viernes, 30 de enero de 2026

HILDEBRANDT EN DOS EN UNO

 ESTÚPIDO

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 763, 23ENE26

E

scuchar a José Jeri en el congreso intentando explicar lo que no tiene explicación conduce a una conclusión breve y limpia: El señor que finge ser presidente pero que es conserje de la mafia, padece de estupidez.

El problema con los estúpidos es que siempre son mayoría y tienen público de sobra. El problema con los estúpidos en el Perú es que son ahora mayoría aplastante y se avalan entre si o se defienden entre ellos de un modo fulminante, como hizo el presidente del Consejo de Ministros con el enmascarado de Palacio.

Jerí dice que no recuerda a quién gritaba por teléfono el día que fue al almacén clausurado “para comprar caramelos”. Dice que el chino del chifa servía la comida pero tenía dificultades con el castellano, cuando lo cierto es que la embajada lo tiene registrado como traductor oficial del castellano. Y dice que no sabía que el local de Zhihua Yang estaba cerrado por orden municipal cuando había tres letreros grandes en la puerta anun­ciando el suceso. Así son los estúpidos.

El cerebro dañado de Jerí supone que esas son salidas in­geniosas, ocurrencias que espantarán sospechas y dudas. No se equivoca: hay una vasta platea de estúpidos que comparte su cociente intelectual y acredita sus versiones. Y hay un pal­co decisivo de sinvergüenzas -los fujimoristas, para empezar, los acuñistas para seguir, los de Podemos para terminar- que necesita avalarlo para que la farsa continúe.

Jerí es un encapuchado que ya probó lo que es obtener plata haciendo de mediador de proyectos públicos. Como lo demues­tra César Acuña, para robar no se requiere de talento alguno. Jerí es lo que sale cuando en una licuadora metes a Patricia Li y varias piezas carnosas y deshuesadas de codicia y viertes luego el contenido en una olla que pones a hervir en el fuego lento de los presupuestos, las obras por impuestos, los decretos de urgencia, las licitaciones amañadas, las viviendas de interés social que cuestan medio millón de soles. Ese caldo humeante es la dieta preferida de hombres como Jerí y el menú añorado por quie­nes lo imitarían fácilmente si llegaran a ocupar algún cargo de importancia y con acceso a la alcancía del Estado. Ese es su club de fans.

Jerí representa la tragedia del Perú. Fuimos alguna vez un país con líderes y partidos políticos, con personalidades de alcance internacional metidas en el oficio de administrar el Estado. Fuimos también la tierra de Mariátegui, Haya de la Torre, Riva Agüero. Hoy somos lo que vemos: alguien, desde su balbuceante taradez, le dice a la gente que va a comprar golosinas a la guarida de un chino con negocios oscuros y pro­blemas diversos. Ese tarado presunto preside el país en ruinas que tiene la marca mundial de presidentes encarcelados por corrupción y el récord internacional insuperable de aspirantes a la presidencia de la república.

Pero ese tarado complacido en su espectáculo de autodestrucción es necesario para que Keiko Fujimori y César Acuña sigan gobernando mientras simulan que no lo hacen. Es imprescin­dible para que todo siga igual y las elecciones sean la fiesta conservadora que termine en una nueva versión de la reincidencia.

Porque de eso se trata el asunto: que en abril las cosas no se salgan de control y la garúa excre­menticia que nos cae desde hace años siga salpi­cándonos. Si el Congreso no echa a Jerí es porque Jerí representa al Congreso y a la alianza viciosa que gobierna.

Yo respeto la investidura presidencial. Por eso no respeto a Jerí. Yo respeto la Constitución. Por eso digo que el Tribunal Constitucional está plagado de forajidos.

Yo respeto la Fiscalía. Por eso digo que alias Fis­cal de la Nación es el impostor que la mafia nos ha impuesto.

Yo respeto la Junta Nacional de Justicia. Por eso digo que la actual JNJ está moralmente descalifica­da por haber sido engendrada por el fujimorismo.

Yo respeto la Defensoría del Pueblo. Por eso no puedo sino condenar a quien detenta hoy su jefatura.

En suma, yo respeto y amo al Perú. Por eso odio lo que ha hecho de él la mafia que nos manda y ensucia. <+>

MONSTRUO

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 767, 30ENE26

H

a llegado el monstruo, pero el monstruo ya estaba aquí.

El Monstruo no es un delincuente impío. Es lo que hemos hecho con el país.

Somos monstruosos porque hemos aceptado que nos gobierne el hampa y porque simulamos que las elecciones convocadas por ese conjunto de alias con curul serán una salida a esta crisis que asfixia y envilece.

Monstruoso no es que las cosas de­generen. Monstruoso es que a nosotros nos parezca que la decadencia sea nor­malidad, que el Estado incompetente y ladrón sea lo que Dios nos dio como regalo, que los partidos políticos sean federaciones de atracadores al acecho.

Monstruoso es que hayamos aceptado que la SUNEDU ya no fiscalice el nivel de la educación universitaria y que las leyes pro crimen se hayan dado una tras otra en un escenario en el que la violen­cia y la extorsión dinamitera nos tenían arrinconados.

No me asombra que el Perú sufra este derrumbe. Lo que me deja perplejo es que la mayoría haya optado por acos­tumbrarse. Es la dictadura del miedo, la somnolencia de las viejas servidum­bres, la resignación de quienes están convencidos de que del cielo vienen estos cánones.

También es monstruoso que en un país donde la desigualdad es fundamento, haya una izquierda pálida que dejó de pensar y que repite eslóganes con musgo y vende antigüedades. ¿Cuba no es un fracaso? ¿Ortega no es una caricatura? ¿El chavismo no fue un experimento suicida? No, contestan los tristes bisnietos de Mariátegui. Nada está claro para ellos, toda es la nube gris que nubla su camino, todo lo que callan procede del hábito que Stalin impuso con su mano de hierro. Hablan en vinilo y cantan trovas que pasaron de moda.

La revolución, cuando venga, no impondrá una dictadura de expropiadores y delatores. La transformación que nos espera será liberamos del consumo, hacemos conscientes de que la obscenidad de las grandes fortunas debe acabar por consenso universal. El gran cambio consistirá en tratar de evitar la catástrofe ambiental y dotamos de un filosófico desprecio por la acumulación de cosas y prejuicios. El nuevo mundo será en muchos sentidos socialista, pero no como lo conciben quie­nes siguen creyendo que el socialismo es unanimidad y mortal aburrimiento.

Monstruoso es que tengamos a Jerí, un hombre destinado a llevarle el male­tín a Patricia Li, como presidente de la república. Mundialmente monstruoso es que en Davos se haya presentado el proyecto para hacer de Gaza un balneario para ricos y de los palestinos martirizados habitantes obligados de un campo de concentración bajo control tecnológico. Monstruoso es este siglo en el que Europa abandonó toda aspiración de ser ejemplo y monstruosa es la prensa que logra, con mucho éxito, que la gente contraiga la adicción de no pensar. Monstruosas son las redes que colonizan el cerebro de los jóvenes y los habitúan a ser felices viendo y oyendo coloridas misceláneas de la nada.


Monstruosas son las derechas -incluida la peruana- que ven en Donald Trump al hombre del futuro y no al delincuente internacional que salta de liana en liana y tiene una excelente comunicación con sus hermanos simiescos. Monstruoso es apostar en el Perú por el inmovilismo y la condena perenne de los pobres. Y más monstruoso aún es prometer el orden

fujimorista como la tabla que nos sacará del voraz remolino del naufragio. El orden de Fujimori fue mentir desde el origen, arrasar con los derechos del trabajador, gobernar para los de arriba y viajar a los pueblos paupérrimos a ofrecer obras me­nores. Si ese orden regresara, parte del Perú -empezando por el sur andino- se alzaría. Quizá así tendríamos la revolución francesa que no tuvimos.

Alias Monstruo ha llegado. No es un retorno: es una re­dundancia. <>

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