martes, 13 de enero de 2026

CRONICA FILMICA DE UNA MASACRE EN JULIACA, PUNO, PERU

 “UYARIY”:

ESCUCHA, OYE, ESO PASÓ

Christian Reynoso

E

l yatiri que atiza el fuego, en la noche profunda, dice que habrá justicia, que esta llegará en cualquier momento. Las personas que lo escuchan no responden, solo miran el fuego y parece que sus pensamientos se pierden en algún pasado trágico o cuando menos doloroso. Son los familiares de quienes fueron asesinados el 9 de enero de 2023, en Juliaca, en manos de las fuerzas policiales enviadas por el gobierno de Dina Boluarte que ya tenía en su haber cerca de 30 muertos en otras regiones del país. La escena corresponde a una de las primeras secuencias de “Uyariy” (2025), película documental dirigida por Javier Corcuera, estrenada recientemente. Pero, realmente, ¿habrá justicia? Es una pregunta que no tiene respuesta no obstante las palabras del yatiri. Al menos por ahora.

“Uyariy” ―escuchar en quechua―, muestra y hace escuchar los testimonios de los familiares de las víctimas, pero también de otros participantes de los hechos: los pobladores y fotoperiodistas que estuvieron presentes aquel día, los brigadistas y los desactivadores de bombas lacrimógenas, los estudiantes universitarios que luego formaron parte de las marchas organizadas desde Juliaca y Puno hacia Lima, entre otros, además del testimonio de Luis Zambrano, párroco de Juliaca, que marca el hilo narrativo y quien apela a hechos históricos del altiplano peruano para concluir que esta historia de violencia y abuso e impunidad, no es nueva, sino más bien repetitiva, mientras muestra casquetes de bombas lacrimógenas que los pobladores llevaron a su parroquia como muestra de la represión. Sin embargo, hay que decir que, el largo pasaje de “Uyariy” dedicado a las persecuciones y muertes ocurridas en 1923, en Wancho Lima, en la provincia de Huancané, resulta un tanto forzado y no logra dialogar con la coyuntura del 9 de enero.

Desde luego, “Uyariy” abraza una postura política, legítima, que es la de mostrar la barbarie policial contra quienes resultaron muertos y el dolor de los familiares. Vidas frustradas de quienes, en la mayoría de los casos, no participaban en la protesta. No obstante, si algo se puede debatir, es la ausencia del otro ángulo de los hechos desde la óptica de los represores o del gobierno. No se menciona, por ejemplo, el caso del suboficial carbonizado, una víctima, al fin y al cabo, que también tiene familiares que lo lloran. En todo caso, poner en cuestión las tensiones que todavía nos confrontan como sociedad desde miradas verticales y antagónicas y que se polarizan en situaciones de crisis política.

Pero es cierto que “Uyariy” tiene la capacidad de indignar y hacer llorar, y produce empatía con las víctimas y un sentimiento de impotencia frente al abuso. Ese tono se marca desde el inicio con las imágenes recopiladas del abuso policial de esos días. Ese es su mejor valor, y se alza como una obra para la memoria, para no olvidar y para saber qué ocurrió. Por ello, en el futuro, sería pertinente que se vea masivamente fuera de las salas de cine. Pero, asimismo, hay que preguntarse si aquella indignación que produce se sostiene más allá de la proyección y puede materializarse en un cambio de mirada permanente. No lo sé, y no sé si eso le compete al film. Por lo menos, a mí me ha resultado vomitivo que, mientras la pantalla mostraba cómo la policía peruana mataba a jóvenes peruanos y sus familiares los lloraban, una gran parte de los espectadores engullía sus pop corns y Coca-Colas con sumo placer. Sus masticaciones se escuchaban altisonantes entre el dolor y la mirada perdida de los familiares en duelo. <>

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