sábado, 24 de enero de 2026

IMPACTANTE : MARK CARNEY PREMIER DE CANADA EN DAVOS

 DISCURSO COMPLETO

E

s a la vez un placer y un deber estar con ustedes esta noche, en este momento crucial que atraviesan Canadá y el mundo.

Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni restricciones.

Por otro lado, quiero decirles que los demás países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.

El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.

Parece que todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se desvanece, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose.

Frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que la complacencia compre seguridad.

Pues bien, no lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel, quien más tarde sería presidente, escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder, y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero.

Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creía en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas, para mostrar obediencia, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía lo mismo, el sistema persistía, no solo por la violencia, sino por la participación de personas comunes en rituales que en privado sabían que eran falsos.Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”.

El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero, y su fragilidad provenía de la misma fuente. Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita el cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse. Amigos, ha llegado el momento de que las empresas y los países quiten sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Gracias a ello, pudimos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. 

Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
En las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— han dejado al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Pero más recientemente, las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma: los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar.

No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que las potencias intermedias han confiado —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura misma de la solución colectiva de problemas, están bajo amenaza. Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo.
Pero seamos claros sobre a dónde conduce esto.

Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin restricciones su poder e intereses, las ganancias del transaccionalismo serán cada vez más difíciles de replicar.
Las hegemonías no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre.
Buscarán seguros, aumentarán opciones para reconstruir su soberanía —una soberanía que antes se sustentaba en reglas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir presiones—.

Quienes están en esta sala saben que esto es gestión de riesgos. La gestión de riesgos tiene un costo, pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse.

Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada quien construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva.

La pregunta para las potencias intermedias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad —debemos hacerlo—. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso.

 Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de manera fundamental nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestras viejas y cómodas suposiciones —que nuestra geografía y nuestras alianzas garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad— ya no son válidas. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb, presidente de Finlandia, ha llamado “realismo basado en valores”.

O, dicho de otro modo, buscamos ser tanto firmes en principios como pragmáticos: firmes en nuestro compromiso con los valores fundamentales, la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo conforme a la Carta de la ONU, y el respeto a los derechos humanos; y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores.
Por ello, nos estamos comprometiendo de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Nos enfrentamos activamente al mundo tal como es, no esperamos a un mundo que desearíamos que existiera.

Estamos calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores y priorizando una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dadas la fluidez del momento, los riesgos que plantea y lo que está en juego para lo que viene.
Y ya no confiamos únicamente en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza. Estamos construyendo esa fortaleza en casa.

Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial. Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial. Estamos acelerando inversiones por un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para el final de esta década, y lo hacemos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.

Y nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluida nuestra incorporación a SAFE, los mecanismos europeos de adquisiciones de defensa. Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando tratados de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Estamos haciendo algo más. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes.

Así, en Ucrania, somos miembros clave de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.

En soberanía ártica, respaldamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca, y apoyamos plenamente su derecho exclusivo a decidir el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el Artículo 5 de la OTAN es inquebrantable, por lo que trabajamos con nuestros aliados —incluidos los países nórdicos y bálticos— para asegurar los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares de largo alcance, submarinos, aeronaves y presencia militar sobre el terreno, sobre el hielo.

Canadá se opone firmemente a los aranceles relacionados con Groenlandia y llama a entablar conversaciones focalizadas para alcanzar nuestros objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.

En comercio plurilateral, promovemos la construcción de un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, lo que crearía un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificar su suministro. Y en inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para no vernos obligados a elegir entre hegemonías e hiperescaladores tecnológicos.

Esto no es multilateralismo ingenuo ni dependencia de instituciones que ya no funcionan. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos.

En algunos casos, eso incluirá a la gran mayoría de las naciones.
Lo que se está creando es una densa red de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la cual podremos echar mano ante futuros desafíos y oportunidades.

Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.

También diría que las grandes potencias, por ahora, pueden permitirse actuar solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia para imponer condiciones. Las potencias intermedias no.

Cuando negociamos solo de forma bilateral con una hegemonía, lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes.
Eso no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor, o unirse para crear un tercer camino con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos. Y eso nos devuelve a Havel.

¿Qué significa para las potencias intermedias vivir en la verdad?
Primero, nombrar la realidad. Dejar de invocar el orden internacional basado en reglas como si aún funcionara como se anuncia. Llamarlo por lo que es: un sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coerción.
Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando criticamos la intimidación económica de un lado, pero guardamos silencio cuando proviene de otro, seguimos dejando el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer, en lugar de esperar a que el viejo orden sea restaurado. Significa crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe. Y significa reducir el margen de coerción: construir una economía nacional fuerte debe ser la prioridad inmediata de todo gobierno.
La diversificación internacional no es solo prudencia económica; es la base material de una política exterior honesta, porque los países ganan el derecho a posturas de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias.

Canadá tiene lo que el mundo necesita. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos a la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los más grandes y sofisticados del planeta. En otras palabras, tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos valores a los que muchos aspiran.

Canadá es una sociedad plural que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable en un mundo que no lo es.

Y tenemos algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos retirando el cartel de la ventana. Sabemos que el viejo orden no volverá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Creemos que, a partir de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo.

Esta es la tarea de las potencias intermedias: los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder.

Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra base interna y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente, y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.

Muchas gracias.

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