¡TRUJILLO 1932,
A
SANGRE Y FUEGO!
Herbert Mujica Rojas
Señal de Alerta, 5-7-2026
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a insurgencia armada, el
levantamiento protagonizado por los cañeros, estudiantes, obreros, hombres y
mujeres que la madrugada del jueves 7 de julio de 1932 atacaron el
Cuartel O’Donovan en Trujillo, no es sólo un acontecimiento en la historia del
aprismo auroral, pertenece, como página insurgente al pueblo peruano y rebasa
las fronteras partidarias para significar un hecho que tiene que estudiarse y analizarse
por las nuevas generaciones.
Entonces la prédica
partidaria y la limpieza de los líderes permitieron la entrega heroica de
decenas y miles de hombres y mujeres que, rifle al hombro, dispararon desde las
copas de los árboles defendiendo lo que era para ellos la revolución.
Preguntar hoy, si acaso
la más mínima protesta, pudiera encontrar ecos de fronda y alzamiento en esas
huestes raleadas, constituiría un ejercicio inútil. Signos y sospechas de falta
de honradez, aprovechamiento de la cosa pública, abandono total de las ideas
germinales y angurria por la cosa pública como menú normal de su
comportamiento, han reducido al mínimo vergonzante a esa colectividad.
¡A ninguno de esa
agrupación insurgente se le habría ocurrido la indignidad de ir a ofrecer sus
servicios rentados a un gobierno que nace con precaria mayoría y un extenso
historial de crímenes contra la Patria!.
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| Difundida pintura de Felipe Cossio del Pomar, sobre fusilamientos en Chan Chan |
La mentira, desidia
oficial, la ficción creada por el odio cainita y visceral de los todopoderosos
generó y aisló a una insurrección para confinarla como un fenómeno solitario,
ajeno a los pueblos y no comprometido con lo que fue la esperanza de justicia
social que encarnó ese movimiento temprano.
Por tanto, como primera premisa,
en honor a la efeméride que cumple este próximo 7 de julio, 94 años de
ocurrida, debemos señalar que la rebeldía fue clamor de un pueblo herido y
aplastado por un gobierno reaccionario que aplicó violencia criminal.
Un nuevo Perú
En octubre de 1931, la
oligarquía birló el triunfo a Haya de
Los locales partidarios
fueron asaltados, sus militantes malamente heridos o asesinados como
Comienzan los desmanes
En el 2001, narrando
cómo se hizo El Partido del Pueblo. Historia Gráfica del Aprismo, escribí:
“En febrero de 1932, el año de la barbarie, los constituyentes apristas fueron
apresados y deportados. Víctor Raúl perseguido fieramente, cayó preso en mayo.
La marinería se sublevó y fusilaron a 8 de ellos por el delito de alzarse en
nombre de la democracia.
La madrugada del jueves 7
de julio, los cañeros, estudiantes y militantes apristas insurgieron en
Trujillo y capturaron, a sangre y fuego, el Cuartel O’Donovan. Manuel Búfalo Barreto fue el primero en
caer y su valentía bautizó como “búfalos” a todos los del partido.
Y la barbarie estalló
ensañándose con crueldad rayana en lo más oscuro del alma imaginable contra Trujillo.
El pueblo fue bombardeado por la aviación y los combates se sucedieron a
diario. Fue entonces que el heroísmo dio lecciones y escribió su impronta para
elevarse como huella imborrable a los fastos de la historia popular del Perú.
Es historia que no se lee en los textos escolares, porque el odio cainita pudo
más y se ha pretendido negar que esto ocurrió.
Y sin embargo así fue. Los
estudiantes que fugaron con los fusiles de sus prácticas pre-militares
disparaban contra los soldados desde las copas de los árboles y caían cuando el
agotamiento de sus fuerzas era un hecho o porque el parque de municiones había
colapsado.
Mujeres como Agripina Mimbela y María Luisa Obregón de las que aún queda el registro de sus
nombres, bramaban carajos instando a no bajar la guardia y alimentando a sus
combatientes o disparando ellas mismas. Los alzados se turnaban en las guardias
para avisar de los avances militares y de la presencia de soplones.
El Comercio se encargó
de difundir historias absurdas que engañaron a muchos peruanos sobre la verdad
de lo ocurrido en Trujillo. En cambio nunca habló de los paredones que
empezaron a fusilar por decenas y centenas a los trujillanos. Ni las lágrimas
ni los ayes más dramáticos pudieron hacer nada contra las draconianas órdenes
que Lima impartía.
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| Ilustración de la época |
Ninguna autoridad
militar, ni política, ni aún
En La Insurrección de Trujillo,
Margarita Giesecke escribió: “Al
mismo tiempo, la revolución no fue una derrota total para el Apra. Es cierto
que se vieron aislados y que la masacre producida en la prisión de Trujillo,
tan aprovechada por la prensa civilista, había hecho desvanecerse la
posibilidad de encontrar aliados entre los militares….. Toda una ciudad y la
región circundante habían respaldado a Haya y al Apra hasta el punto de alzarse
en franca rebeldía. Aunque el levantamiento había sido infructuoso, el Apra era
reconocido ahora como una seria amenaza a la hegemonía civilista”. p. 338, julio 2010.
De las trincheras
insurgentes de entonces, la parábola no puede ser más atrabiliaria: hoy los mamarrachos
ruegan por puestos y figuración en el ocaso deslucido de sus vidas. Haya de la
Torre habría flagelado a estos miserables. <>


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