sábado, 18 de mayo de 2024

CONOCIENDO LA CIUDAD DE PUNO

 EL CERRO AZOGUINI

Augusto Dreyer Costa

E

n nuestros días, prácticamente rodeado por la ciudad de Puno, se alza un cerro rocoso y empinado, como el vigilante pétreo de la ciudad del lago. Tiene una altitud de 4,713 m, tan solo 96 metros más bajo que el Mont Blanc, el pico más alto de Europa. Desde su cima se puede contemplar la majestuosidad y belleza del Lago Titicaca, también la ciudad y la bahía de Puno, las penínsulas de Capachica y Chucuito, las islas de Taquile y Amantani y, al fondo, los preciosos nevados de la Cordillera Real boliviana entre los cuales destaca el imponente Illampu.

El nombre original del cerro, seguramente quechua o aymara ha caído en el olvido, hoy se le conoce como cerro Azoguini. Cuando los codiciosos españoles llegaron al Perú hambrientos de oro y plata, ansiosos de amasar grandes fortunas mediante la cruel y brutal explotación de los trabajadores indígenas. Al explorar la zona de Puno, algún minero español del cual desconocemos su nombre descubrió que el cerro guardián de Puno escondía en sus entrañas vetas del muy cotizado y valioso azogue (mercurio) y desde esa época al cerro se le conoce con el nombre de Azoguine.

Semana Santa
El azogue o mercurio es un metal pesado, de color plateado brillante, líquido a temperatura ambiente. Por encima de los 40°C, el mercurio se evapora hasta convertirse en un vapor tóxico invisible e inodoro. Sumamente dañino para los organismos tanto de seres humanos como animales si no se toman las medidas adecuadas durante su manipulación. El azogue se usaba, y desgraciadamente todavía se sigue usando sobre todo en la minería ilegal, para mediante el proceso de amalgamación separar y extraer el oro y la plata de las rocas, arena y otros materiales en las que se encuentran esos metales preciosos. Debido a la dependencia del azogue, la producción de este tóxico metal llegó a ser fundamental para la expansión de la producción de plata en la época colonial. Siendo en esa época la mina de Santa Bárbara de Huancavelica la más importante de todos los virreinatos españoles de América y en la cuál murieron cientos de miles de indígenas forzados a trabajar en un sistema de casi esclavitud en esa tristemente célebre mina.

Felizmente las vetas del cerro Azoguini no resultaron ser lo suficientemente ricas como se pensaba y pronto fueron abandonadas por los ambiciosos mineros españoles.Y hay que agradecer a esa circunstancia ya que de otra forma Puno se hubiera convertido en un horrible asiento minero, como lo es La Oroya en el centro del País, y el extraordinario entorno natural de la zona y de la bahía de Puno estaría completamente contaminados y devastado.En el año de 1562​, se funda en lo que es hoy el parque Manuel Pino la Parroquia San Juan Bautista de Puno en cumplimiento de la ordenanza dada por el Arzobispado de la Paz del cual dependía la diócesis de Puno. La parroquia estuvo destinada a la evangelización de los pueblos indígenas originarios quechua, aymara y uru, que habitaban las riberas del lago Titicaca en aquellos tiempos. Es probable que en ese mismo año las autoridades eclesiásticas establecieran el cerro Azoguini como el calvario de la zona. Desde esa época –por más de cuatrocientos años– cada Viernes Santo los fieles puneños sacan en procesión a la imagen del Señor de la Caída para recorrer por un sendero empinado y pedregoso las 12 estaciones de la pasión de Cristo hasta llegar a la cima del Azoguini donde se alza un gran cruz de hierro. En una muestra más del sincretismo entre los ritos católicos y las creencias ancestrales andinas, en la cumbre del Apu/Calvario los miles de devotos que siguieron la procesión encienden velas, recogen hierbas medicinales, construyen casas en miniatura con las piedras y paja del cerro, depositan flores y ofrendas pidiendo protección y prosperidad en el futuro. Muchos de los devotos pasan la noche en la cumbre del Azoguini esperando el amanecer del Sábado Santo.


En mis tiempos de estudiante, en la década de 1960, muchos chicos y jóvenes puneños en nuestros días libres rastreabamos las faldas del Azoguini en búsqueda de las plateadas bolitas de azogue que afloraban de la tierra y rocas del cerro. Llevábamos botellitas de vidrio o pequeñas latas de metal para guardar en ellas nuestros hallazgos. Algunos tenían más suerte que otros y juntaban unos buenos gramos del peligroso metal. Recuerdo haber llevado varias veces a casa mis pequeños tesoros y jugar con las fascinantes bolitas sin saber lo venenosas y tóxicas que eran. Sin tampoco entender porqué desaparecían misteriosamente al cabo de unos días.

Copenhagen, abril 2024.

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