“UYARIY”:
ESCUCHA, OYE, ESO PASÓ
Christian
Reynoso
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E |
l
yatiri que atiza el fuego, en la noche profunda, dice que habrá justicia, que
esta llegará en cualquier momento. Las personas que lo escuchan no responden,
solo miran el fuego y parece que sus pensamientos se pierden en algún pasado
trágico o cuando menos doloroso. Son los familiares de quienes fueron
asesinados el 9 de enero de 2023, en Juliaca, en manos de las fuerzas
policiales enviadas por el gobierno de Dina Boluarte que ya tenía en su haber
cerca de 30 muertos en otras regiones del país. La escena corresponde a una de
las primeras secuencias de “Uyariy” (2025), película documental dirigida por
Javier Corcuera, estrenada recientemente. Pero, realmente, ¿habrá justicia? Es
una pregunta que no tiene respuesta no obstante las palabras del yatiri. Al menos
por ahora.
“Uyariy” ―escuchar en quechua―, muestra y hace escuchar los testimonios de los familiares de las víctimas, pero también de otros participantes de los hechos: los pobladores y fotoperiodistas que estuvieron presentes aquel día, los brigadistas y los desactivadores de bombas lacrimógenas, los estudiantes universitarios que luego formaron parte de las marchas organizadas desde Juliaca y Puno hacia Lima, entre otros, además del testimonio de Luis Zambrano, párroco de Juliaca, que marca el hilo narrativo y quien apela a hechos históricos del altiplano peruano para concluir que esta historia de violencia y abuso e impunidad, no es nueva, sino más bien repetitiva, mientras muestra casquetes de bombas lacrimógenas que los pobladores llevaron a su parroquia como muestra de la represión. Sin embargo, hay que decir que, el largo pasaje de “Uyariy” dedicado a las persecuciones y muertes ocurridas en 1923, en Wancho Lima, en la provincia de Huancané, resulta un tanto forzado y no logra dialogar con la coyuntura del 9 de enero.
Desde
luego, “Uyariy” abraza una postura política, legítima, que es la de mostrar la
barbarie policial contra quienes resultaron muertos y el dolor de los
familiares. Vidas frustradas de quienes, en la mayoría de los casos, no
participaban en la protesta. No obstante, si algo se puede debatir, es la
ausencia del otro ángulo de los hechos desde la óptica de los represores o del
gobierno. No se menciona, por ejemplo, el caso del suboficial carbonizado, una
víctima, al fin y al cabo, que también tiene familiares que lo lloran. En todo
caso, poner en cuestión las tensiones que todavía nos confrontan como sociedad
desde miradas verticales y antagónicas y que se polarizan en situaciones de
crisis política.
Pero
es cierto que “Uyariy” tiene la capacidad de indignar y hacer llorar, y produce
empatía con las víctimas y un sentimiento de impotencia frente al abuso. Ese
tono se marca desde el inicio con las imágenes recopiladas del abuso policial
de esos días. Ese es su mejor valor, y se alza como una obra para la memoria,
para no olvidar y para saber qué ocurrió. Por ello, en el futuro, sería
pertinente que se vea masivamente fuera de las salas de cine. Pero, asimismo,
hay que preguntarse si aquella indignación que produce se sostiene más allá de
la proyección y puede materializarse en un cambio de mirada permanente. No lo
sé, y no sé si eso le compete al film. Por lo menos, a mí me ha resultado
vomitivo que, mientras la pantalla mostraba cómo la policía peruana mataba a
jóvenes peruanos y sus familiares los lloraban, una gran parte de los
espectadores engullía sus pop corns y Coca-Colas con sumo placer. Sus
masticaciones se escuchaban altisonantes entre el dolor y la mirada perdida de
los familiares en duelo. <>

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