BARNECHEA
César
Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 769, 13FEB26
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H |
ace muchos años, tantos que pesan como una lápida,
Alfredo Bamechea y yo caminamos toda la avenida Arequipa conversando sobre
libros, poetas de los buenos y de los malos, el estado de la nación -gobernaban
los militares-, la posibilidad de una guerra nuclear, la revolución cubana y
su deriva hacia el modelo de Stalin y no recuerdo cuántas cosas más. Debieron
ser muchas porque recorrimos de noche, bordeando la madrugada, toda esa avenida
que llevó alguna vez el nombre de Leguía.
Éramos jóvenes -él casi cuatro años menor que yo- y
estábamos convencidos, a pesar de nuestras dudas y pesares, de que el mundo
cambiaría para bien, que nuestros hijos heredarían algo menos oscuro y viscoso
y que el país donde habíamos nacido conocería el entusiasmo de un proyecto que
le sirviera de amalgama y reconciliación.
Éramos amigos Alfredo y yo y lo que más nos unía
eran los libros, las lecturas socarronas, las críticas despiadadas, el desmontaje
de las mentiras evidentes de nuestra política. Nos unía también “Caretas”,
donde yo era jefe de algo y él empezaba como un valioso colaborador. Y nos
juntaba también un reconocimiento, cauto pero claro, de que algunas de las
reformas impuestas por Velasco eran imprescindibles para descomprimir la
caldera de la desigualdad.
La vida, los yugos, las mareas nos fueron separando.
De regreso a la democracia quinquenal, Alfredo se unió al Apra -cosa que nunca
entendí del todo- y fue candidato a la alcaldía de Lima en nombre del partido
de Haya de la Torre, a quien había entrevistado años atrás en un cèlebre
programa de televisión autorizado opor el gobierno de Morales Bermúdez. Yo tuve
que ser el moderador del debate entre Barnechea y Alfonso Barrantes, el
arrollador candidato de la entonces musculosa Izquierda Unida. Frejolito ganó
por largos puntos porque tenía calle, derramaba lisura y tenía canela en el cacharro.
A Alfredo, que habría sido un gran alcalde sin duda, lo traicionó la sobradera,
la convicción de su propia inteligencia, la conciencia de su pinta gaullista.
La leyenda negra había empezado ese mismo año, cuando Alfredo decidió casarse
al estilo monegasco con Claudia Ganoza. De allí que los malevos de toda la vida
evocaran a Saint-Exupéry cada vez que nombraran al fallido candidato.
Pasaron los años y Alfredo escribió libros -algunos de veras importantes y magníficamente escritos- y extendió su red de influencias y amistades internacionales gracias no sólo a su talento sino a la ventaja de que Javier Pérez de Cuéllar era el padrastro de su mujer. Alguna vez estuvo en la Casa Blanca en una reunión convocada por Clinton y fue asesor de instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo. Hasta que llegó el día en que Javier Alva Orlandini lo invitó a inscribirse en Acción Popular, un partido que proponía que el Perú no era un país sino una doctrina inspiradora. Tampoco entendí esa decisión, pero eso es lo de menos. Lo que pasó es que Alfredo, que se había tuteado con García Márquez y había sido condecorado por el gobierno de Chile, entró a ese partido cuando Femando Belaunde estaba enterrado y eran las gárgolas las que mandaban. El partido era un botín y los métodos tenían que ver con el cogoteo, el cabe y el filo navajero, lo que no impidió, sin embargo, que en el año 2016 Alfredo fuera el candidato presidencial. Llegó en cuarto lugar, detrás de Verónika Mendoza. La leyenda negra volvió a rozarlo cuando tuvo el gesto, salido del fondo de su alma de capeto honorario, de rechazar un pan con chicharrón y harta cebolla.
Para estas elecciones, Acción Popular ya no era un
partido en ruinas sino una banda de niños al asalto. Y si algún notorio ajeno a
la bancada criminal hubiese tenido dos dedos de frente, habría hecho lo
necesario para que Barnechea fuese el candidato. Era el único que podía sacar
el bacín cargado que apestaba en la sala. Pero no fue así. Y Alfredo tuvo la
pésima idea de autorizar que sus personeros imitaran a sus enemigos y
recurrieran a una damisela dada a la trampa, pretexto suficiente como para que
las autoridades electorales lo sacaran del medio.
Alfredo Barnechea
tiene, como todos, un bazar de defectos. Pero es un hombre culto y
extraordinariamente inteligente y me importa un comino, a estas alturas, que
se crea marqués de Huacachina. Entre tanto candidato que ni siquiera llegará a
algún pie de página en letra bastardilla de siete puntos, Barnechea habría dado
prestigio a estas elecciones de grisuras codiciosas. Pero la política le ha
vuelto a decir que no como si le diera a entender, otra vez, que haber leído mucho
y haber escrito libros es algo digno de sospecha en un país donde César Acuña
funda universidades y Erasmo Wong es el Ciudadano K. <ô>
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