LOPEZ CHAU
Por: Carlos León Moya
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 768, 6FEB26
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l sábado llegué a Juliaca en el mismo avión que
Alfonso López Chau para cubrir su inicio de campaña: una caminata a cielo
abierto desde el aeropuerto, y un discurso público en la Plaza Zarumilla. Sin
embargo, “cubrir” es un exceso semántico, porque voy a votar por él y no tengo
-ni aspiro a tener- la distancia necesaria que implica una cobertura
periodística. Aun así, hago mi mayor esfuerzo por separar mis deseos de mis
observaciones.
Volviendo a Juliaca, debo decir que el evento salió
mucho mejor de lo que yo esperaba como reportero y como elector. Calculé siete
mil personas en la Plaza. No estaba llena, y no era ni por asomo la enorme
cantidad de gente que reunió Pedro Castillo el 2021, pero para ser el enero de
la campaña más fría que recuerde estuvo bastante bien.
Y hay un detalle no menor: fue un mitin a cielo
abierto. No fue en un lugar techado, con seguridad masiva en la puerta y gente
queriendo botarlo, como con Rafael López Aliaga en el Teatro Félix de Arequipa.
Aunque no es el primer candidato que hace eso en Juliaca -ya ocurrió con
Roberto Sánchez-, sí es el único de los cuatro primeros en las encuestas que lo
hace.
La derecha carga con un peso gigante: no puede
viajar a la sierra sur. Antes no podían ganar sus votos. Ahora no pueden ni
acercárseles (léase, Phillip Butters). A lo más pueden viajar a la ciudad de
Arequipa y Tacna. La razón es su complicidad en las masacres de Dina Boluarte:
de los 49 manifestantes asesinados, 43 son de la sierra sur: 21 de Puno, 10 de
Ayacucho, 7 de Apurímac, 3 de Arequipa y 2 de Cusco. La impunidad procesal no
implica, por suerte, impunidad electoral. La gente se las quiere cobrar.
Por eso la imagen de López Chau en el mitin de
Juliaca, lleno de gente y de banderas, ha sido tan fuerte. Para un sector anti-pacto
mafioso, ha causado una nueva simpatía del tipo “este puede ganarles”, o “este
puede llevarse el sur”. Para el sector más conservador ha sido una especie de
alerta y empezaron a golpear a López Chau como a una piñata nueva.
Y este mismo sector y sus candidatos -López Aliaga,
Keiko Fujimori, César Acuña- viven atrapados en una franja costera que va desde
Tumbes hasta lca. Engloba toda la costa norte y su voto más hacia la derecha se
concentra en Lima, y su tercio total de electores, y termina en la frontera
entre lca y Arequipa. Luego, salta con garrocha hacia Cayma.
Este es el espacio preferido de la derecha. El que más visitan, en el que mejor los reciben, en el que pueden hablar de seguridad una y otra vez –en teoría su principal demanda- y creerán que realmente los escuchan. Si ven a dónde viajan los candidatos de derecha en el Perú, verán que es solo a esa franja. El sueño de la derecha es que Perú tenga la forma de Chile, con Marcona como tierra del fuego y que lo que haya al otro lado de Los Andes sea otro país: Argentina, Bolivia, cualquier cosa. Así dejarían de perder las segundas vueltas.
Pero el Perú, por suerte, es más grande que la costa norte. Y la derecha, hasta ahora, no puede salir de allí. Además, su peso electoral no es tan grande como parece. Sin hacer distinciones entre costa y sierra, las regiones de Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad y Ancash suman 5.290.828 electores según el último padrón. En cambio, y sin hacer distinciones entre ciudades grandes e intermedias y entre zonas urbanas y rurales, las regiones de Puno, Cusco, Arequipa, Apurímac, Ayacucho y Huancavelica suman 4.554.792 electores. Y de estos, López Aliaga, puntero en las encuestas, solo puede visitar a aquellos que entren en los locales que alquila. Ni hablar del fujimorismo. Más que electores, tienen aforo.
Dependerá de López Chau qué hace en adelante. Tiene dos opciones: o consolida ese voto del sur andino que nadie visita, al que ya le ha hablado y parece estarle respondiendo, o va a conquistar el “sólido norte” que en realidad es el norte abarrotado y esquivo, lleno de candidatos que no tienen a dónde más viajar. Si ratifica su imagen de candidato de izquierda, que es como lo percibe la mayoría del país, o si deja que sus rivales lo acusen de cierta nostalgia aprista. Si se mantiene como el candidato que está del lado de las víctimas de Dina Boluarte y su pedido de justicia, o si cae en las empantanadas aguas de la seguridad y la mano dura. <>

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