas contrarias siguieran osten­tando dentro y fuera del departamen­to fuerza ficticia que fuese baluarte de los anteriores abusos que más de una vez tuvieron dolorosas repercusiones. Tal era el estado político y social de Puno cuando llegó de Europa Carlos Oquendo, después de haber cumplido, como estudiante de Medicina de la Universidad de París, sus deberes en forma poco común.

Dedicado al estudio de las ciencias po­día creérsele alejado de la lucha por el mejoramiento social. No fue así, demos­tró tanta capacidad para uno y otro ra­mo. Puso al servicio del terruño el bagaje de su inteligencia fecunda. Volviendo sobre la realidad del ambiente, desdeñó los valores que conservaban la sociedad y el estado político del departamento; comprendió que la juventud era presa de ese artificialismo que crea la vida material y entonces pensó en una reno­vación.

Prontamente se vió rodeado de lo más selecto de la juventud de Puno y co­laboró con calor a esa obra de mejora­miento. Obra de gran esfuerzo por lo mismo que había de irse contra lo es­tablecido, requería de la persistencia y de la tenacidad con que Oquendo la mantuvo hasta el último momento. Tuvo errores; para nosotros, tuvo uno que le sirvió para su propia ruina: Engrosar las filas del civilismo, partido político que al igual de los científicos de México, no ha tenido otra misión en la historia del Perú, que negociar con los dineros del Estado. Si hubiera escapado de la vorágine civilista, su estrella habría bri­llado mayor tiempo y su caída hubiera sido su apoteosis. No pudo ni debió ha­ber figurado en el civilismo, porque en ese bando, estaban los elementos contra quienes debía combatir. Los grandes feu­datarios, estaban allí, encastillados por el influjo del poder. Era necesario cons­truir la fortaleza en el lado opuesto. Oquendo, como todos los de su época, no quiso buscar en el análisis de la historia, la tragedia civilista, por eso fué a echarse en brazos de los mismos que debían ahogarlo más tarde.

Pero junto a este error político, Oquendo demostró, una floración de ideales para Puno, que sirvieron para seguir manteniendo de pie la causa del verda­dero regionalismo que en estos momen­tos cobra verdadero interés. Oquendo fué tal vez uno de los pocos de la generación presente, que comprendió la hege­monía territorial de Puno, aquilató las riquezas del rico departamento y pensó en que alguna vez era posible vivir li­bre de la malsana influencia de un cen­tralismo brutal y abusivo.

Oquendo como maestro, demostró no solo suficiencia, sino un perfecto criterio de las modernas orientaciones de la en­señanza. Conservamos aún en el recuer­do muchas de las lecciones dictadas con cariño, llevando nuestro espíritu a la observación y al esfuerzo propio de investigación. No fué maestro adocenado y banal. Supo sentir la maravillosa influen­cia de la didáctica. Supo considerar la cá­tedra, como el sitial de la consagración espiritual. Sincero, convencido y franco con sus ideas y con sus doctrinas radica­les, jamás rehuyó la discusión y su vida quedó indeleblemente amoldada a los dic­tados de su conciencia. Esta sinceridad y esta convicción, en un medio de temor, de dádiva y de acomodo, tuvo para los discípulos de Oquendo valor ina­preciable. El club liberal sintetizó esas doctrinas. Marcó una evolución en la vida intelectual de Puno. Pudo este club haber hecho mayor labor, llevando a su seno a muchos de los que pertenecían a esa generación. Así la simiente hubiera sido más fecunda.

Oquendo al bajar a la tumba ha de­jado un ejemplo vivo de energía y de amor a la tierra de los suyos. La ju­ventud de Puno, le rinde homenaje de respeto y de admiración a quien un día supo encarnar sus más altas aspiracio­nes. <>

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Padre del mayor poeta puneño: Carlos Oquendo de Amat

 

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