EL BRUJO DEL CANCHARANI
Christian Reynoso
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l Brujo. El Brujo del Cancharani[1]. La alameda del
poncho de vicuña se convierte en una flor sobre sus hombros cuando se lo pone,
y cubre su pecho, su estómago (ahí donde se maceran los cientos de alcoholes de
botellitas graciosas), y su sexo candela. Arropado así, chaleco antibalas, se
protege del frío y de los asaltantes y adquiere una nueva piel para este mundo
azul. Toma enseguida la máscara rojiverde con el amaru infinito y el cóndor
volador estampados en su yeso de cocaína, y cubre su rostro, y sus ojos
empiezan a ver al revés.
La transformación se acumula en su reloj de pulsera. Cande-cande-candelaria toma un candelabro en sus manos enguantadas, mientras camina con dirección borrachita al santuario ejemplar. Arriba abajo al centro a la derecha a la izquierda la festividad se adueña de todos los resquicios posibles. Los polvitos, las hojitas de coca, la botellita graciosa, y la música sikuriana y pesada de una tierra mañaceña de cráneos que lleva en su chuspa, en la que cabe el mundo azul, le ayudan a resistir el encanto, pero también le sirven para torcer el destino a su gusto. El destino tuyo y suyo en Lago Grande.
Los cocorocos y los care piedra lo llaman y le
piden embrujos. Quieren sacar, expulsar o cambiar los elams que llevan dentro,
así marchitos o super excesivos. El Brujo les pone una condición. Que rocíen
con agua florida sus oídos para que puedan escuchar el soplo de las cañas que
vienen del Huajsapata durante las albas. Algunos lo hacen y luego caminan
derechito; quienes no, siguen en el juego de una ruleta sin suerte. Cuando los
elams toman viada a donde quiera que sea, el cuerpo se afloja como una telita
mojada y la tensión de las sienes se esfuma y sobreviene la calma.
Allí El Brujo ve algunas cosas que es mejor no
revelar, porque son como las trazas de un giro peligroso que puede torcer el
cuello por más que estés mirando al revés. Ver hacia adentro y sentir lo de
adentro no es cosa de todos los días, pero es posible cuando llegan los días en
que la danza se instala en la ciudad y se convierte en un lenguaje natural que
no necesita palabrería ni poesía. Movimiento y brujería coinciden en un mismo
espacio dentro de la chuspa del Brujo, en la que, como se ha dicho, cabe el
mundo azul y, más allá, la belleza y la tierrita del Cancharani en sus manos y
zapatos. <*>

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