viernes, 17 de mayo de 2024

HILDEBRANDT CUENTA SUS EXPERIENCIAS

 EL LIBRO QUE NO FUE

César Hildebrandt

HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 686 17MAY24

H

asta hace unos días, había decidido publicar “Biografías falaces”. El libro recogía algunos de esos textos que muchos festejaron y otros tantos odiaron hasta la última gota de su bilis.

Me sucedió algo, sin embargo, que me hizo cambiar de opinión. Al releerlos de pasada, sentí que el per­sonaje que los había escrito había desaparecido y que el tono mismo de esas diatribas en clave de humor ya no me pertenecía.

Sí, en efecto: ahora estoy más furioso que nunca -feliz­mente- y creo que la comedia es lo que menos me llama. Dice mucho de nuestra situación que alguien que siempre le ha hecho guiños a la ironía y ha tenido arrumacos indecentes con el sarcasmo, sienta ahora que no es tiempo para la sonrisa sino para el grito y la protesta.

Pienso, en resumen, que lle­nar de fantasía estrafalaria los prontuarios de bichos y bichas es casi hacerles un favor. Es como contar entre ligerezas y carcajeo forzado la historia de un crimen. Presiento que la Magdalena no está para tafetanes y que simu­lar o pretender una risa en esta tragedia que somos tiene algo de irresponsable.

No sé quiénes pueden com­partir mis puntos de vista, pero la verdad es que cada día me im­porta menos ser parte de esta minoría en extinción en la que me siento a mis anchas. Pues bien, tengo un anuncio que darles, una vieja primicia que ofrecerles: estamos en el abis­mo, en la Fosa de las Marianas del fracaso. ¿Y saben qué? Nada me asquea más en estos días que leer a quienes nos recomiendan calma y resignación. Esos son los podridos que Basadre detestaba, los que nos vendieron una paciencia que ya dura 200 años.

El Perú ha conocido muchas crisis, es cierto, y nadie sabe qué puede venir si cae este gobierno hediondo, también es cierto, pero es imposible ignorar que el país sumergible en el que vivimos ha tocado fondo. Ni siquiera en el largo episo­dio del fujimorismo el Perú fue de modo tan desfachatado el país-lumpen que es hoy. Recordemos: en esa época de au­sencia de aire limpio y de consagración del vale todo, había una oposición política que peleaba por espacios y narrativas, una prensa heroica que disputaba lectorías, socialistas liberales que se jugaban enteros en la lid. Lo que sorprende de estos días es la virtual unanimidad de la desdicha: el Apra aparece encamada con el keikismo, la derecha es madriguera del fascismo iletrado, la izquierda está a la diestra de algún dios destituido, el centro fue devorado por la polarización, la gran prensa y la tele barragana se han suscrito al miedo. Nos gobiernan delincuentes protegidos por otros delincuentes y entre ambos preparan el 2026 como emboscada electoral.

Frente a eso, no me nace publicar un libro como el que iba a ser, gracias a la generosidad de Random House, “Biografías falaces”. Para esa edición, abortada por mi cuenta, había escrito unas cuantas palabras que quizá sea bueno reproducir aquí:

“Inventé estos textos de extramuros para no volver­me loco. Ellos me sirvieron de desahogo atrabiliario en aquellos años en los que el Perú parecía amar el panta­no y agradecer la mugre. Estos textos fueron la justicia a mano armada, la única revancha que podíamos darnos los que sen­tíamos que habíamos perdido el futuro. Nos hicimos sicarios de buena fe y salimos, caricatura en ristre, al exterminio de quie­nes nos habían matado el país y se jactaban de ello. Lo hicimos sin ninguna aspiración litera­ria y sabiendo que lo nuestro sería pelea callejera y que las ferocidades serían la respuesta.

La pregunta que me roe a estas alturas es muy sen­cilla: ¿esas golondrinas no son las mismas que hoy nos sobrevuelan?

Y la respuesta es sí. De modo que la venganza ha sido inútil. Los personajes falazmente retratados en este álbum de figuritas sólo han cambiado de percha y apellido y la política peruana sigue siendo una novela policial interminable.


Después del fujimorismo, que inspiró el veneno de estas páginas, vino el fujimorismo y con ello el Perú demostró que apostaba enérgi­camente por su disolución mo­ral. De modo que los personajes que aquí aparecen insinuados han demostrado su apego a la inmortalidad y están reen­carnados en esta actualidad del Castillo interrumpido y la Boluarte estirada. El aspirante a senador japonés ha logrado una hazaña irrepetible: que el país que destruyó institucio­nalmente ame su obra, reinci­da en sus crímenes, repita sus coartadas. En él guion perverso de nuestra historia, el monstruo compuesto por el doctor Frankenstein ama a su creador.

Son nuevas caras y otros deneíes pero es la misma vaina: el país es un botín, la política es el arte del disimulo, el pueblo equivale a los aplausos graba­dos de algún plato. Son otros dejos y nuevas procacida­des, pero el mensaje es el de siempre: estamos conde­nados a la fragmentación y al deterioro. Quisimos ser una república pero nos quedamos en el zaguán.

De modo que estos chuscos arrestos de la ira ni siquie­ra pertenecen al pasado. Los releo con la esperanza de que parezcan viejos y reflejos de una etapa superada y me doy cuenta de que los vicios que retratan y el cinismo al que aluden están aquí entre nosotros, más invictos que nunca. La película se ha detenido. El fotograma es el mismo. Del proyector salen neblinas. La gente sigue mirando la misma imagen congelada. Es la versión falaz del orden y del progreso”. <>

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